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Navidad y mendicidad



Óscar Sánchez Vadillo



Como una hélice es el dolor,

sólo que con él no se va a ninguna parte

y la hélice no hace más que girar.


Peter Handke, La mujer zurda





Una de mis anécdotas favoritas de la vida de Benito Pérez Galdós, que se cuenta en la página de Wikipedia correspondiente, tiene lugar en su vejez, cuando según se dice estaba ya tan débil, o tan sensible, que no podía evitar dar casi todo su dinero a los pordioseros que le asaltaban por la calle, muchos de ellos sabedores de que ese señor que ya les había dado ayer no podría resistirse a darles de nuevo hoy. Por lo visto, se le echaban encima como si estuviera en el centro de Bombay, y era incapaz de negarse, él, que había escrito Misericordia, entre muchas otras… Pues bien, yo estoy con Galdós, pese a todo. A los pedigüeños que te asaltan por la calle, ya que no vienen a importunarte a casa (porque no pueden, la verdad sea dicha), siempre hay que darles chatarrilla o calderilla generosamente. A nosotros no nos cuesta nada, nos saca del apuro, ellos se ganan la vida así, por llamarlo de algún modo, y ese y no otro ha sido desde tiempos inmemoriales el negocio del toma y daca social. Hay que tener presente que un skinhead les miraría de arriba abajo como quien ya está viendo el inminente cadáver, y no queremos tener nada en común con esos futboleros, muy españoles de pura raza todos. En mi barrio hay muchos mendigos, pero destaca especialmente una chica delgaducha a la que no le gusta perder el tiempo: te pide como un rayo en caída libre y como un rayo retráctil se va con lo puesto. Fijo que con poco más de lo que la damos, algún canalla aprovechado se la beneficiaba antisanitariamente. También tenemos dos sin-techo completamente enajenados y jovencísimos, uno moreno y otro rubio, ambos hijos, es de suponer, de la desdicha y el dolor. Por tener hasta tenemos a Sito, Alfon-sito, que es el que vende pañuelos en el semáforo, y a quien todos los vecinos echamos una mano, lo cual no le ahorra dormir cada noche entre unos matorrales. Es un verdadero trabajo en el peor sentido de la palabra el de Sito, doce horas al día seis días a la semana haciendo exactamente lo mismo, eso con suerte. Pero lo más importante en estas faenas cotidianas es distinguir entre el ruego y la amenaza. Lo primero vale, la combinación de los dos pase, pero lo segundo es inaceptable. Atrácame con riesgo de cárcel o me haré el longuis tranquilamente. La dadiva, y más en Navidad, ha de ser voluntaria o no ser, en la conciencia de que tú te estás gastando una suma inmoderada en pijaditas mientras que hay gente que duerme en la calle. Una vez en el metro me dijeron aquello de “tío, te lo digo por las buenas porque no me gusta hacerlo por las malas...”, y recuerdo que le tome la palabra. Haber venido por las malas, entonces, porque así ya no me sacas nada...

No obstante, el aspecto influye mucho, me refiero al del demandado. A mí me pordiosean pocas veces, y desde luego nadie me llama “señor”. De niños, en el barrio de Moratalaz de Madrid vivíamos en el constante temor por los atracos, atracos callejeros como los de antes, los de verdad, los de “¡la bolsa o la vida!” (que es, por cierto, la formulación perfecta del ultimátum que el inmediato futuro va a plantear a toda la especie: o deponéis el ansia de beneficio o perdéis la vida). Hoy la bolsa va en la tarjeta de crédito, y, si no, en la del Covirán, que es gratis. Pero es que además el dar limosna es doctrina vigente y obligación del creyente tanto en el mundo musulmán como en la Santa Iglesia Católica, esa institución que tras siglos de glorias y crímenes de todas las figuritas del pesebre se han quedado tan sólo con el niño. En la Contrarreforma, en efecto, se enunció el principio, que sigue plenamente vigente, de que “el que no reparte es un ladrón”, frase sorprendente que la cultura del capital ha enterrado entre el resplandor del alumbrado navideño, la capa de Ramón García, las películas de Santa Claus y el anuncio piadoso de la ONCE. Sin embargo, hubo un tiempo en que eso fue cierto, siglos antes de la Contrarreforma, cuando gente excéntrica se lanzaba a la calle a imitar el ejemplo de Cristo -Imitatio Christi- no en el sentido de fustigar a los mercaderes del templo, que hubiera sido motivo de detención y cárcel, sino de repartir todas sus posesiones y vivir una vida de pobreza voluntaria. Curiosamente, en aquellos tiempos a nadie se le ocurrió, hasta donde yo sé, tachar a los miembros de las órdenes mendicantes, franciscanos y dominicos, de holgazanes, parásitos y rémoras sociales, tal vez por aquello que apuntaba tan bellamente G. K. Chesterton en su fantástica biografía de San Francisco de Asís (se entera en https://web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/sanfrancisco.pdf):


He dicho que san Francisco con toda deliberación no veía el bosque en razón de los árboles. Aún más cierto es que no vio la muchedumbre en razón de los hombres. Lo que distingue a este demócrata muy auténtico del simple demagogo es que nunca engañó ni se engañó por la ilusión de las masas. Cualquiera que haya sido su gusto por los monstruos nunca vio ante sí una bestia de muchas cabezas. Sólo vio la imagen de Dios multiplicada pero nunca monótona. Para él un hombre era siempre un hombre y no desaparecía en la espesa muchedumbre como no desaparecía en el desierto. Honró a todos los hombres, lo que es decir que no sólo los amó sino que a todos respetó. Lo que le diera su extraordinario poder personal era esto: que del papa al mendigo, desde el sultán de Siria en su rica tienda hasta los ladrones harapientos arrastrándose por el bosque, nunca existió un hombre que se mirara en esos ojos pardos y ardientes sin tener la certidumbre de que Francisco Bernardone se interesaba realmente por él, por el interior de su propia vida individual desde la cuna al sepulcro, de que él en persona era estimado y tomado en serio y meramente añadido a los restos de algún programa social o a los nombres de algún documento burocrático. Ahora bien, para esa particular idea moral y religiosa no hay otra expresión externa como no sea la cortesía. No la expresa la exhortación que sólo es mero entusiasmo abstracto ni la beneficencia pues no es más que piedad. Sólo la puede trasmitir el gesto grandilocuente que llamaríamos buenos modales. Podemos decir, si nos place, que san Francisco, en la desnuda y mísera simplicidad de su vida, se había asido, a pesar de todo, a un jirón de lujo: a las formas de la corte. Pero mientras en una corte hay un rey y cien cortesanos, en esta particular historia hubo un cortesano entre cien reyes. Porque el Santo trató a la muchedumbre de los hombres como si fuera una muchedumbre de reyes. Y ésta fue en realidad de verdad la única actitud con que podía conmover a esa parte del hombre que quería conmover. No podía conseguirlo ofreciendo oro ni pan pues es proverbial que cualquier truhan puede convertir la liberalidad en simple escarnio. Ni tampoco lo lograría prodigando atención y tiempo pues numerosos filántropos y burócratas benévolos lo hacen con escarnio en sus corazones mucho más frío y horrible. Ni planes ni propuestas ni arreglos eficientes pueden devolver la autoestima y el sentimiento de estar hablando con un igual al hombre quebrado. Puede lograrlo un gesto.


La Ley y el Orden están de nuestro lado, amigos, no seamos mezquinos…

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