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Isaac Asimov y las superproducciones de Hollywood


«Algunos crímenes que nos han hecho malditos hemos debido de cometer para que hayamos perdido toda la poesía del universo»


Óscar Sánchez Vadillo


A los 30 años de la muerte de Isaac Asimov (por un fallo multiorgánico debido a la infección del SIDA contraída en una transfusión, nos hemos enterado mucho después, que ya es mala suerte, el hombre…), no solo echo de menos sus amenísimas narraciones cuajadas de magníficas y entrañables «velocidades sub-lumínicas», «cañones de protones» y «cerebros positrónicos», también siento cierta nostalgia del código deontológico que las hacía posibles. Asimov era, en efecto, como Zaratustra, al menos en el punto de que entendía que la libertad consiste esencialmente en bailar encadenado. Él imaginaba con una gran libertad (se considera, por ejemplo, Anochecer nada menos que como el mejor cuento de ciencia ficción de la historia de la humanidad, con lo que yo desgraciadamente no puedo estar de acuerdo), pero siempre con la autoexigencia de hacerlo bajo el rigor impuesto por los límites de la ciencia de su tiempo. Por eso Asimov escribía tanto, porque por un lado compartía sus conocimientos de ciencia teórica y por otro los convertía en literatura. Ahora, sin embargo, creo que se ha perdido mucho de esa seriedad en las grandes producciones de ciencia ficción que alcanzan a un público milmillonario, empezando por la saga de Star Wars. Hay quien ha comparado, y es ingenioso, la Fuerza de esta película con el Campo de Higgs, pero luego se pierde la ocasión de enseñar algo de ciencia a los espectadores haciendo que la Fuerza sea una especie de carga viral en sangre (La amenaza fantasma no incluiría ese elemento a día de hoy) dependiente de algo tan de anuncio de detergente como los «midiclorianos»…

Pero hay otro asunto en que esta saga ha perdido una oportunidad de oro, y es el de no falsear los datos que ya conocemos como si George Lucas hubiese concebido su visión antes incluso del nacimiento de Giordano Bruno. Me di cuenta un día, visitando el Planetario de Madrid con mis alumnos más pequeños. Según les iban mostrando el enorme tamaño del universo visible (por supuesto, la mitad de ellos se durmió, pese a los efectos especiales de la cúpula del planetario: maldición eterna a los videojuegos, la televisión, Instagram y el Whatsapp y ciertos youtubers…), me acordé del último cara/cadáver que hace de malo en Star Wars (es tan tópico que ni me acuerdo del nombre), aquel que pretende nada menos que «controlar la galaxia». ¿Sabe alguien que haya colaborado en estas producciones carísimas y devoradas globalmente lo que es realmente una galaxia? El malo quiere controlarla como se controla el patio de tu casa, o como Al Capone controlaba los tugurios de Chicago, como mucho. No digo, claro, que Star Wars tenga que ser un documental de Carl Sagan, que tampoco eran para tanto y había mucha cursilería, lo que digo es podría haber sido una narración tan responsable al menos como las de Isaac Asimov (por ejemplo, esta), de modo que resultara entretenida o apasionante sin traicionar la información actualizada elemental. Las dimensiones de una galaxia son tales que no la dominarían ni abarcarían dos trillones de Darth Vader, emperadores o cara/cadáver de esos juntos. Es cierto que una galaxia, luego, es pequeñísima en comparación con la agrupación de cúmulos Laniakea, el nombre hawaiano que se dio hace algunos años a este rincón del universo en que estamos perdidos (significa «Cielos Inconmensurables», nombre hermosísimo para una realidad en principio aterradora). Pero no creo que nadie en Star Wars esté pensando en esos términos, en esas proporciones absolutamente desproporcionadas. No les importa nada y basta. Luke muere porque, mediante la Fuerza, ha trasladado su cuerpo astral al otro lado de la galaxia, chúpate esa. En la película, eso está como a la distancia de la vecina del edificio de enfrente a la que ves bailar por las noches. Efectivamente, Luke estaba ya viejo para esos locos saltos del deseo…

