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Reconstruir la confianza política


La conversación política gira en falso. Entre el hartazgo digital y la sospecha generalizada, ¿cómo recuperar la confianza política, la capacidad de imaginar futuros deseables? Lapsus Linguae reunió en La Casa Encendida, en Madrid, a pensadores que exploraron los afectos que paralizan y las formas de transformarlos en acción política consciente y comprometida.



Es cada vez más compartida la sensación de que la conversación política está estancada, girando en falso sobre sí misma. Más de una vez hemos visto a un intelectual o a un periodista repetir el mismo análisis cansino en diferentes entrevistas, o nosotros mismos repetimos ideas en las que ya no creemos. Estas dinámicas lentamente conducen al sesgo de confirmación de lo que ya pensamos y la imposibilidad de conectar con el que piensa diferente.

Sin embargo, la realidad política actual no podría ser más heterogénea y, por tanto, su intento por pensarla resulta más estimulante que nunca. También, por otro lado, existe una desconexión cada vez más pronunciada entre el discurso, el pensamiento y la acción política. Para volver a ligarlo —más que agregar capas de análisis— y para encontrar un nuevo factor que explique el ascenso y el encanto de las ultraderechas, hay que comenzar por revisar nuestras propias formas de conversación, generar instancias donde pueda darse una más pausada y divergente, que inspire compromiso con el presente y haga deseable el futuro. A veces lo olvidamos, pero la política es la condición de posibilidad del futuro. Y la política es, primordialmente, una conversación.

Un paso en este sentido ocurrió el pasado mes de octubre en Lapsus Linguae, un encuentro de pensamiento y cultura celebrado en La Casa Encendida, en Madrid, en el marco de «España 50 en Dignidad». Comisariado por la politóloga Alicia Valdés, reunió a diferentes intelectuales y escritores en torno a la tarea de la imaginación política. En este artículo revivimos algunas de los debates que se dieron allí y los entusiasmos abiertos que dejaron para seguir pensando.



¿Cuál es el horizonte afectivo de la política contemporánea?

Esa fue la pregunta que estructuró la primera charla de la jornada, entre Amador Fernández Savater y la escritora Sara Torres. Para comenzar, Amador propuso esto: la humillación. El acto de humillar contiene una dialéctica particular. Algo es humillante, y no simplemente opresivo, cuando aún queda un margen de acción para quien es humillado. Esa es la fórmula más directa para la venganza y lo que se acumula en ella: el resentimiento. Porque humillar a otro no es simplemente dominarlo, sino exponerlo en su inferioridad a la vista de todos.

Es decir, no se trata simplemente de una dominación en términos capitalistas clásicos: aquí el amo se burla del esclavo y este, en su búsqueda de reconocimiento, termina humillando a otros como él. Lo novedoso de las prácticas actuales de humillación es que estas son sobre todo entre pares. Es, en suma, el lenguaje que une a los poderosos con los desposeídos. Es el lenguaje de los vídeos de TikTok, pero también es el lenguaje de los políticos de ultraderecha ante sus adversarios.

A su vez, la mediatización de las imágenes de la humillación genera atracción, en algunos incluso admiración. Ya no se le teme al humillador, sino que comienza a operar un fuerte deseo de convertirse en él. Desde los juegos infantiles, el bullying, a las peores atrocidades de los crímenes de guerra, la humillación estructura hoy la forma de hacer (y sentir) política. Así, para Fernández Savater, la humillación sería el horizonte afectivo que atravesaría tanto la estructura social como el malestar personal.

Sara Torres introdujo otro afecto central: el hartazgo. La fatiga, el cansancio de la repetición y la sensación de que no hay forma de resistirse lo generan. Pero el hartazgo se presenta como un límite que puede ser también una oportunidad para una reflexión y acción más conscientes.


La política es una conversación y un campo afectivo estancados: humillación y hartazgo atraviesan hoy el malestar social y explican el atractivo de la ultraderecha

Torres hizo la observación de que muchas veces las personas están cansadas de sus propias relaciones o de sus propias identidades, reducidas a etiquetas o enjuiciamientos, en lugar de aceptar la complejidad de sus afectos y vínculos. Y dio ejemplos muy cercanos: «Estoy harta de mi amiga que viene siempre con el mismo problema», «Estoy harta de los hombres», «Estoy harta de mis compañeros de trabajo», «Harta de mí misma». Frases que decimos incluso antes de estar hartas de verdad, formas reactivas donde se inhabilitan otros afectos como la paciencia, el sostén, la confianza.

Por eso, convertir estos afectos de daño y autodaño en una potencia de liberación requiere un trabajo político interno y colectivo. El paso fundamental es aprender a transformar la rabia, la humillación y el hartazgo en fuerzas que puedan canalizarse hacia acciones constructivas y creativas. La lucha no solo es contra la estructura social, sino también contra la propia emoción que nos limita, y en esa tarea la transformación de los afectos y el autocuidado adquieren un papel decisivo.

