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Homo pantalicus

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Óscar Sánchez Vadillo



Welcome, my son, welcome to the machine

Where have you been? 

Pink Floyd, Wish you were here


Una conclusión es el lugar donde te cansaste de pensar.

Stephen Wright


Es muy bueno ese meme -también está impreso en camisas- en que se ve el recorrido en fila india de la especie humana desde el homo sapiens, e incluso antes, hasta erguirse, llevar traje y corbata y luego en la coronación más sublime de su perfección como amo de la Creación volver a encogerse para rendir pleitesía a una computadora en la que está sumido tecleando. Eso es, en efecto, lo que somos hoy, y en lo que, me temo, van a emplear su vida nuestros hijos y nietos, con suerte o sin suerte, porque hasta el trabajo más físico del mundo, como ser policía, requiere contrastar datos y redactar un informe o atestado después. “¡Homo pantalicus!”: el ser humano atado a mil pantallas, como la bruja de Blancanieves, a las que interroga e interrogará sin descanso (aunque ya se lo darán hecho las “notificaciones” de su espejo) si él es, o no, el más bello de su particular cámara de eco... ¿A quién puede realmente gustarle eso, cuando hasta el Neo de The Matrix abandonaba gustoso la pantalla del cubículo nutricio de su empresa para ser el héroe karateka de Matrix, el hombre que te miraba desde sus gafas tintadas para retarte a partirse la cara en nombre de la emancipación de la Humanidad? -sin embargo, para esa vida de acción ni Neo ni sus cómplices renunciaban a aprender artes marciales por medios poco o nada analógicos…

Ha sido un largo y esforzado camino desde el Homo erectus o australopitecus hasta el Homo pantalicus, y en mi opinión un camino de autosuperación y éxito. Quién desee volver a la prehistoria para recuperar el contacto con la naturaleza que nos explique cómo pretende llegar a viejo sin antibióticos o simplemente sin saber que hay que lavarse los dientes. Sin embargo, muchos recelamos de este nuevo modo de vida, sobre todo los padres que nacimos antes del descomunal viraje de la digitalización y que tememos por nuestros hijos, que parecen rezarle al dispositivo móvil iluminado como un misal (otro gran meme era aquel de una exposición futura de retratos en el que todos los retratados miran hacia abajo…)1, pero al mismo tiempo albergamos la sospecha de estar siendo neoluditas, como aquellas gentes del pasado no tan lejano que pensaban que viajar en tren a más de 30 kilómetros por hora nos iba a parar el corazón -desconocedores, antes que nada, del funcionamiento de los sistemas inerciales-, o aquellos otros que temían a la electricidad como al demonio, como muestra este cartel de 1889: (en adjunto)


A mí tampoco me seduce lo más mínimo el pantallismo, porque no es el mundo en que me crie. Pero me parecería altamente sospechoso si además calificara mi juventud de genuina, de vida auténtica, de equilibrio perfecto entre mente y cuerpo, naturaleza y ciudad, mientras que encuentro la juventud de de mis hijos distorsionada, malograda y “putrefacta”, como decían los surrealistas. Se puede asegurar sin sombra de duda que toda generación entrada en años ha pensado exactamente lo mismo de la generación siguiente, desde que Hesíodo habló de la Edad de Oro, siempre pretérita, y la Edad de Plomo, siempre actual. De hecho, el error en que cae el antipantallismo actual de la gente del Primer Mundo ya talludita es que ese mismo modo de ver -veremos si de argumentar...- se puede retrotraer infinitamente, y entonces toda racionalidad queda abolida, como ya censuraban las Cinco Vías para la demostración de Dios de Tomás de Aquino. Porque si yo afirmo que estamos alienando a los chavales al sacarles de la calle para endiñarles las nuevas tecnologías, también se podría decir que sus padres, en los ochenta, estábamos alienados con la televisión, habiendo perdido toda noción del trabajo artesanal de nuestros propios padres. Así mismo, mis padres, por fortuna, lo ignoraron todo de servir a tu sagrada nación en la guerra, que fue la experiencia más inmediata y abrasiva de nuestros abuelos. Por su parte, mis abuelos, con tanta puñetera guerra, sin duda vivieron engañados con respecto a los felices ´20, donde todo fue fiesta, alivio y literatura. Pero es que, en un giro mayor, los niñatillos del alcohol y las vanguardias de los ´20 vivían en la completa ignorancia de la fe en el progreso humano de sus padres, esos que antecedieron, y tal vez ocasionaron, la Gran Guerra... No es necesario extenderse más; quiero decir que, bajo está lógica, hasta Adán vivió en el exilio de la verdadera condición humana, o nunca se le hubiera ocurrido morder la manzana prohibida (que era, por cierto, un higo antes de la Vulgata) para tratar de prosperar en su situación vital -”y seréis como dioses..”, le prometió la serpiente (Genesis 3:5), y no se puede olvidar que el árbol del que colgaba el fruto, una higuera, era precisamente el Árbol del Conocimiento...

