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The color out of my hand...





Óscar Sánchez Vadillo


No era más que un color surgido del espacio…, un pavoroso mensajero de unos reinos del infinito situados más allá de la Naturaleza que nosotros conocemos; de unos reinos cuya simple existencia aturde el cerebro con las inmensas posibilidades extracósmicas que ofrece a nuestra imaginación.

El color surgido del espacio, H.P. Lovecraft

Lanzo una especie de lagartija/pulpito por la ventana de la casa de mi padre en Moratalaz, que es un sexto piso que da a una plazoleta de tamaño medio, porque se me enredaba en la mano como una tirita de esas que va mudándose de dedo en dedo hasta que al fin consigues deshacerte de ella. Enseguida me siento culpable, a la vez que temeroso, porque estaba vivo o viva, quería quedarse conmigo y tenía una diminuta mente vengativa. Es como si yo le hubiera negado mi cariño por ser así como era, viscosillo y maligno. A partir de ahí la escena se traslada a una playa de olas demasiados bravas y de profundidad inusitada cuya orilla hirviente de chavales contemplo desde unos bastiones de piedra con balaustradas y en cuyas aguas los “hilillos” de chapapote vivientes brotan por todas partes -como si fueran algas, pero negras y filiformes sobre un fondo verde/pantano-, y es mucho más difícil sacudírselos del cuerpo, sobre todo, de nuevo, de la mano. Resulta que pertenezco a una familia muy amplia, alojada entre la cavernosa casa de mi abuela tal como la conocí con siete u ocho años (desde entonces apenas he vuelto a tener familia, y menos amplia) y una mansión en pueblo de vacaciones en la que no he estado jamás. Tras algunos episodios de pánico producidos por la proliferación de los filamentos de chapapote en la mansión, algún miembro de la familia consigue averiguar que las plastilinas de colores con formas animalescas de bestiario medieval que comienzan a formarse dejarán de acosarnos cuando escuchan leer a Proust en En busca del tiempo perdido -otro dato para el terapeuta suspicaz: en mi familia nadie ha leído a Proust, por no decir... No obstante, tardamos en poner esa solución en práctica, porque no encontramos el tomito correspondiente, y la angustia crece exponencialmente. Tras un ligero alivio, gracias a una pariente mía entrada en años que lee calmosamente a fondo de plano, las criaturas se reaniman, salen de su parálisis, y son tantas ya que su invasión es planetaria y lo que es peor, horriblemente íntima. Adquieren aspecto humano a partir de magma de plasma colorido que surge doquiera y nos hablan cara a cara, amenazándonos, riéndose de nosotros a pocos milímetros de nuestro rostro, grandísimas caras sin cuerpo como el Domingo de Chesterton pero de tres en tres en vez de ocupando todo el plano (A nightmare…) No hay refugio psíquico dónde esconderse o tomar distancia, se dirigen sin intermediarios a nuestra alma abierta, expuesta y aterrorizada. Veo con el rabillo a los demás, en una amplia avenida, y nadie desea ya más que desaparecer del todo o ser poseído definitivamente. En cierto momento yo no puedo creerme tal debacle y grito “¡despertad!” “¡despertad!” a todos mis hermanos humanos, pero nada: los gusanitos de plastilina chorrean por las ventanas, petando y haciendo derrapar a los coches, la madre de mis hijos es una cara de piedra gigante como las de Moebius que me lleva en la palma de su mano hacia el sacrificio… (cosa que desesperado agradezco, porque cortará o al menos generará cierta variedad respecto del suplicio eterno de la coloridad “extracósmica”, a la que nadie podrá jamás sustraerse).

Finalmente despierto cuando la angustia es completamente insoportable, con dolor en el pecho y, llamémoslo, sensación de hipoventilación, seguramente fruto de una anterior hiperventilación. Son las seis de la mañana de las de antes del cambio invernal de hora, tengo a los niños durmiendo a pierna suelta a mi lado y estamos a veintinueve de octubre de 2023, menos mal...


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