Parecieran actos pequeños, pero comenzar a ser más pacientes con nosotros mismos y con nuestro entorno es fundamental para no contribuir a la política del descarte, donde todo se consume y nos hartamos muy rápido de todo lo que en un principio pareció interesante. Esto tiene que ver también, creo, con la hiperestimulación y la creación de expectativas: todo lo que se presenta como una experiencia singular y única termina por hartarnos cuando se repite. Emociones de «rápida acción», donde el deseo no perdura.

Y en esto quisiera introducir un trending topic: lo que pasó los meses pasados en torno a LUX, el último disco de Rosalía. Observemos cómo en principio un lanzamiento que generaba, acorde a su temática, un infinito misterio ha terminado por producirnos ahora una infinita saturación. El nivel de sobreanálisis de las reseñas del disco, las entrevistas diarias y el sinfín de contenidos producidos para su difusión, los vídeos de Rosalía de niña, sus listas de lectura, lo que comió, los lugares que visitó, hasta el más ínfimo detalle de su vida personal y hasta de su sexualidad.

Todos los periodistas están tratando de exprimir, como si se tratara de la virgen en una película de Álex de la Iglesia, hasta la última gota de sangre pura. Todo lo contrario a la mística, que consiste en velar, en no mostrarlo todo. Una pena, porque en la primera escucha el disco me gustaba, pero ahora ya estoy harta de él.


Amor y sospecha

Uno de los debates más interesantes fue acerca de la sospecha: ¿puede coexistir con el amor? Torres sostenía que el amor puede, y debe, convivir con la sospecha si en ese proceso se permite un espacio de reconocimiento y de tiempo para construir la confianza. Un ejemplo muy concreto son los celos. Estar celoso, dijo Torres, es una situación donde «me quedo humillada en mi sospecha». La cuestión de si se puede amar sin sospecha tiene que ver, para ella, con la pregunta de si es posible constituir una intimidad con la otra. La sospecha protege, pero también distancia.

Entonces, la sospecha es una actitud defensiva ante el daño, pero que dista de la entrega necesaria para el amor. Sara Torres lanzó la pregunta y la tarea: «¿Cómo hacer hueco para el eros en sistemas tan saturados como los que tenemos para interpretar lo real?». En torno a eso no faltó lugar para mencionar a «los maestros de la sospecha» de la filosofía, como los retrató Paul Ricœur: Nietzsche, Freud, Marx, quienes básicamente pusieron en duda los sistemas interpretativos de su época instaurando otros, pero que minaron la base de los valores morales y los presupuestos metafísicos hasta entonces.

Pero, por otro lado, se comentó que aquella forma de hacer crítica hoy puede ser paralizante también: en todo vemos una sospecha de inautenticidad, de «síndrome del impostor» en nosotros y en los demás, una razón oculta que haría que lo que recibimos del otro sea una «farsa». Así, «la sospecha nos mantiene en la puerta de las cosas», afirmó Fernández Savater, quien agregó una dimensión: que el amor por algo, por una persona o bien por un proyecto político, es algo que introduce diferencia y que, en tanto algo que nos trasciende, puede diluir ese ensimismamiento.

La pregunta de por qué sospecho de la persona a la que amo, o por qué sospecho de mis amigos, vale también para la pregunta política: ¿por qué sospecho de mis compañeros? ¿Por qué no puedo confiar en ningún representante, ningún proyecto político? Concluyó: «Yo creo que, en esta relación entre amor y política, el desafío está en la construcción con una diferencia. Es decir, que el otro al que vas a amar es el otro de ti, es diferente».

Se abordó también cómo la cultura digital favorece una distancia que fomenta la desconfianza, y cómo los sistemas de representación y los discursos que circulan en redes alimentan la sospecha, en la clave de la competencia y la insatisfacción: siempre hay una forma de producir más o de pasarla mejor.

Por último, se destacaron otros dos afectos como formas de contrarrestar estas dinámicas: la ironía y el humor. Pero, ojo, sin caer en el cinismo, esto es, el burlarse de todo sin comprometerse. Amador Fernández Savater lanzó una frase que he de implementar cada vez que tenga la ocasión: «Hay que ser cínico con los jefes, pero ético con los pares».


El hartazgo no solo agota los vínculos y las identidades, también bloquea la paciencia y el deseo. Transformar rabia y sospecha en fuerzas creativas exige trabajo afectivo y político. Frente a la saturación y la desconfianza, se abre la pregunta por cómo sostener el eros sin renunciar a la diferencia


 
 
 

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