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Hermana Abeja



Óscar Sánchez Vadillo


En un país multicolor…

Waldemar Bonsels



Es como un milagro pero sin el “como”. El insectillo zumbante se posa en la flor para libar néctar, pero resulta que todo su cuerpo viene cargado de electricidad estática (todos la hemos sentido alguna vez en nuestras carnes, sobre todo de niños…), como resultado de tanto volar, así que se impregna todo él o toda ella entero o entera de polen, y cuando vuela felizmente a otra flor para seguir recaudando oro, fecunda a las plantas hembras con las plantas machos, y así es como pone, tal vez sin pretenderlo pero en la única actividad animal que es a la vez ocio y negocio, el primer ladrillo de la cadena trófica de la vida multiforme de la Tierra. Es lo que yo llamo, emulando el cuentecillo de Jorge Luís Borges, el “Argumento Apicológico de la Existencia de Gaia”. Porque, en efecto, la conocida como Hipótesis Gaia trataba de eso, de lo que el viejo Anaxágoras decía cuando afirmaba que “todo conspira con todo”, y que James Lovelock ejemplificaba como quién dice anteayer mediante las margaritas, pero que se ve mejor, en mi opinión, con la asombrosa sintonía entre abejas, colibrís y otros polinizadores con toda la gama, divinamente variada y hermosa, de las flores. Las flores son tan bellas y huelen tan bien porque tienen novios y novias. Sus novias, por su parte, viven poco, sí, pero es un lapso transido de puro enamoramiento. Entre unas y otras, desposadas ceremonialmente por Gaia, hacen posible la vida en la Tierra, así, sin más, con la ayuda del Sol, ese ojo que jamás parpadea. No es Alá, no es Yahweh, no son los Vengadores ni es el Carbono, el ADN, la Explosión Cámbrica o Internet, son las humildes y numerosas abejas, sobre todo, las que danzando entre las flores, y las mismas flores tentando abiertamente y con descaro a las abejas, como en un cabaret colorido, eterno y al aire libre, consiguen cotidianamente que funcionen nuestros cuerpos, el rocanrol, las finanzas, Yahweh, los Vengadores y la Explosión Cámbrica. Sin embargo, en los últimos veinte años la población de insectos en el planeta se ha reducido un 85 por ciento, y en el COP28 de Dubái, bochornosa cumbre del clima que finaliza esos días, todos los asistentes lo saben ya, a la vez que todos miran para otro lado. Y no se entiende bien por qué, visto que el prodigio de la polinización es un millón de veces más embriagador y fascinante que miles de mosquitos metálicos haciendo fracking (Dark Mills of Evil, escribía William Blake) en la corteza terrestre en beneficio de unos pocos y aburridos chupopteros humanos…

Se ha calculado, de hecho, que lo que las abejas hacen por nosotros cada año, al margen de lo que hacen por la Naturaleza en su conjunto, equivale a 265.000 millones de euros de mano de obra gratuita. ¡Gratuita!, han leído bien. Pues bien, en un giro del destino absolutamente anti-capitalista y por tanto requetesuicida dentro del marco suicida general para el cual las COP sirven de cortina de humo, nos vamos a ver en la necesidad, en los próximos años, de sustituir a las abejas por trabajadores manuales, a los que algo habrá que pagar aunque sea poco. O por drones con tamaño de abeja, como vimos en aquel capítulo de Black Mirror, y que ya están siendo diseñados por dementes en grandes universidades de Estados Unidos. Es la tónica habitual en el mundo bien entrado ya el s. XXI: si tener pareja es problemático, cómprate una muñeca hinchable. O sea, en vez de salvar a los polinizadores, camino como van de una absurda e innecesaria extinción, fabrícate otros peores, a la manera de replicantes caducos e imperfectos de la physis. Naturalmente -nunca mejor dicho-, no es lo mismo, porque las abejas, entre otras cosas, aumentan el porcentaje de oxígeno en la atmósfera y amortiguan la contaminación, y ni los polinizadores asalariados, mecánicos o robóticos que nos anuncian podrán hacer nada de eso. Pero seguimos pensando que la solución a las malas pasadas de la tecnociencia es más tecnociencia, como si para curarse de un resfriado saliésemos a la calle en pelotas. Como el problema va en alza, los expertos en ecosistemas, que no en dinero y beneficio, auguran que en tan sólo quince años la crisis ecológica por extinción de abejas va a generar una catástrofe alimentaria que, insisto, en el COP28 conocen, pero no frenan. Digo yo que esos nuestros eximios representantes deben ser todos estériles, o tener bien guarnecido un granero para sus descendientes. Las macrogranjas siguen ahí, pese a la pandemia de la Covid, y los monocultivos extensivos triunfan por doquier, pese a que generan indirectamente esas plagas que los pesticidas dicen combatir. Los polinizadores son el sueño húmedo del Tío Gilito, pero el Tío Gilito va y obra por su destrucción. Pero es que no es tampoco eso, la ilógica de esta locura supera ya la crítica a las contradicciones del capitalismo o de la estúpida carrera por el poder o la influencia. Es, sencillamente, que la Hermana Abeja, como diría San Francisco de Asís, trabaja para el mundo, infatigablemente, con diligencia infinita, y, a diferencia de las restantes clases sociales o animales explotadas, lo hace con regocijo. Decía Maurice Maeterlinck, en su maravillosa La vida de las abejas, uno de los libros más bonitos jamás escritos y que debiera ser declarado por la UNESCO patrimonio intangible de la humanidad…


Es posible que todo esto sea vano y que nuestra espiral de destellos, como la de las abejas, no brille más que para entretener las tinieblas. También es posible que un incidente enorme, procedente de fuera, de otro mundo, o de un fenómeno nuevo, dé, de pronto, un sentido definitivo a ese esfuerzo o que lo destruya definitivamente. Pero sigamos nuestra ruta como si nada anormal debiese suceder. Si supiéramos que mañana una revelación, por ejemplo, una comunicación con un planeta más antiguo y más luminoso, iba a trastornar nuestra Naturaleza, suprimir las pasiones, las leyes las verdades esenciales de nuestro ser, lo mejor sería consagrar el día de hoy a interesarnos por esas pasiones, esas leyes y por esas verdades, a concertarlas en nuestros espíritu, a permanecer fieles a nuestro destino, consistente en dominar y elevar un poco, en nosotros mismos y en torno a nosotros, las fuerzas oscuras de la vida. Es posible que nada de esto subsista en la nueva revelación, pero es imposible que los que hayan cumplido hasta el fin la misión que es, por excelencia, la misión humana, no se encuentren en un lugar destacado para acoger esa revelación; y aun cuando se les revelase que el único deber verdadero era no aprender y la resignación ante lo incomprensible, sabrían comprender mejor que los otros esa incuria y esa resignación definitiva y sacar partido de ellas.


(Cap. XVIII del Libro Séptimo, leer en abejas.pdf (mieldemalaga.com))

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