Pero todavía peor, mucho peor, si cabe, es lo que sucede en las dos últimas de los Vengadores. Thanos chasquea los dedos y se carga a la mitad de la población del universo. Hala. Aquí ya se pasan a la inmensidad, mucho más allá de la pobrecita Laniakea, por el forro de las sagradas gónadas del divino Stan Lee. Si los espectadores de los Vengadores dejasen de atiborrarse de palomitas o de admirar a la Viuda Negra, se darían cuenta de que la palabra «genocida» ha dejado después de esa escena de tener sentido en cualquier lenguaje humano. Llamar «genocida» a Thanos sería como decir que Hitler, Stalin o Milosevic incordiaban un pelín a la gente[1]. Y el motivo que se aporta en el argumento para semejante holocausto descomunal es que hay superpoblación ¡en el universo!, de manera que se debe volver al equilibrio cósmico (¿?), o algo así. Es decir, que no hay motivo, que el motivo es ridículo pero el crimen sin embargo está más allá de toda imaginación. Espantoso, y se supone que es una película infantil/juvenil. Tony Stark se sacrifica por una cantidad de seres sencillamente incalculable, inconcebible. Cristo a su lado es un puñetero aprendiz, y encima pobre de solemnidad (muy norteamericana la idea del multimillonario filántropo: Iron man y Batman, Bill Gates y George Soros…). ¿Y cómo hace Thanos para perpetrar semejante barbaridad, frente a la cual los cientos de crucificados del final de Espartaco, por ejemplo (Kubrick, por cierto, sí fue riguroso científicamente en el diseño de la nave giratoria de 2001: una odisea del espacio) no son más que irrisorios midiclorianos? Pues no desviando recursos para construir una enorme y lenta industria de la muerte, como el régimen nazi, sino chasqueando los dedos. ¡Chasqueando los dedos! Lo malo no es que Asimov se hubiera escondido bajo la butaca del cine por vergüenza ajena, lo malo es que esta es, sin duda, la metáfora perfecta del poder nuclear. Thanos chasquea los dedos como Truman pulsó el botón nuclear: el gesto mínimo necesario que un cuerpo humano puede realizar es ya capaz de producir una masacre bestial en un milisegundo. Ya sé que nadie se escandaliza por nada, o al menos por nada no sexual, pero juro que a mí me escandaliza sinceramente que la gente tenga asumido que ese es nuestro destino, que un chasquido de dedos va a acabar con todos nosotros y con todo lo que hemos construido desde el hacha de sílex hasta el colisionador de hadrones.

Lo que quiero decir es que es verdad que son películas para niños, pero que no debieran serlo en absoluto. Toda la familia va a verlas, así que pienso también habría que meter algo de imaginación, trama y madurez a la altura de los mayores de 11 años, y conste que a mí me gustan bastante. Pero creo que no se puede meter en la cabeza de la gente como de rondón que valemos tan poco que cualquier día seremos exterminados multitudinariamente sin esfuerzo, sin consecuencias y apenas sin pretexto. Mis alumnos de aquel día en el Planetario tenían 12 años, pero tal como nuestra cultura audiovisual les educa, lo normal parece ser el que les cuenten verdades sencillamente alucinantes con medios efectistas y caros en la cúpula del observatorio del Planetario de Madrid y como no salen ni el cara/cadáver de Star Wars, ni el Guantelete del infinito de Thanos, ni el robot hipergigante de Mazinger Z Infinity, el resultado sea que se nos duerman, mientras que si les contamos mentiras hiperbólicas en las producciones de Hollywood más taquilleras de todos los tiempos asuman con naturalidad la muerte del universo («un universo de muerte», que versificaba John Milton…). Permitidme colocarme un poco en mi ya carrozona edad al exclamar con los brazos invocando al cielo: ¡¡Y a estos chicos son precisamente a los que les dejamos en herencia cambiar radicalmente el mundo en poquísimo tiempo para frenar el calentamiento global!!

Que Laniakea nos coja confesados…

[1] Pero ya un siglo antes se habían concebido desmesuras semejantes. En 1913 (tiempo después, por tanto, de las grandes novelas pioneras de la ciencia ficción del gran H.G. Wells), Sir Arthur Conan Doyle, cansado de dar vida al Detective por excelencia, había planteado en El cielo envenenado la muerte súbita de toda la humanidad, y pintado con su pluma una Londres convertida en una enorme morgue al aire libre, tan sólo para entretener a sus lectores, dar alguna que otra lección de ciencia y sobre todo mostrar al mundo de lo que es capaz la flema británica de sus personajes…

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