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La tiktokización de la inocencia



Óscar Sánchez Vadillo


Nos hemos vuelto adictos a la distracción constante.

Neil Postman, Divertirse hasta morir



Tengo dos alumnos en Primero de la ESO de padres marroquís, Mohamed y Abderramán, que en una absurda clase de Atención Educativa (¿?) me pidieron poner un reportaje acerca del 11-S. Me pareció bien, cómo no instruir a los chavales acerca de sucesos que tuvieron lugar antes de que ellos nacieran. Pero, ¡oh!, cuál no sería mi sorpresa que cuando el primer avión impactó contra la primera de las torres gemelas estos chicos, más majos que las pesetas, se levantaron de su silla como si Al Qaeda hubiera metido un gol y ovacionaron a Bin Laden, que en paz descanse. Pensé “estamos cercados por el odio”… Y, bueno, se entiende, el amor universal pregonado por el predicador nazareno no sería del todo humano, sería algo así como un cargante Ned Flanders saludando “vecinitos” en cada rincón del planeta. Pero es que esto es demasiado. Esto es lo que Peter Thiel, fundador de Palantir y fiel vecinito de Jeffrey Epstein buscaba cuando dijo que la finalidad de la Ilustración Oscura -A.K.A. Alt-Right, Derecha Alternativa-, era producir en el mundo “a mess”, es decir, un desorden, un caos, un follón, un buen lío. En ello andan, porque Mohamed y Abderramán, en su tiempo libre, ven un millar de videos por minuto en páginas horrendas como “Humor negro” o “Si te ríes pierdes”, en las que se hace burla de todo extranjero como ellos mismos, de gente de otro color como ellos mismos, en tomas de 15 segundos como mucho, a cual más estúpida, donde la gente común desata su deseo de subvertir todo orden, alterar toda normalidad, socavar la cordura, destruir los buenos modales y lo políticamente correcto, como en los viejos carnavales, pero cada día, cada hora, cada minuto y cada segundo, que diría el Robe. El mismo saber que Moha y Abde estudian en mi instituto estalla en un millón de trocitos de confetti en cuanto llegan a casa y se ponen a escrolear TikTok en el móvil. Lo que se aprende en TikTok es nada menos que el fin de la civilización convertido en apología de los prejuicios, el filisteismo1 y el mal gusto. El ser humano de Ludwig Feuerbach no orientado hacia su elevación a la divinidad, sino hacia la payasada autoindulgente y dadaísta. “¿¿¿Qué es lo que hemos hecho mal???”, se preguntaría cualquier progenitor responsable. Pues sencillamente tiktokizar la inocencia de los adolescentes, que antes de la digitalización se dirigía a actividades que eran regocijantes por sí mismas, como interesarse por el otro sexo, fumar hierbecillas del Señor, hacer deporte -”una pachanguita”, lo llaman ahora- o escuchar música con amigos hasta quedar reventado de emoción; ahora, en cambio, nada reviste un valor propio, este le es otorgado por el número de visualizaciones o de likes que ha cosechado, y ya se sabe que el criterio de las masas no es, como pensaba Rousseau, clarividente, sino más bien básico, burdo y muy fácil de moldear a capricho...

Pero tal vez sea sólo, como apuntó Richard Rorty (Contingencia, ironía y solidaridad) -y yo lo pienso a menudo-, que la cultura opera por cansancios y reverdecimientos. Eso como condición de posibilidad de los 15 segundos -se sobró Andy Warhol- de fama que puedan proporcionarte TikTok, Only Fans, Reddit o Instagram. ¿Se ha cansado Occidente de soñar con la democracia, sorprender con el arte e innovar con chismes electrónicos? Marta Peirano dice que la única manera que el capitalismo conoce de hacer soportable el propio capitalismo es con más capitalismo. Es decir, que si te atrapa el hastío porque ya tienes Netflix, dos coches, casa en la playa, cosméticos para la piel y Alexa espiándote en el centro de tu hogar siempre tienes a mano la fantástica solución de ambicionar Amazon Prime, dos coches y una moto, blanqueamiento de ano, otra casa en la montaña y otro Alexa espiándote en uno de tus coches. Como eso, en efecto, a la larga no hay quien lo aguante (Bernie Sanders suele decir en sus mitines eso de que “¡enough is enough!”), entonces habrá que matar el tiempo dinamitando el Espíritu, el Progreso y la Cultura humanas, sustituyendo Claude Debussy por Bad Bunny, a D. H. Lawrence por Megan Maxwell, la cama de Marcel Proust por la de Rosalía2, y a Rosa Luxemburgo por Isabel Díaz Ayuso. Como solía escribir Nietzsche, en una de sus frases llamémoslas autofavoritas, “el hombre prefiere querer la nada a no querer”… Estamos disfrutando tanto de instalarnos en la Nada que no está claro que vayamos a saber parar a tiempo. A base de desmenuzar parsimoniosamente, como quien mastica, los tesoros de nuestros antepasados para convertirlos en una pasta amorfa, confundimos una política de bienes, que procura poner al alcance de todos derechos y utilidades, con una política de intereses, que es aquella que divide a los hombres en una pugna constante por el poder y la acumulación de propiedad.

Muchos chavales, hoy, a los 13 años ya están del todo definidos, son espabilados y alegres, sí, pero mucho más no van a aprender de la vida ni del conocimiento. Chavalas, por otro lado, de 11 años que ya van ceñidísimas porque desean la vida de lujos y amores de las Kardashian. Para unos y para otras, el dispositivo móvil ha sido la pieza que les faltaba para despreocuparse totalmente de la marcha real del mundo. Realmente no ha sido preciso marketing alguno para que Internet se haya integrado como un guante en el estilo de vida consumista que ha colonizado el globo. Jeremy Rifkin ya advirtió en su tratado sobre la empatía (La civilización empática, 2009) que la revolución de la tecnología de las comunicaciones que parecía allanar el camino hacia una suerte de conciencia global tenía su lado oscuro, que es el de igualmente “podría abandonar a la generación de Internet en la vía muerta de un narcisismo desenfrenado, un voyeurismo sin fin y un tedio impotente”. Juzguen, si no, ustedes mismos…





1 Wikipedia: “El filisteísmo barbárico es una noción definida por (Hannah) Arendt como “un estado espiritual que juzga todo en términos de utilidad inmediata y de "valores materiales" y que por ende no tiene ningún interés en objetos y disciplinas próximas al arte”.


 
 
 

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