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Silicon Valley, Temporada 1




Óscar Sánchez Vadillo


Tronchante. Descacharrante. Te partes el culo. Te mondas. Te partes la caja. Te meas. Etc. La serie que comenzó su andadura en 2014, y de la que yo no sabía nada, Silicon Valley, ahora en el catálogo de HBO, le da al famoso emplazamiento de Palo Alto un poco de lo que se merece por hacernos lo que nos hacen sin necesidad de risas enlatadas. Es como un The Big Bang Theory multiplicado por 100 y para adultos despiertos. En el famoso valle es donde se detonan esas “bombas atómicas silenciosas” que nos cambian la vida para siempre inadvertidamente y sin previo aviso, no digamos ya sin haberlo deseado o votado, y por eso creo que hacía falta que alguien se cachondease algo de la extraña gente que lo puebla, los pringaos con cerebro de mentats de Dune tanto como los milmillonarios frikis a lo Zuckerberg. Aquí los milmillonarios podridos de dinero son muy pero que muy frikis, y casi el mayor acierto de la serie es el magistral personaje de Peter Gregory, el genio más excéntrico y Asperger de las plataformas post-televisivas, a la altura del Dr. Maligno de la saga Austin Powers pero dando miedo de verdad. A continuación, es impagable la actuación de T. J. Miller como personaje de carácter, que no de destino, encarnando al típico jeta semi-yuppi y semi-gangster que por aquellos pagos emula a Steve Jobs en su intento de vender y poner cara a los hallazgos de otros. Pero todos están muy bien y los guiones son incesantemente sorpresivos e imaginativos, como en una versión chusca (a la manera de la gloriosa estirpe de Aterriza como puedas, Top secret, Scream, Hot Shots, etc.) de La red social de Aaron Sorkin...


Nuestra cultura actual es dadaísta y no lo sabe. Tan sólo hay que darse una vuelta por TikTok para comprobarlo. Los 15 minutos de fama de Andy Warhol se han encogido a 15 segundos, pero dentro de ellos todo el mundo puede buscar dinero y reconocimiento mediante su performance favorita. No hay fronteras, ni nacionales ni étnicas ni de clase ni, sobre todo, de formación, para pelearse por un lugar bajo el foco de las redes sociales. Y no hay payasada lo bastante grotesca o nonsense como para no caber en un TikTok, en una historia de Instagram o en un clickbait de X, aka Twitter. Trending topic puede ser cualquier cosa, siempre que no sea palmariamente sexual y desde luego nada ni remotamente serio o grave. Hemos conjugado la frivolidad con el absurdo mucho mejor que Tristan Tzara y compañía, y además hemos convertido ese juego en global. Es como si todos estuviéramos mirando nuestro dispositivo móvil, a la vez que mirando sin disimulo alguno el móvil de todos los demás al mismo tiempo. El Aleph de Jorge Luís Borges como el espectáculo ubicuo, simultáneo e hipnótico de la estupidez humana hecha caleidoscopio infinito de imágenes sin valor alguno, como un estallido de confeti digital multicolor. Silicon Valley trata de todo eso, pero con el aliciente de la ambición y la carrera por el poder y el dinero, como un Succession de la comedia. Refleja, además, casi de modo perfecto todo eso que ya señalaba Richard Sennet en La corrosión del carácter hace ya cuarto de siglo: “El trabajo en equipo es la práctica en grupo de la superficialidad degradante” (p. 104); “Las ficciones del trabajo en equipo, a causa de su misma superficialidad de contenido y atención puesta en el momento inmediato y su manera de evitar la oposición y la confrontación, son útiles en el ejercicio de la dominación” (p. 121); “El cambio múltiple e irreversible, la actividad fragmentada, pueden ser cómodos para los amos del nuevo régimen, como la corte de Davos, pero pueden desorientar a los sirvientes del régimen. Y el nuevo ethos cooperativo del trabajo en equipo pone en el lugar de amos a los “facilitadores” y “gestores de procesos” que soslayan el sincero compromiso con sus subordinados” (p. 123); “El régimen flexible parece engendrar una estructura de carácter constantemente “en recuperación” (...) Un sentido más amplio de comunidad, y un sentido más pleno de carácter, es lo que necesita el número creciente de personas que, en el capitalismo moderno, están condenadas al fracaso” (p. 142); etc.


Todo eso, sí, pero en divertidísimo...


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