El ser humano es un animal pionero, homo viator como decía Ortega y Gasset. Nos es completamente imposible instalarnos en un modo de vida, por idílico que sea (personalmente siempre imagino la Comarca de los hobbits, muy campiña inglesa y algo cannábico), y permanecer así para siempre. Tal vez en comunidades indígenas, de las que vamos a tener que aprender mucho en adelante, eso pueda haber ocurrido durante siglos o milenios, pero resulta obvio que a día de hoy ya no son más que diminutos guettos2. Y coge tú a un indígena perteneciente a una tribu realmente asilada y ponle en la mano no ya una tablet o un arma, sino una mera revista de moda con fotos a todo color, que es inofensiva. Sin duda primero te hunde el cráneo con el hacha de sílex, por hechicero, pero a continuación la guardará como un secreto y buscará de dónde ha salido eso, cuál es el “Wakanda” donde se fabrican tales prodigios. Las pantallas, grosso modo, producen sin duda adicción, pero también un cinéfilo es adicto al cine o un gastrónomo a la buena comida y nadie les mete a terapia. El problema de un adolescente adicto a los videojuegos no son los videojuegos como tales, es que los utilice a modo de refugio para descargar su agresividad, su afán de competitividad y para huir de su fracaso en el mundo real -que muchos ya denominan “presencial”. Y el problema de un adulto adicto a las aplicaciones de buscar pareja no es la aplicación como tal, que en realidad funciona igual que antes las discotecas o los “guateques”, y antes de antes, las puestas de largo o los bailes de salón, el problema es que escoja “churri” como se escoge algo en un escaparate: por motivos de marca o diseño y con objeto de consumirlo inmediatamente. Es altamente simbólico que Henry Ford, el Elon Musk de hace un siglo -también era filonazi, y a Adolf le encantó el fordismo-, concibiera la moderna cadena de montaje en un matadero de caballos, porque en ese mundo al que Ford iba a infestar de automóviles ya no tenía cabida alguna el caballo como medio de transporte. En nuestro tiempo sucede lo mismo: no se puede negar que tal vez al libro, por ejemplo, le aguarde el mismo destino que a la cabina telefónica, pero también es cierto que muchos melómanos han vuelto al vinilo… Para colmo, tampoco resulta del todo creíble la santidad del libro frente a la profanidad del videojuego. Primero porque hay videojuegos muy complejos capaces de enseñarte la gestión3 económica de una megalópolis actual mejor que la carrera de Economía y mejor que el pobre Francis Ford Coppola. Y luego porque Alonso Quijano se volvió tarumba por los libros, Hitler escribió un libro, Los protocolos de los sabios de Sion es un libro y, por parar en algún sitio, El guardián entre el centeno inspiró -y nadie nunca entenderemos por qué-, el asesinato de John Lennon, un atentado a Ronald Reagan y que un tipo disparase al corazón de la actriz Rebecca Schaeffer cuando esta tenía tan sólo 21 años -y por eso, claro, apenas se la recuerda.

