Comentario nº2 al diálogo Menón, de Platón
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Óscar Sánchez Vadillo
Sócrates ya había logrado convencer a Menón (casi todos los interlocutores del Sócrates platónico, caso de no ser acérrimos sofistas ya del todo incorregibles, se dejan convencer enseguida con repetidas y casi serviles muestras de asentimiento y aquiescencia) de la tesis de que el conocimiento genuino no puede ser adquirido gracias a otros. Con ello, Platón pretende arrebatar su clientela a la paideia sofística, representada a la sazón no sólo por individualidades más o menos carismáticas, sino además por una escuela que rivalizaba entonces en Atenas con la Academia, y la cual, para colmo, también se hacía llamar “filosófica”: se trataba de la institución puesta en marcha con gran éxito por el sofista moderado Isócrates –con “I” latina inicial, para mayor regodeo en las coincidencias mal que le pesen a Platón. Isócrates defendía en dicha escuela un ideal más modesto que el de la Academia: no la forja de hombres inflexiblemente justos y en posesión del método que conduce a la verdad, sino tan sólo la formación de “ciudadanos bien informados”, capaces por ello mismo de estar en posición de ponderar y deliberar acerca de lo mejor o peor de cada situación según ésta se presente. El platonismo, en cambio, según Isócrates, sólo juzga acerca del bien y del mal de determinada ley en términos absolutos, basándose no en la información disponible en cada momento, sino en presuntas prescripciones inmodificables que se hurtan al tiempo concreto, de modo que, dice Isócrates, “y si es preciso no sólo criticar a los demás, sino aclarar mi propia forma de pensar, creo que todos los bienintencionados dirán conmigo que muchos de los que dedican su tiempo a la filosofía acabaron siendo simples aficionados, mientras que otros, sin tener nunca trato con sofistas, han llegado a ser hábiles en la oratoria y en la política. Pues la capacidad de hacer discursos y de todas las demás empresas reside en los bien dotados y en los que se han adiestrado mediante la práctica, y a los que son así, la educación los hizo más expertos y hábiles para la investigación; pues ella les enseño a comprender lo que encontraban en sus divagaciones a partir de una mayor preparación, y a los de inferiores cualidades, no les haría buenos litigantes ni creadores de discursos, pero si los hará avanzar y comportarse con mayor prudencia en muchas cosas” (Discursos1, Gredos, pág. 162). Por esta razón, todavía según Isócrates, “cuando algunos de los ciudadanos comunes, tras reflexionar sobre todo esto, se dan cuenta de que los que enseñan la sabiduría y transmiten la felicidad, están faltos ellos mismos de muchas cosas y exigen una cantidad pequeña de sus discípulos; de que observan las contradicciones que hay en las palabras, pero no examinan las que hay en las obras; de que además se jactan de saber del futuro, pero no son capaces de decir ni aconsejar nada de lo que es preciso para el presente; de que, en cambio, los que utilizan su sentido común se ponen más de acuerdo y más cuenta se dan que los que proclaman tener ciencia, con razón, creo, desprecian estas ocupaciones y las juzgan charlatanería y mezquindad de espíritu, pero no cuidado del alma” (Ibidem, pág. 160).
En vista de esta polémica, se entenderán mejor tanto los argumentos de Platón en el Menón como su evolución posterior. Aquí, Sócrates sostiene que no hay ni hubo ciencia (episteme) en los grandes estadistas, sino tan sólo una sólida opinión (eudoxia) inspirada como por un favor divino –lo que, por cierto, mantendrá respecto de los poetas insignes, como se lee en el diálogo juvenil Ion y otros. Con ello se aleja en la práctica y rechaza en la teoría el negocio sofista, desde luego, pero también se acerca peligrosamente -para él- a la postura de Isócrates, y de ahí que apele a la inspiración divina, a fin de que se entienda claramente que tal sólida o “buena opinión” no puede tampoco ser aprendida tan sólo con diligencia y esfuerzo, como predican los sofistas. En resumidas cuentas, Platón hace equilibrios en este diálogo por sustraer el saber de la mano de los sofistas y a la vez apuntar que tal saber debe de alguna manera existir de hecho, lo cual explica su posterior propuesta concreta de una paideia propiamente filosófica en La república.
1 Curiosamente, también Isócrates desdeña la palabra escrita como lo hace Platón en el Fedro y en la Carta VII aunque por muy distintas razones, lo cual da razón de la diferencia de producción literaria entre ambos (inmensa en Platón, de ocasión en el sofista): Que los discursos no pueden ser hermosos si no se dan en ellos la oportunidad -Kairós-, lo adecuado y lo nuevo, y, en cambio, a los signos gráficos nada de esto les hace falta” (Ibidem, pág. 162).




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