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Sobre mi El beso de la finitud, II, kiros ediciones



Óscar Sánchez


La llamada Generación Z, que es la que mejor conozco por mi trabajo, está compuesta por plantas de interior. Mis alumnos llegan al aula a primera hora y se esconden en ella con las luces apagadas y las persianas cerradas como los enanos de Tolkien, hasta que llega el profesor a fastidiar con el amanecer primaveral. Igualmente, mis hijos son capaces de pasarse toda una tarde en un cuarto oscuro sin darse ni cuenta de que no es un castigo sádico de los de antes, siempre que puedan entrar en trance con una tablet o un móvil hasta la hora de cenar. Se aducirá que esa claustrofília es consecuencia de la pandemia, pero yo no lo creo. La pandemia ha sido, en todo caso, la confirmación. Ya los dispositivos móviles son el mejor amigo del hombre, en vez del perro o el caballo, y si por fin termina por cobrar forma la distopía de Zuckerberg, el Metaverso, quién podrá negar que por muy grande y ramificado que sea se tratará también de un interior. La propia Modernidad, artística, filosófica y política, ha consistido en una gigantesca huida hacia el interior de nosotros mismos, y de ahí la proliferación de megalópolis como contenedores de humanos en que ha consistido la vida en la tierra de los tres últimos siglos. No sé muy bien si este es el hilo conductor de los numerosos textos de la actual compilación, El beso de la finitud, II (la anterior se publicó en mayo de 2022), pero creo que sí, a la vista de dos de sus títulos, que son TikTok o la escuela del trashumanismo y De la vida reproductiva, una protesta, este último, acerca de la tecnificación presuntamente inteligente que quieren imponernos ahora -sin que nadie la hayamos votado, por cierto, dudosamente democrático el proceso. Es totalmente cierto que ese tipo de melancolías, las de la añoranza por cuando todo era exterior, estaba abierto y no existía todavía un algoritmo para cada deseo por absurdo o abyecto que fuere es la propia de un señor que, encima de cincuentón, contempla la existencia desde la cómoda cobertura del funcionariado. Pero es cierto también que ese embrollo en que nos vamos metiendo a velocidad vertiginosa no es ya propiamente un mundo, es decir, una apertura inmensa, sino una suerte de túnel laberíntico tatuado con pintadas cyberpunk y balizado por lucecitas saturadas.

La “finitud” a la que me refiero no es únicamente la de la muerte, que es una obviedad (aunque también se tematiza en el libro). Tiene que ver, más bien, con la finitud misma del discurso humano. Somos conscientes por primera vez en la historia occidental, hasta donde yo sé, de que todo lo que decimos o hacemos no es más que materia para consumo propio, y por tanto que no podemos salir de nosotros mismos en ningún sentido. Sin embargo, tal como yo lo veo -un poco brumosamente, para qué negarlo- tiene que haber “beso de la finitud”, es decir, una interpretación o una actitud de asentimiento casi agradecido hacia la condición finita de la posición humana precisamente en contra de viejos filósofos como Hegel, ya que Hegel lo que prometía era más bien una especie de “beso de la infinitud”. Quiero decir que, para él, todo estadío histórico anterior al hipotético final de la historia (o sea, la articulación última en el concepto de todas las potencialidades del Espíritu) es forzosamente insatisfactorio, y de ahí que no tenga lugar jamás beso de la finitud, sino como mucho “piquito” de la finitud, un piquito calientabraguetas, por así decirlo. Como encima parece poco claro que Hegel creyera de verdad en un desenlace estable para la totalidad de la experiencia humana, como en cambio sí alentó en el marxismo posterior (o sea, que Marx era más hegeliano de derechas que el propio Hegel, visto así), entonces hasta él tendría que reconocer que algo de aceptación de la finitud de cada momento histórico y de cada vida particular tendrá que haber, o seríamos las criaturas más infortunadas del cosmos -algo, o sea beso, pero no todo, o sea no coito... La expectativa del Paraíso podrá ser todo lo esperanzada que se quiera, pero cuando se hace demasiado larga amarga cada pequeño rato de la espera, porque nunca es lo que debiera ser. O, como decía Emil Cioran, que no es en absoluto santo de mi devoción: “Los días no adquieren sabor hasta que uno escapa a la obligación de tener un destino.”

Pues, si me he explicado bien, de eso versan en conjunto esta sucesión de ensayitos reconcentrados. No hay un destino -No Fate, como escribió Sarah Connor en la madera con un cuchillo- ni mucho menos lo hay ni en los términos de la convergencia completa de la humanidad en un único estilo de vida totalitario servido por la tecnología. No hay destino, pero sí hay mundo, o residuo de mundo al que cuidar. A través de la filosofía, del cine, de la actualidad informativa y mediante algún que otro ejercicio literario eso es de lo que se vino a hablar aquí…


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