¿Dependemos más hoy de las llamadas “nuevas tecnologías” de lo que nuestros antepasados dependían de, pongamos, los mesopotámicos del arado, los grecolatinos de la esclavitud, los medievales de la espuela (sin espuela es mucho más difícil soltar un mandoble cabalgando), los renacentistas de las gafas, los modernos de los telescopios (para la astronomía y para el comercio), y desde el s. XIX avanzado nosotros de la electricidad? Yo creo que no. No es posible, pero sobre todo es que no es ni siquiera deseable pretender controlar el futuro. Es más: quererlo y pretenderlo produce mucha más ansiedad y neurosis que no hacerlo. Lo que sí se puede hacer es, como decimos mucho hoy, “acompañarlo”, acompañar al futuro y con él a nuestros hijos. Si están necesitados de reconocimiento, que este no venga dado únicamente por Instagram (ni por los psicólogos, esos “médicos del alma”, que diría Nietzsche). Si recurren continuamente al ChatGPT para sus estudios, que entiendan perfectamente que ese bicho es sólo fuerza bruta, como una calculadora o el propio caballo, y por consiguiente completamente más burdo que cualquier congénere medianamente instruido. Y que sepan distinguir perfectamente entre ese mundo que llegan a conocer a través de las pantallas -es estupendo que una chavala de Afganistán se entere de que otra chavala de Francia se puede ir de Erasmus, aunque más le vale callárselo4-, y ese otro mundo qué él mismo, ese mundo, es sólo y exclusivamente pantalla -el Mario Bros, los juegos de apuestas, la Realidad Aumentada... Es la guerra de la siguiente generación, tienen que librarla ellos sin perder el alma en el camino, preparémoslos como mejor sepamos y confiemos en ellos, porque no nos queda otra5.… Al fin y al cabo, nada impide volver a los caballos, a los libros o a los vinilos, puesto que, por ejemplo, hasta la fabricación de los coches eléctricos, y la generación misma de la electricidad que los alimenta, emite gran cantidad de CO2, y, al fin y al cabo de nueva, esta guerra será siempre menos cruenta que esa otra tan analógica, física, presencial y mundana que tanto agrada a Vladímir Putin o a Benjamín Netanyahu6...

Además, es que esto a lo que asistimos ahora no es nada. En pocos años un sensor biométrico avisará de que esa noche que te has pasado de alcohol y o de drogas a un servicio de recogida en un vehículo autónomo que te llevará a tu casa no sin antes administrarte unos pinchazos de vitamina B, todo pagado por tu seguro privado; un portero autómata te trasportará desde el portal de tu bloque a tu dormitorio y tal vez elaborará un informe de daños para que leas al día siguiente, junto con un pronóstico generado por una IA de cómo puedes recuperar el dinero gastado, etc. Más nos vale ir quedándonos con lo mejor de cada mundo. Reflexionaba Ángel L. Fernández Recuero en Jotdow7:



La pregunta clave es: ¿cómo podemos articular esta resistencia? No se trata de desconectarse de las plataformas, aunque esa sea una opción válida. La contralgoritmia exige una reconfiguración profunda de nuestras prioridades culturales. Requiere apostar por modelos de sostenibilidad económica que no dependan exclusivamente del tráfico digital. Requiere educar a las audiencias para que valoren el contenido que trasciende la lógica del clic. Requiere, en definitiva, recuperar la capacidad de imaginar un mundo donde la cultura no esté al servicio de las máquinas. La contralgoritmia no busca regresar a un pasado idílico conformado por neoluditas, porque este nunca existió. Más bien, plantea una alternativa al presente: una cultura que priorice la calidad sobre la cantidad, lo genuino sobre la viralidad y la profundidad sobre la inmediatez. En un mundo donde las métricas son el nuevo opio del pueblo, decir “no” al algoritmo es el gesto más revolucionario que nos queda.


1 U otro en que una legión de androides desafían a los humanos al grito de “¡venimos a reemplazaros!”, y en la escena siguiente los vemos a todos embebidos e hipnotizados por nuestros móviles.

3 Aunque no es en absoluto incorrecta, me escama mucho esa colonización del verbo “gestionar” en todas partes, también para “saber gestionar las emociones”...

5 Y lo digo yo que hace un tiempo escribí esto: https://www.filosofiaenlacalle.com/post/querido-mundo-tonto 

6 A propósito de ello, es histriónico y sumamente revelador que Trump se declare ultraliberal pero saque la Guardia Nacional a la calle, o que Milei haya creado un protocolo para reprimir las manifestaciones, en ambos casos para mejor salvaguardar la libertad del ciudadano de la inicua intromisión del Estado…


 
 
 

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