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La correspondencia entre Hannah Arendt y Martin Heidegger

Olga Amarís Duarte




“Querida señorita Arendt: Aún debo ir a verla esta noche y hablarle al corazón. Todo debe ser llano y claro y puro entre nosotros. Sólo entonces seremos dignos de encontrarnos. El hecho de que usted llegara a ser alumna mía y yo, su maestro, es sólo el origen de aquello que nos ocurrió”.

Con estas palabras empieza la crónica de una correspondencia que se alarga de 1925 a 1975, con una interrupción obligada durante aquel tiempo en el que el lenguaje se eclipsó, perdiendo, tal vez para siempre, la armoniosa unión entre el significado y el significante. El habla, simplemente, dejó de hablar en un mundo en el que los que clamaban himnos a la vida, en realidad, estaban aullando gritos de muerte. Al final resultó cierto aquello de que no se puede escribir lo que no se habla y, durante casi diecisiete años, Martin Heidegger y Hannah Arendt no se enviaron cartas. En 1950, sin embargo, volvió el habla, aunque ya una distinta, atemperada al extinguirse la inflamación amorosa. El silencio, como el tiempo, es terapéutico. El “mago secreto del pensamiento” de Marburgo dejó de escribir sus requiebros a aquel ser a claroscuros que tan pronto se presentaba como la “ninfa bromista del bosque”, como bajo la apariencia de una Sophia inocente y pudorosa de “ojos grandes y quietos”. Ahora, la emisora de sus misivas era la amiga esencial, aquella que comunicaba “algo importante en el Merkur“, que publicaba ensayos “valientes y contundentes” sobre la condición humana, que se enzarzaba sin tregua con la cuestión del “mal radical” y que, discípula díscola del pensamiento filosófico, se atrevía a marcar un camino alternativo que él, refugiado en su cabaña de Todtnauberg, alababa no sin cierto estupor:

"Supongo que, a pesar de las múltiples publicaciones en otras direcciones, sigues con la filosofía. Aquí, desde luego, tiene que ceder el paso a la sociología, a la semántica y a la psicología. Sin embargo, el final de la filosofía podría convertirse en el inicio de otro pensamiento"


Pero, sobre todo, a partir de ese momento, Arendt se convierte en la mayor aliada de Heidegger y en la fiel celadora de su obra, encargándose con sumo cuidado de su correcta recepción y traducción al inglés, como lo demuestra el seminario entero que consagra a la presentación de Ser y tiempo en Yale. Tal vez la prueba más evidente de la fidelidad de Arendt se encuentra en el discurso radiofónico de septiembre de 1969, en ocasión del octogésimo aniversario de Heidegger, en el que no duda en restituir públicamente el valor del pensamiento de Heidegger dentro del ámbito intelectual del siglo xx. Volviendo a las cartas, la novedad inaugural de esta segunda fase es la introducción de nuevos actores: esto es, de nuevos narradores. De forma esporádica se cuela inarmónica, y dis-armónica, la voz de la mujer de Heidegger. La antipatía que a Arendt le suscita Elfride Heidegger es evidente y la tolerancia de esta inclusión sólo se explica como un gesto de consideración a los requerimientos del antiguo amor. En una de las primeras cartas intercambiadas entre las dos mujeres, Arendt expresa en los siguientes términos sus condiciones para la instauración del terzetto:


"Usted nunca ocultó sus convicciones, ni lo hace ahora, tampoco ante mí. Este credo hace que una conversación resulte casi imposible, porque aquello que el otro podría decir está caracterizado y (usted perdone) catalogado de entrada: judío, alemán, chino. Estoy en todo momento dispuesta, y lo he insinuado a Martin, a hablar de estas cosas de manera objetiva y política; creo saber bastante sobre ello, pero sólo con la condición de excluir lo personal-humano. El argumentum ad hominem es la ruina de toda comunicación porque incluye algo que se halla fuera de la libertad del ser humano"

