Observaciones sobre La Odisea de Christopher Nolan
- filosofialacalle
- 18 jul
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Óscar Sánchez Vadillo
El caballo de madera que sirve de ganzúa para sortear los muros de Troya estaba mejor pensado en la Troya de Wolfgang Petersen. Porque si los troyanos hubieran sabido algo de Física, se hubieran dado cuenta de que un caballo encabritado tan sólo puede mantenerse sobre sus dos patas traseras si su parte delantera está vacía, sosteniéndose sobre el centro de gravedad del resto de la figura, en este caso necesariamente llena, como en la estatua ecuestre a Felipe IV de la plaza de Oriente de Madrid, que asesoró el mismísimo Galileo Galilei. El problema del color de la piel de Helena de Troya sólo es problema si a los críticos les da por hacer de ello un problema. Los griegos admiraron siempre a los africanos, a los que llamaban “nubios”, precisamente por sus cuerpos esculturales y su belleza, de manera que quejarse por eso es como quejarse de que el Odiseo de Matt Damon no luzca melenas, como Homero dice que lucía, es decir: una fruslería. Es cierto que la hospitalidad griega arcaica obliga a acoger a los mendigos y vagabundos por si acaso fueran dioses disfrazados, pero difícilmente en el palacio de un rey con ocasión de un gran banquete, y desde luego esa costumbre nada tiene que ver con la guerra entre dos ciudades, que era el pasatiempo más apreciado por los helenos. Por ese motivo, el discurso pacifista del Odiseo de Nolan es completamente anacrónico, como no es de creer que Odiseo haya acudido a Troya en la idea de que iba allí a darse abrazos con los troyanos o a celebrar un concurso de cosquillas. En la versión del año pasado de Ralph Fiennes sobre El regreso de Ulises, en cambio, película cien veces mejor que esta, en mi opinión, lo que pesa como un camión sobre los hombros del héroe es más la extrañeza sobrenatural de las maravillas vividas que la guerra en sí, para la que cualquier hombre antiguo es preparado desde la infancia (el mismo Platón, por ejemplo, prescribe en La república que los niños, llegada cierta edad, deben contemplar una batalla real desde un punto alto donde no corran peligro, para que se vayan acostumbrando al espectáculo del horror y efusión de sangre de la carnicería).
Así, no se entiende bien como Matt Damon se nos pone tan tierno y sin embargo poco después se pone a descargar mamporros entre los pretendientes como un vulgar Chuck Norris de tercera. En la de Fiennes, la secuencia de la matanza es mucho más épica, dura mucho menos y transmite mucho mejor lo extremado y casi sacrílego de la situación. Nolan lo quiere todo: quiere mandarnos el recadito buenista y quiere también que asistamos a un circo a lo Bruce Lee. Lo tenía que haber pensado a lo western, tal como yo lo veo, porque son pocas las veces en las que un John Wayne se lamente de llevar dos revólveres y tener que usarlos. Está muy bien traído, en cambio, lo de los “pueblos del mar”, un gran misterio histórico, pero yo no sé con qué intención exactamente, puesto que al principio de la película Odiseo le dice a Helena, con una clarividencia propia de Tucídides, que lo único que ambiciona Agamenón es abrir rutas comerciales a través del Mar Negro. Agamenón, por cierto, es aquí una mezcla entre Batman y Darth Vader, pero se nos cuenta cómo sacrificó a Ifigenia, por ejemplo, sin dar nombres. En otro momento, se habla de las espuelas de un jinete, cuando las espuelas, que yo sepa, no se inventaron hasta la bien entrada la Edad Media, como indicaba Jacques Le Goff. Una laguna extrañísima en esta adaptación es que se omite el mítico momento en que Polifemo pregunta a Odiseo quién es, y este responde que “nadie” (outis en griego, nemo en latín), lo que tiene como consecuencia que haga el ridículo con los otros cíclopes… Para ser tan larga, La Odisea de Nolan es demasiado apresurada, y pasa por todo como de puntillas. Además, quiere ser realista pero al mismo tiempo los monstruos son VFX, lo que combina mal. Hubiera sido mejor idea, tal vez, que todo tuviera una atmósfera onírica de principio a fin, como el Excalibur de John Boorman, que para ser de 1981 y con mucho menos millones está todo mejor logrado y resulta harto más verosímil y épico para el espectador. El episodio de Circe, sin embargo, aunque se burla de Homero para que Matt Damon sea un buen marido, sí que cuenta con ese ambiente onírico y terrible, y es de lo mejor de la película. En la de Ralph Fiennes, donde sí que hay tiempo para todo y sentido de lo trágico, cuando Ulises es consciente de que ha vuelto a Ítaca, se come literalmente la amada tierra de su patria, “a dentelladas secas y calientes”, como versificó Miguel Hernández. En esta, en cuanto Matt Damon acaba con los pretendientes coge a Anne Hataway y la lleva de crucero. ¿A dónde? Al oeste, claro, es decir, hacia EE.UU… Mi impresión, pues, si se me permite el juego de palabras, es que Nolan, Nolan, no-lan conseguido...




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