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La amenaza de los hombres-planeta



Óscar Sánchez Vadillo



La velocidad de escape es la velocidad en la que un cuerpo vence la atracción gravitatoria de otro cuerpo, como (…) una nave espacial cuando abandona la Tierra. La (...) cibercultura, parece cada vez más cerca de (…) esa velocidad de escape.

Paul Virilio (1997b, p. 13)



La felicidad es analógica.

Guillermo Fesser




¡Atención, atención! A petición de nuestro invitado de hoy, el filósofo francés ya fallecido Paul Virilio, se ruega desconecten sus móviles, módems e incluso redes telefónicas durante el transcurso de esta lectura. Así mismo, cancelen sus billetes de avión o de tren de alta velocidad, pero sin darse tampoco demasiadas prisas -ya que, por lo visto, el reloj también conspira en nuestra contra, según Virilio. En efecto: fuimos ya informados por dicho vaticinador profesional de que sobre nosotros se cierne la amenaza de transformarnos inadvertidamente en miembros de la nueva raza de los “hombres-planeta”, tan anhelada antaño, sin embargo, por los ilustrados del siglo dieciocho o por los estoicos griegos y romanos. Conforme predicaba Virilio, no resulta finalmente tan bella y fraterna esa condición como nos la pintaban, al menos cuando se ven involucradas en tal proceso de planetización del hombre las más revolucionarias tecnologías desarrolladas con el nuevo milenio (con que luego, cuando sea demasiado tarde, no se diga que no estábamos avisados…)

Ciertas interpretaciones contemporáneas de la filosofía tienden cada vez más a entender esta no como una acumulación de certidumbres al uso de las ciencias experimentales ni como una explicación del mundo-en-torno a la manera de las sociologías o las antropologías corrientes, sino, paradójicamente, como una especie de peculiar medio de transporte. La filosofía sería, de esta manera, algo así como el vehículo intelectivo capaz de conducirnos aquí o allá entre las múltiples regiones donde, real o aparentemente, se aglutine pensamiento -o, por el contrario, donde asole fehacientemente una desertificación de la inteligencia-, elaborando a su paso su propio mapa de ruta del trayecto sin llegar jamás a identificarse con ningún diseño definitivo del mismo, y siempre en trato directo con un territorio ambiguo en el que, sin embargo, nunca termina definitivamente de echar raíces (y, menos, comprometerse con una descripción unitaria del mismo). Este nuevo papel “viajero” a jugar por la filosofía, esta posibilidad de futuro que -por ejemplo- el filósofo Gilles Deleuze denominó “rizoma” o “pensamiento nómada”, y que Virilio calificaba más sencillamente de trayectivo, no llega para este último a consolidarse como tal precisamente por la autodefinición que Virilio ofrece de sí mismo como “urbanista”. Pues lo urbano es para él precisamente aquel lugar donde cesan los viajes y triunfan con ello las interpretaciones unitarias del mundo, por más que sea completamente consciente de que semejante situación es hoy día o bien no más que un sueño caduco, o bien un mero vestigio de un pasado aún prestigioso. Todo en nuestro tiempo (economía, política, cultura, técnicas...) parece obrar en contra de ello, es decir, en contra del ideal comunitario que parece encarnar para Virilio, quizá ingenuamente, la ciudad. Por eso sus críticas están marcadas tanto por la fascinación por la fisionomía cibernética del nuevo mundo globalizado como por el profundo signo de una negatividad desalentadora. Crítica, en primer lugar, a la “dromocrática” (dromos es carrera es griego): Cuando se dice: <Ya no hay frontera>, quiere decir que se ha enmascarado la nueva frontera. Y creo que las nuevas fronteras están ligadas al empleo del tiempo más que al empleo del espacio. Y críticas, más en general, a la “cronopolítica”: El sondeo demoscópico es la elección del mañana, es la democracia virtual para una ciudad virtual.

El hombre-planeta es, para Virilio, ese hombre -o mujer, se entiende- conectado a la red que tiene la capacidad, al menos potencial, de ser ubicuo, pues puede tener acceso a la información de todo el globo (excepto en países que se arrogan el derecho a “capar” Internet, como China o Afganistán). Pero eso, en vez de expandir horizontes, los constriñe: Hombre-planeta a la deriva en el éter cibernético, el internauta experimentará entonces (…) el insoportable confinamiento de su hábitat -Ciudad pánico. Lo cual, sigue Virilio, desmaterializa, irrealiza el suelo de lo que la Fenomenología denominaba -y Virilio se declaraba fenomenólogo además de urbanista- el Lebenswelt, el “mundo de la vida”: Hemos pasado del crepúsculo de los dioses al “crepúsculo de los lugares” (…) Estamos “en” el mundo. No somos espíritus puros (…). Está desapareciendo una cierta relación con los lugares y con lo real que se está disolviendo, que se está volviendo evanescente (…) La contaminación del tamaño natural, la contaminación de las proporciones, no es más que la contaminación de la relación con el mundo -de nuevo en Ciudad Pánico.
Este temor, esta angustia ante lo que para muchos, no únicamente filósofos, se presiente como un abrirse una suerte de sima bajo nuestros pies (o un “caer el Cielo sobre nuestras cabezas”, como en los álbumes de Astérix el galo) es el mismo que subyace bajo fenómenos como el auge de las distopías, el desencanto por el futuro, la inacción contra el calentamiento climático o el retorno de lo reprimido en la forma de fe en el viejo Dios del monoteísmo, sea en la obra más o menos divulgarizadora de Byung-Chul Han, sea en el reforzamiento de la religión tanto de Trump como de Putin, o sea en la actual moda de pop teofánico en Rosalía o en La oreja de Van Gogh -Knock Knock Knocking on Heaven´s Door... Pero, en mi opinión, se deben recordar dos cosas imporantes. La primera es que el regreso de Dios es también el regreso del refugio en el autoritarismo, eso que Erich Fromm bautizó como “miedo a la libertad”, pues resulta obvio que el Empíreo celeste no es precisamente una democracia, sino una monarquía absoluta. Y la segunda consiste en notar que si los hombres, al menos en Occidente, echan mano de el avatar más cool de Dios que les presente su imaginación es porque, desgraciadamente, y por muchos motivos, ya no se ven capaces de creer en las dotes creadoras y benéficas del propio ser humano. Virilio, tanto como Han o como antes Lipovetsky o como Houllebecq en la narrativa, son ese tipo de intelectuales contemporáneos que alertan de los cambios con intención crítica, pero que quizá no se percaten del todo del camino -por aquello del pensamiento como medio de transporte...- a que nos puede conducir sus razonadas aprensiones….

 
 
 
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