Asimismo, aunque más velado, sin tanto afán de protagonismo, suena en ocasiones la voz del segundo esposo de Arendt, Heinrich Blücher. Tampoco debiera faltar aquí la presencia sugerida de Hans Jonas, actuando de heraldo infortunado de la noticia de la muerte de Arendt y haciendo que la carta de la politóloga, escrita el 20 de marzo de 1971, tenga algo de profética, de esquela de una muerte anunciada:

"Es muy posible que al final consiga acabar un libro en que estoy trabajando, una especie de segundo volumen de la Vita activa. Sobre las actividades no activas del ser humano: pensar, querer, juzgar. No tengo ni idea de si lo conseguiré ni, sobre todo, cuándo lo acabaré. Quizá nunca. Pero si lo acabo… ¿Podré dedicártelo?"


Por ironías de la vida, con una carta dirigida a los otros, “al círculo de amigos” de Arendt, a los que se une en la “más profunda tristeza”, Heidegger da por finalizada una historia que empezó de forma clandestina en el invierno de 1925, en una hora de tutoría durante la cual maestro y discípula cayeron en la fascinación: ella del genio de Heidegger, de su “amplia frente”, y él de la incipiente inteligencia de la joven Arendt, así como de lo exótico y sugestivo de su apariencia, recubierta en aquel traje verde y tan alejada del modelo femenino teutónico: de aquella Krimilda ideal. En una de estas primeras cartas, Heidegger expresa lo acontecido en los siguientes términos: “Lo demoníaco ha dado en mí”. Refiriéndose a la categoría de “das Dämonische” tal y como lo entendieron los románticos: la sublime e irresistible potencia destructora que subyace en todo proceso creativo. Las cartas de esta primera época están envueltas del misterio que corresponde al decir de los amantes: son un diálogo susurrado, febril en la urgencia de hacerse epidermis que roce la mano lectora. Como secreto que son, encierran claves de entendimiento que sólo los elegidos del rito amoroso saben descifrar: “Eso sí, si la lámpara de mi habitación está encendida, es que estoy retenido por una entrevista”. También se advierte en ellas una asimetría tácita entre el amado y el amante, estructura típica de la paideia filosófica griega. Es el erastés, el maestro, quien ordena y conduce los encuentros con el erómenos, la discípula, estableciéndose así una relación amorosa cuyo fin último no es erótico, sino la conformación de la personalidad del más joven. No en vano, la palabra griega erótika guarda un gran parecido con erótan, el que hace preguntas, indicando, tal vez, que el buen amante es el que incide en la demanda. Un ejemplo se encuentra en la abundante remisión de citas y lecturas filosóficas, teológicas y literarias de autores como Hölderlin, Immanuel Kant, Hegel, Schelling, san Pablo, Knut Hamsum, Kafka, Adalbert Stifter y Thomas Mann entre otros muchos. De forma expresa, Heidegger confiesa que desea “tener cura (Sorge) de que nada en ti se rompa”. Este cuidado del amado se intensifica al recibir de Arendt un texto autobiográfico, titulado Sombras, en donde se trasluce la fragilidad de la joven y un profundo poso melancólico, de esa bilis negra que, según Aristóteles, sólo las almas extraordinarias poseen. A partir de ese momento, el cuidado se centra en la labor de despejar las dobleces anímicas de la discípula, sin olvidar, en esa interpretación de la luz tan heideggeriana, que “Sólo hay ‘sombras’ donde brilla el sol”. A los continuos saludos y despedidas bajo el imperativo de “alégrese”, se suma la observación, casi fenomenológica, del objeto amado, captando los detalles que indiquen el paso de las sombras a la luz: “Tienes otra expresión en la cara –ya lo noté en la clase– y me quedé de una pieza por el asombro”. Y, así, el amor transformador que el maestro ejercita en la discípula aspira a desvelar el verdadero ser, el que se manifiesta en la plenitud de su acto según la interpretación de san Agustín: “Amo significa volo, ut sis, dice san Agustín en un momento: te amo – quiero que seas lo que eres”. Puede que, por esta experiencia en la propia persona, Arendt acabe escribiendo su tesis doctoral sobre el concepto del amor en el obispo de Hipona. Ocurrió, sin embargo, que al cuidado del otro se le antepuso el cuidado a sí mismo (Selbstsorge) y, a la pasión erótica, la intelectual. Como un “talador en el bosque alpino”, Heidegger huye en numerosas ocasiones a las montañas en busca de calma e inspiración, persiguiendo esos golpes lejanos de un pensamiento que se abre camino entre los claros. A la amada abandonada le pide, tan sólo, que tenga paciencia: “Te he olvidado – no por indiferencia ni porque se hubieran inmiscuido ciertas circunstancias externas, sino porque debía olvidarte y te olvidaré cada vez que tome el camino del trabajo último y concentrado. No es cosa de días u horas, sino un proceso que se prepara durante semanas y meses y luego remite”. Con gran seguridad fue la pérdida de esa paz interior que requiere toda espera la causa que impulsó a Arendt a alejarse del maestro para continuar sus estudios, primero en Friburgo con Edmund Husserl y más tarde en Heidelberg con Karl Jaspers. De las muchas cartas que componen el epistolario de Arendt y Heidegger, hay una que no encontramos, aunque sea la más buscada. Y es aquella en la que ella le pregunta a él sobre su pretendida filiación con el nacionalsocialismo. Sí está, sin embargo, la respuesta ambigua que éste le ofrece, negando en un principio lo que acaba confirmándose como un evidente caso de antisemitismo intelectual:

