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Prólogo a El siglo de Leibniz: Quintín Racionero, sus mundos posibles...

Nueva publicación de Kiros Ediciones...




Prólogo del nuevo libro de Óscar Sánchez Vadillo



Muchos de los términos más hermosos o más importantes de nuestro idioma se dicen en plural, sin ser pluralia tantum: “cielos”, “dolores”, “suelos”, “gentes”, “sinsabores”, “mares”, “demonios”, “felices fiestas”, “saludos”, “amores”, “comilonas”, “dineros”, “besos”, e incluso, por ejemplo, “frutas y verduras”, entre un largo etc. El pluralismo como doctrina filosófica, que seguramente ya existió en la antigüedad pero que pronto el cristianismo cercenó, aparece tardíamente en el mundo moderno. Digamos que todo conspiraba contra él, y todavía hoy en gran medida, pero menos, mucho menos. Ser pluralista consistiría en principio en nada más que en sacar consecuencias de lo obvio: la experiencia de la realidad es siempre plural. Sólo este arranque tan elemental ya se diferencia enormemente del tan criticado relativismo en el siguiente aspecto: el relativismo parte de que hay múltiples cosmovisiones, y cada una fenomeniza el noúmeno (por decirlo con Kant, lo cual ya hiciera el relativista Herder) de un modo particular. Así, ninguna cosmovisión es estrictamente verdadera, puesto que el noúmeno como tal jamás se alcanza y permanece ignoto. Nos hallaríamos entonces en una situación desesperada, incapaces de escapar del más puro subjetivismo. En cambio, el pluralismo filosófico, ontológico, lo que dice es que cada interpretación particular del mundo halla una dimensión del objeto tematizado -del noúmeno, si se quiere- que es real en él, que le corresponde, que le des-oculta. Es decir, ¿por qué las llamadas “cosas” (físicas o culturales, si es que hay diferencia, puesto que las “cosas” culturales son “cosas” físicas también) iban a contener sólo una versión de sí mismas, esa llamada “esencia”, que siempre hay que terminar buscando fuera de la experiencia inmediata (por ejemplo, mediante el método científico, también uno y solo uno a mayor gloria del Señor)? ¿Porque así lo estableció hace dos milenios y medio Platón, porque el Dios cristiano es Uno, o, más bien, porque el Poder tiende siempre a querer ser Uno y el Mismo: Sí Mismo?...

De hecho, la experiencia inmediata, como he señalado, lo es siempre de pluralidad, y sólo por motivos de fuerza se impone en última instancia la unidad. Las plurales versiones de algo están también en ese algo: esa es una manera de pensar que nos sitúa lejos, muy lejos del relativismo. La realidad misma (el ser, en términos de Martin Heidegger) da de sí plurales sentidos, muchos de ellos inéditos todavía hoy. El relativismo no permite que una cosmovisión se imponga sobre otra, puesto que, como afirma, ninguna es más verdadera que las otras. Quedan así finalmente todas ellas clausuradas en sí mismas, y la única relación que puede unirlas será la confrontación. El pluralismo, sin embargo, solicita, conduce inexorablemente al debate, a la apertura, al enfrentamiento de razones, ya que incluso una cosmovisión sobre cualquier asunto que tomemos aislada y aparentemente cerrada contiene una pluralidad interna sofocada por motivos muy poco (o, en el fondo, nada) filosóficos.

Si esto es así, entonces el lenguaje científico es un gran experimento que Occidente ha llevado a cabo con la realidad. Se propone el modelo mecanicista, por ejemplo, y la naturaleza responde exitosamente a él, sin que por ello tal resultado le invista del título de definitivo. “Monologismo” es el nombre que damos al acto de atrincherarse en ese éxito y no querer seguir experimentando más. “Monologismo” es confundir el lenguaje con la realidad, porque la realidad sigue ahí, inagotable, y el monista o monologista prefiere encerrarse en el código que ya ha extraído de ella, como si no hubiese más (como si no los hubiera habido ya en el pasado, como si no estuvieran allí, en los márgenes, silenciados…) Las páginas que el lector tiene entre sus manos versan acerca de eso mismo, pero tomando como referente la riqueza cultural inabarcable del Siglo Barroco. Cuando Quintín Racionero las compuso, teniéndome a mí y a Lola Cabrera de “pinches” o de escribanos, por decirlo así, recuerdo que nos contó, en un retiro suyo de El Espinar de Madrid, que cada trabajo que daba a luz le había costado sufrir una suerte de reencarnación. Había encarnado en Aristóteles, para poder traducir la Retórica desde dentro, asimilando las razones que habían llevado al filósofo a oponerse a Demóstenes. Había encarnado en Leibniz, en este caso para desmarcarse de John Locke y de la ulterior Ilustración triunfante. Y yo creo que en sus últimos años trató de encarnarse, o desencarnarse, según se mire, en el Dorian Gray de Óscar Wilde, aunque no sé muy bien si lo consiguió o no...

Fueron los “mundos posibles” de Quintín, esos y muchos otros que sin duda yo y el resto de sus allegados y discípulos siempre ignoraremos. Esos mundos fueron plurales, más que múltiples, ya que coexistieron en él virtualmente mientras que sólo uno de ellos se efectuaba en el plano infinito -de un infinito actual- de la existencia. A los mundos que el Dios de Leibniz (es decir, la Armonía Preestablecida...) calcula les acontece algo semejante, como es que no únicamente coexisten, sino que también se entrecruzan, de manera que todos dependen de todos. Las esencias que el cálculo divino ha coordinado en un mundo posible son las mismas que han quedado imbricadas en los restantes mundos posibles, sólo que bordadas en un tapiz de relaciones distintas. El mejor de los mundos posibles, profundo, abigarrado, es el que es porque ha sobrepujado en variedad e intensidad de esencias a las demás posibilidades que rivalizaban con él en el Intelecto Supremo, pero en cierto modo depende de ellas, puesto que se las ha incorporado al desbancarlas. Con la libertad, según Leibniz, sucede lo mismo: escoges, y cuando escoges no es que renuncies a todo aquello que no vas a llevar a la acción, sino que, por el contrario, lo asimilas aunque sea por la vía de la negación. “Voy a estudiar Paleontología en vez de Arqueología, porque de algo me tiene que servir haber nacido en el país que alberga Atapuerca”, y en esa decisión has implicado ya la posibilidad de Arqueología, de un mundo donde existe fehacientemente la Arqueología, pese a que no vaya a ser estudiada por ti expresamente en los siguientes años. Quintín escogió Aristóteles, escogió Leibniz y tal vez escogió, o le sobrevino, Dorian Gray: en los tres casos creo que supo hacer de ello el más variado y repleto de esencia de sus mundos posibles, como puede comprobarse en el presente texto...

 
 
 

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