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HISTORIA DE UNA CARTA INHUMANA E INOPORTUNA




Hace unos días publiqué en EL PAÍS (21 de julio del 2021) una Carta al director relativa al encarcelamiento del Gran Maestro hispanocubano Arián González. Era la primera vez que tomaba una iniciativa de este estilo y agradezco a EL PAÍS que la encontrara oportuna. Arián González fue liberado hace unos días por las autoridades cubanas. Se le ha puesto una multa de apenas setenta euros, no obstante pasar unos diez días en la cárcel. Supongo que el hecho de que tuviera doble nacionalidad, lo que en principio fue un inconveniente, se ha vuelto sin embargo a su favor. La viralidad del caso ha remado asimismo en la dirección correcta. Hasta aquí, todo perfecto.

Aparición en la Sexta

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Con todo, me gustaría comentar algunas cosas de interés más general, por si mueve a reflexión. Tienen que ver con la incomprensión generalizada que la dichosa carta suscitó. Naturalmente, muchos lectores se dieron cuenta inmediatamente de la retranca que tenía que un padre solicitara ayuda para resolver ciertas dudas sobre unas peregrinas variantes de la defensa india de rey, las cuales solo podrían ser solventadas por el Gran Maestro Arián González, dado que era el profesor de ajedrez telemático del hijo del preocupado padre. Así las cosas, solicitaba que entre interrogatorio e interrogatorio se le hicieran llegar al ajedrecista, por el medio que fuera, esas dudas, pues no supondrían ningún tipo de menoscabo para las relaciones internacionales de España con Cuba ni peligro alguno para el régimen.

Evidentemente, no hice caso de lo que Savater recomienda: evitar ser irónico en los medios periodísticos; siempre hay gente dispuestísima a entender las cosas de manera recta y no oblicua. Desobedecí tal recomendación porque la carta desprendía más bien sarcasmo, pero nada. Sé que Jonathan Swift me hubiera apoyado, pero murió hace tiempo. Los biempensantes del mundo recriminaron mi proceder tachándome (¡sic!) de inhumano (preocuparse por el ajedrez en vez de por el preso, ¡qué barbaridad!), inoportuno (aquello podría enconar más las cosas, ¡como si la dictadura del proletariado pudiera ser influida por esa fruslería!) y, resic, desconocer que las comunicaciones con la isla son muy deficientes. Otras calificaciones, como delirante o grotesca, tienen menos importancia. Pero la cosa no acabó ahí. Para más inri, La Sexta, tras leer la carta, se vino hasta Marmolejo (Jaén). Parece que el lado humano de la historia les había enternecido. El pobre reportero avasallándome con preguntas que explotaran esa dimensión hasta que le obligué a leer la carta. Sin embargo, el periodismo tiene una lógica propia. En resumen, que aparecí en los informativos de manera ridícula, como pobre papaíto preocupado por las clases de ajedrez de su hijo (que dejó de hablarme a partir de ese momento, con toda la razón del mundo). Decidí no volver a enchufar el televisor durante una buena temporada. En fin, un photocall, como defiende José Antonio de la Rubia en un libro reciente, es decir, una sombra proyectada que adquiere dimensión de verdad con independencia de aquello a lo que pudiera remitir, absolutamente prescindible. Y, sin embargo, la cosa tampoco acabó ahí.

Tras la liberación de Arián González, vuelta a lo mismo. La Sexta volvió a ponerse en contacto conmigo (ya no hizo falta que llamaran al ayuntamiento). Querrán que hable de mis libros, pensé para mis alabanciosos adentros. Pero, no, no era eso. Había que retomar el photocall otra vez, tan superfetatorio. La redactora (lo mejor de esa casa, por cierto) consiguó vencer mi negativa inicial (¡solo estoy para Ferreras!, creo que le dije) gracias a dos compromisos: que se disminuyera en lo posible el ridículo drama humano del niño que no puede estudiar ajedrez y que se utilizaran con precisión los términos ajedrecísticos, pues es como si llamáramos gorra a la montera del torero. Más o menos lo cumplieron (mi hijo ha vuelto a hablarme). Lo de Ferreras no pudo ser, pero pelillos a la mar.

La Sexta preparó una videoconferencia. Hablé con Arián González y le recordé una distinción que, como abogado, debe haber estudiado: no es lo mismo un Estado de Derecho que un Estado con Derecho. Le rogué que no se metiera en más líos, pues no pensaba escribir carta ninguna más. Se rio. La verdad, prefiero perderme en las variantes de la defensa india de rey. No por nada, sino porque tiendo a pensar ingenuamente que el ajedrez es como un ladrillo refractario para la estupidez.


Francisco J. Fernández

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