"Para aclarar mi actitud frente a los judíos, bastan los siguientes hechos. […] Quien puede venir a verme mensualmente para informar de un trabajo importante en curso (que no es ni el proyecto de una tesis ni de una habilitación), es otro judío. Quien hace unas semanas me envió un extenso trabajo para que lo revisara con urgencia, es judío. Los dos becarios de la comunidad de asistencia cuyo nombramiento conseguí en los últimos tres semestres son judíos. Quien recibe a través de mí una beca para Roma, es un judío. Quien quiera llamarlo “antisemitismo furibundo”, que lo haga. Por lo demás soy hoy en día tan antisemita en cuestiones universitarias como lo era hace diez años y en Marburgo, donde incluso conté para este antisemitismo con el apoyo de Jacobsthal y Friedländer. Esto no tiene nada que ver con las relaciones personales con judíos (por ejemplo, Husserl, Misch, Cassirer y otros). Y menos aún puede afectar a la relación contigo"

La lectura de unas cartas que, de haber sido escritas por otras personas, servirían, tan sólo, de testigo de una historia de amor, se han convertido con el paso del tiempo en una cuestión de entendimiento. En ellas, sin embargo, no se revela nada al lector curioso. Nada se dice de ese perdón que insinúa Hans Jonas en sus Memorias en respuesta a cómo era posible que alguien como Arendt retomara de forma incondicional la relación con Heidegger, a quien llegó a considerar un “asesino en potencia” por firmar en calidad de rector el documento que impedía el acceso de Husserl a la Universidad de Friburgo. No obstante, aunque no se mencione de forma expresa, se puede intuir en cada una de las líneas escritas por Arendt a partir de 1950 la presencia de ese “corazón comprensivo” que en Ensayos de comprensión se define como el requisito imprescindible para reconciliarse con una realidad que a primera vista parece inaceptable. Esta reconciliación no permite la ocultación o la remisión de la falta, sino que, simplemente, crea el marco adecuado para hacer las paces con las cosas “tal y como son”. La causa no fue, como supuso Hans Jonas, el amor al maestro. Fue, sobre todo, el amor al mundo.


Fuente:

https://elvuelodelalechuza.com/2021/06/16/la-correspondencia-entre-hannah-arendt-y-martin-heidegger/

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