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Malasaña Coll...


Óscar Sánchez Vadillo



Ya por entonces vestía una capa romántica de esas que se adquieren por no pocos duros en Pontejos, cerca de las cuevas de Luís Candelas. Volaba con ella, de antro en antro y de copa en copa. No paraba de fumar, y a menudo nos lo encontrábamos solo, amorrado a una chica random, tratando de besarla un poema suyo. Nos daba un poco de pena eso de que saliera por su cuenta y riesgo, pero se negaba a hacer grupo con nosotros, y se negaban también, ratillas con prejuicios, alguno de los nuestros. No obstante, no era raro que, si dábamos con él por los rincones de Manuela Malasaña, nos acompañáramos mutuamente, como adhesivos recién estrenados, como esas tiritas que no hay manera de despegarse de los dedos. Tenía unos buenos culos de vaso de montura negra, quizá para disimular unas cejas más espesas de lo común. Ojos de huevo, pero conozco mucha gente a la que los ojos saltones repuntan en belleza. Melenas de inspirado Espronceda, que con el tiempo se tornaron en tonsura y hoy en lomo de tortuga. En una ocasión, quiso demostrarnos su talento y sentados en el mismísimo centro de la Plaza del 2 de Mayo leímos en un viejo pliego un cuentecito sacrílego suyo en el que un sacerdote incitaba al protagonista a eyacular, y entonces el esperma dibujaba sobre la rancia sotana una Vía Láctea. Me pareció una ocurrente y apropiada imagen, y así se lo hice saber. De modo que no sería extraño que los siete poemarios que ha publicado hasta hoy sean no poco buenos, y como salpicados de su propia y personal savia…

Naturalmente, lo de que era el hijo único de José Luís Coll se encargó de deslizárnoslo él en persona, como quien no quiere la cosa. Por lo visto su padre también había conocido una juventud malditista, antes de ser honrado con el Toisón de Oro de la Orden del Billar de la “Bodeguilla” de La Moncloa. En la facultad también nos lo topábamos a menudo, pero raras veces en un aula. Sin duda, la cafetería era mucho más lírica y bohemia que una clase ortodoxa y plúmbea de Filosofía. En Malasaña, frecuentaba el Malandro, o el Mercurio, entre otros. A la sazón había más antros que podían homologarse a una taberna de absenta que en la actualidad, y no se veía ni medio dispositivo móvil. Compruebo que sigue vivo, de lo cual me regocijo pero con mesura. Pronto ambos llamaremos a la puerta de la Tercera Edad, él con laureles de gloria poética, yo con una buena mata de pelo. Como escribiera Antonio Machado…


Juventud nunca vivida

quien te volviera a soñar...

 
 
 

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