Por una post-verdad en positivo
- filosofialacalle
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Óscar Sánchez Vadillo
Necesitamos un mundo de sueños para descubrir las características del mundo real que creemos que habitamos.
Paul Feyerabend
A los 32 años de la muerte del epistemólogo austriaco Paul Feyerabend me parece que no se ha entendido muy bien su aportación. Como él escribía de ese modo tan poco académico y para colmo sus trabajos principales aparecieron en los años de la Contracultura nada menos que en la Universidad de Berkeley, California, donde había enseñado Herbert Marcuse, resulta facilísimo encasillar su obra como la de un jipi flipado que habría confundido la filosofía con la psiconáutica. Y algo, o mucho, de eso hay, sin duda, pero no es el meollo de la cuestión, el meollo está en que Feyerabend trasladó lo mejor del pensamiento de Nietzsche al campo de la teoría de la ciencia, dinamitando - metáfora del propio Nietzsche- con ello el famoso “problema de la demarcación” (es decir, con qué criterio podemos distinguir entre lo que es ciencia legítima y lo que no).
Ese núcleo, ese meollo verdaderamente trascendente de Nietzsche consistía en comprender la verdad como el bozal de la realidad. La verdad no libera de las apariencias, sino que aprisiona a las apariencias. La filosofía occidental más de dos veces milenaria lo que ha creído es que el resultado de una actividad científica es la verdad, cuando lo que en rigor se obtiene de la práctica epistémica son cosas, cosas que no sabíamos que estaban ahí. Así, cuando Michel Faraday formuló las Leyes del Electromagnetismo, lo que su ciencia aportó al futuro de la humanidad fue, sencillamente -es una manera de hablar, puesto que se trata y trató de una transformación colosal-, el uso masivo y ubicuo de la electricidad. Sin embargo, nuestra tradición ha entendido que existe una ciencia básica, cuyo discurso fundacional proviene de la filosofía, que es la que se encarga de cosechar verdades, y luego, si acaso, tendrá lugar una aplicación o no de tales verdades al campo de la práctica1. Lo que propuso Feyerabend, ya digo que recuperando a Nietzsche, es que este planteamiento no sólo es absurdo, sino que además es falaz. ¿Qué son las Leyes del Electromagnetismo de Faraday? Pues nada más, pero tampoco nada menos, que el operativo inteligible que hace posible la eclosión de realidades nuevas en ese mundo que Platón denominó con bastante desprecio “sensible”. Por tanto no hay dos mundos (o tres, como terminó por establecer Karl Popper poco antes de Feyerabend, complicándonos innecesariamente la vida), no hay en consecuencia hiato alguno entre pensamiento y práctica, más que, si se quiere, por abstracción. La teoría de la Relatividad General es una genialidad concebida por Einstein que ha hecho posible la construcción, entre muchas otras cosas, de un bisturí de precisión manejado con láser. Así mismo, la Mecánica Cuántica consiste en una serie de sorpresas halladas por varios grandes científicos, entre ellos de nuevo Einstein, para que puedan existir hoy, por ejemplo, los hologramas o los mal llamados teléfonos móviles.
Pero un posible error se cierne sobre lo que acabo de afirmar, porque podría parecer que lo que aquí sostengo, desde una suerte de utilitarismo o pragmatismo fácilmente abatible, es que la verdad se mide por la utilidad o servicialidad de un enunciado, y nada más lejos de mi intención. La Teoría de la Relatividad fue la condición de posibilidad del artefacto atómico, y la convicción de que la posesión de un móvil por un niño o un adolescente será siempre beneficiosa es más que discutible y discutida. Lo que se llama, a mi juicio metafísica y equivocadamente, “aplicación práctica” de la actividad científica puede ser perfectamente perniciosa, y habitualmente lo es. De modo que este no es el asunto, por consiguiente, el asunto realmente clave es que lo que hizo Faraday por la humanidad fue regalarnos el empleo de la electricidad y otros fenómenos, y no tanto las Leyes del Electromagnetismo como tales. Tales leyes podrán cambiar mañana, en manos de otro sabio tan grande como Faraday, si es que no se han reformulado ya. En otro ejemplo, con la Física de Isaac Newton se puede enviar un cohete a la Luna, pese a que la Relatividad de Einstein decretase hace poco más de un siglo que no existe la Fuerza de Gravedad, que la gravitación es cosa de la curvatura del Espacio-Tiempo. Hoy mismo he leído que lo que creíamos que sabíamos acerca de la división celular encierra muchos más matices de lo que pensábamos2. Pues claro que sí, quién puede ser tan arrogante o iluso como para sentenciar que ya teníamos del todo controlada y fichada a la naturaleza. Y al revés estamos equivocados también. Si la naturaleza no puede ni debe ser subestimada, puesto que ha construido esas estructuras sumamente complejas -y abiertas...- que lo atraviesan todo, tampoco el ser humano puede ni debe ser infravalorado. Teoría y práctica son dos caras de la misma moneda porque el pensamiento -λόγος o Ereignis, o λόγος y Ereignis...- no es algo que le haya caído al hombre del cielo, algo que, digamos, no nos mereciéramos, nosotros, esos pobrecitos animales que tan solo supieron aprender por sí mismos a caminar sobre dos patas. No: el pensamiento es lo que somos, el pensamiento es la dignidad del Dasein, como escribió Martín Heidegger en Carta sobre el humanismo, es la dádiva del ser, de manera que para el hombre pensar es lo mismo que para el guepardo correr o para el mosquito chupar, es decir, su esencia más íntima, eso que le hace ser lo que es, tò tí ên eînai, por decirlo con Aristóteles.
