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Mis 55 años con Frank Miller y El regreso del Señor de la Noche



Óscar Sánchez Vadillo



La lluvia en mi pecho es como un bautismo.


Batman



Me he propuesto escribir esta reseña de aniversario sin consultar el objeto de mi homenaje, pero no puedo resistirme a comentar la primera página con morosidad exquisita, y para eso tengo que echarle un ojo. Ya mencioné una vez, no recuerdo dónde, que tan sólo la primera página de Batman, the Dark Knight Returns es ya una obra maestra en sí misma, y eso que sólo es el arranque de una obra maestra mayor. No una obra maestra del cómic, una obra maestra del arte en general. De hecho, fue esta novela gráfica y Wachtmen, que es el único cómic que podría rivalizar con ella e incluso superarla, las que con un golpe de genio elevaron el cómic definitivamente a la categoría de Noveno Arte. Dos sorpresas mayúsculas para la historia de la cultura: una, aparecieron el mismo año, 1986, como los mellizos Cástor y Pólux, los Diososcuros de la mitología griega; dos, esta eclosión de genio tuvo lugar en el subgénero, habitualmente pueril y ridículo, de los superhéroes. Pero vamos a la primera página…(40 años después se me excusaran algunos o muchos espoilers…)


Un señor con bigote, primer plano de perfil, parece que va en un coche o en un avión. Las cosas se ponen feas, una suerte de ángel guardián femenino se lo advierte. Él sigue a lo suyo, reinterpretando la situación desde la calma fría de su monólogo interior. Arranca con ironía los cables del ordenador que pretende ayudarle y con ello mutea la voz del ángel. El ángel le insulta por su imprudencia, lo que aumenta la tensión y la sensación de peligro inminente. Ahora sólo quedan la velocidad y él, y eso le encanta. Posiblemente este tío sufra de pulsiones tanáticas, por decirlo así, y ya no le importe morir siempre que sea burlándose en soledad de la propia muerte. Llevamos cuatro viñetas (la página se panela en un perfecto 4x4), y seguimos con el plano fijo del perfil del señor este, pero ahora se empieza a adivinar que el exterior comienza a rayar en el infierno. Sin embargo, mientras el exterior “ruge” como mil fieras, penetramos más adentro de la cabeza y el rostro del piloto. El desafío, pues, se encona hasta lo irresistible e insoportable. Las ruedas se rebelan, y el hombre se ríe de ellas y las doma. Por primera vez, adquirimos la visión de un encuadre que sale de la cabina del piloto, y que denota una tormenta de llamas. Ahora nos desplazamos a la delantera del bólido y la perspectiva abandona todavía más al héroe para contemplar el coche desde fuera (en realidad, yo diría que es la trasera, no la delantera...)

Pero seguimos escuchando sus serenos y salvajes pensamientos en mitad del estrago: “El morro alcanza un pedazo de asfalto. Lo contemplo… Y luego contemplo el ojo del sol. Esta sería una buena muerte… Pero no lo bastante…” El ojo del sol, la “buena muerte” espartana... Al llegar a eso, el rostro de frente del piloto arde ya en llamas, pero de repente descubrimos que lo que parecía suceder de manera tan dramática en un rabioso aquí y ahora es materia de rememoración en un informativo. El suicida cruzó la meta, pero saltó del coche a tiempo, claro. Todo se sosiega, la fiebre del presente da paso al cajón con telarañas del pasado. El suicida no es tal, pero sí un personaje público por todos conocido: “Un ataúd en llamas para Bruce Wayne”, dice Bill, un comentarista de la tele, y por fin le vemos la cara al piloto, a toro pasado. Bruce Wayne, 55 años, la edad que tengo yo al escribir este texto: Batman. La competición, no por casualidad, se llamaba “Neuman”, porque, efectivamente -confieso que tardé unos años en percatarme-, el tal Wayne se parece bastante a un Paul Newman mayor, ese célebre actor al que le gustaban las carreras de coches en la época en que lucía un bigote. Pero ya digo, este tipo es Bruce Wayne, alias Batman ¿Qué hace saliendo por televisión con ese aspecto de viejo, jugándose el pellejo por nada? Una sóla página introductoria y Frank Miller nos ha puesto frente a la actitud postrera de un Batman viejo, alcohólico y no obstante épico. Y es que, dice Lola, una suerte de Cristina Pardo, hace demasiado calor en Gotham…