Cuando, de modo inveterado, decimos eso de que en la teoría es todo muy bonito, pero que luego en la práctica ocurren cosas o personas imprevistas que lo tuercen todo, estamos pensando de modo metafísico. Nada hay en la práctica que no estuviese larvado en la llamada teoría. Si la revolución comunista, o el amor romántico, terminan horriblemente es porque portaban desde el inicio la semilla de su propia ruina. ¿Qué es, pues, la Verdad, con sacrosantas mayúsculas? La Verdad es la operación según la cual, cuando el Dasein produce un mundo inédito como lo es aquel sostenido sobre la electricidad, a continuación decide que puesto que ese mundo se ha fundado sobre un plano teórico a que se ha tenido acceso de modo misterioso (topos hiperouranós, Vernunft...), entonces debe imperiosamente ser blindado y protegido como Fort Knox de cualquier cambio futuro. Aquí inciden Nietzsche y luego Feyerabend. ¿Qué problema habría en que si la Relatividad nos ha dado el alumbrado público, y la Cuántica los Iphone, una Física futura -pongamos la “Pítrica Súsmica”- nos dé la producción ilimitada de energía? ¿A cuento de qué rechazar nuevos derroteros de de manifestaciones de la realidad aún insospechadas en nombre de la Verdad, que no es más que el cerrojo que nos impide salir del statu quo epistémico con gesto conservador y timorato? Por eso Nietzsche hablaba de “tablas viejas y nuevas”, y Feyerabend del Principio de Proliferación. Porque se trata de cosas, antes que de enunciados. La electricidad estaba ahí, latente, y los enunciados de Faraday acertaron a embridarla. Sería de locos que entronizásemos las Leyes del Electromagnetismo como intocables e inamovibles, porque es posible que oculten nuevas realidades que otros enunciados distintos y hasta contradictorios con ellas sabrán desvelar, como ocurrió con la Fuerza de gravedad. Sería absurdo cegar aposta la Cornucopia ontológica…
No obstante, creo que Feyerabend se deslizó gravemente en cierto punto. El “todo vale” no es aceptable, como no es aceptable ser hoy un antivacunas. Pluralismo ontológico no significa que toda cosmovisión sea productiva, significa que muchas lo son, y no sólo una, como se ha creído siempre, pero no todas. Si me lanzo por la ventana convencido de que voy a volar sin parapente sería realmente raro que funcionase. Que la Verdad sea plural y se manifieste en la práctica nada tiene que ver con que sea “anárquica” o “contrainductiva”. Tampoco tiene nada que ver con el relativismo, eso que Kuhn y el propio Feyerabend denominaron “inconmensurabilidad”. Es perfectamente posible mezclar dos disciplinas, como hizo por ejemplo el freudomarxismo, y obtener un buen instrumento de análisis de la realidad, es decir, una praxis humana posible. Hay un modo de entender la post-verdad de la que hoy hablamos tanto que es más profunda que la distinción entre mentira y mendacidad con la que juega la indignación actual. Consiste en señalar que no ocurre nada por proclamar que la Verdad lo es siempre a posteriori, ya que es el otro nombre de un nuevo filón de realidad. Al contrario: esa es la obra asombrosa y problemática del Dasein…
1 De hecho, en las materias programadas por el currículum de institutos y universidades se juega mucho con esta quimera, de tal modo que hay una asignatura de matemáticas y otra de unas llamadas “matemáticas aplicadas”. Es extraño, porque en la facultad de Historia es imposible, sin embargo, distinguir entre Historia teórica e Historia práctica. En esta total confusión incrustada en nuestra conciencia colectiva acerca del papel del saber en el mundo tuvo mucha culpa también una mala lectura de la presunta separación ejercida por Kant entre un uso teórico de la razón, otro práctico, otro incluso estético y hay quien habla, en mi opinión columpiándose, de un uso político de la razón. La cultura moderna y contemporánea tienen así mucho de esquizofrénicas...





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