A Lola la vamos a ver mucho en el resto de la historia, porque uno de los grandísimos aciertos de Miller es contrapuntear las incursiones de Batman con lo que la opinión pública va perorando de la situación de Gotham y de él. Así, Miller consigue que Gotham sea real, puesto que el lector va a familiarizarse con muchos de sus habitantes y con sus debilidades o manías. Batman vuelve a los 55 años -mi edad, ya digo- tras una década apartado de las calles, y ese Batman crepuscular es diez veces más feroz, oscuro y romántico que en su versión joven (será de nuevo Miller el que cuente de manera definitiva ese origen, de un modo magistral nuevamente). Ya no es el Batman noble, estilizado y aristocrático de Denis O´Neil y Neal Adams, ahora es un Batman que es una mole, que lleva el traje arrugado y al que le gusta ganar por cualquier medio. Es curioso porque Frank Miller en estos cuatro números ha menudo dibuja mal, muy mal, pero los encuadres y la composición son perfectos, con lo que siempre consigue lo que se propone, es decir, un tono épico ininterrumpido. Cuando entra en escena a caballo con todos los jóvenes criminales cabalgando a su espalda y reniega de las armas de fuego alcanza toda su grandeza, esa que Jim Gordon confiesa no estar en condiciones de poder juzgar. Ni siquiera la pelea final con Clark (nunca entenderé cómo la editorial permitió eso, este Clark que al final se redime guiñando un ojo) es tan tremenda, que también lo es. La corpulencia fofa del héroe sustenta un espíritu rocoso e indómito que sólo Robin, Carrie Kelly, sabe interpretar sin que medien palabras. No hay atisbo alguno de pederastía en Batman, Robin es claramente su fiel soldado y a la vez su hija adoptiva. Esta relación es también una gran baza del guion, parece mentira cómo se pueden entrelazar tantos hallazgos juntos en tan pocas páginas…

Es cierto que la historia del justiciero que vuelve en hora de emergencia a tomarse la justicia por su mano sin tener en cuenta las autoridades y la ley tiene mucho de historia fascista. Pero es que para hacer las cosas por el camino democrático ya está el dios de la capa roja, instrumentalizado como un perro de presa por un Ronald Reagan hecho una momia. Miller tiene siempre demasiadas buenas ideas como para andarse con paños calientes. Este Batman jamás reflexiona, jamás se cuestiona la legitimidad o no de sus actos, tan sólo actúa de la manera más eficiente posible. En la televisión toda clase de gurús se lo critican, pero son como mosquitos incapaces de picar ese cuerpo que salta muy por encima de ellos por el cielo nocturno como el jorobado de Notre Dame. Todo apunta a que Batman no se va a conformar ahora con cazar a villanos disfrazados, lo que quiere es instalar un Nuevo Orden. Es, por tanto, tan ambicioso como lo fue Frank Miller en este cómic. Porque es que hasta Alfred, el mayordomo, es vitriólico y épico en esta historia. No sobra nada, todo es máximamente significativo en Dark Knight Returns (por cierto, ese Knight es caballero, sí, pero caballero medieval, caballero andante), excepto, si acaso, esas pocas ocasiones en que Miller nos regala un póster de dos páginas para que se luzca su entonces mujer con el coloreado.

La primera aparición de Clark, el dios de la capa roja, es sencillamente genial, porque no le vemos en ningún momento, y sin embargo sabemos que es él porque le oímos dialogar mentalmente con Bruce y por el efecto titánico que produce a su alrededor. No obstante, al final es derrotado, porque Bruce, un simple humano, resulta que tiene lo que hay que tener y Clark no tanto: determinación, absoluta confianza en sí mismo y coraje más allá de toda medida.

Hubo una segunda parte bastante buena, pero ni color. Además, el propio Batman quedaba desdibujado por otros personajes más interesantes. También salió una tercera, pero nunca la he leído por si resulta ser un Padrino III. Porque aquí Bruce Wayne tiene en el carisma de Vito Corleone, y, al igual que él, no tiene un gran respeto por los límites de la ley...



 
 
 

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