top of page
Buscar

El mito “Woody Allen”

ree

Óscar Sánchez Vadillo


Soy lo suficientemente feo y lo suficientemente

bajo como para triunfar por mí mismo.

Woody Allen




A mí nunca me ha caído del todo bien, pero dicen que es un genio en sus cosas. Es totalmente cierto, en honor a la verdad, pero es que sus cosas eran las primeras que hizo, ese humor de feíto desdichado que tan bien se le daba. Luego nos quiso hacer creer que sus personajes, a base de pico de oro, camelaban (de modo muy paternalista, por cierto) a las mujeres más bellas del mundo. A continuación, abusando un tanto de nuestra credibilidad, nos quiso convencer de que ya no hacía humor, sino que era el mismísimo Ingmar Bergman pero afincado en New York City. Y, por último, consiguió que nos tragáramos que siempre ha sido una suerte de existencialista tierno... Se debe reconocer que el tío es un ilusionista, como Trump, sólo que Trump engaña a los tontos, y él a los listos. Chapó, que dicen los franceses. “Listos” con los que coquetea no muy sutilmente sacando a Marshall McLuhann o a Saul Bellow en sus pelis, sin venir mucho a cuento. Pero se debe reconocer que es admirable: imaginen algo tan inesperado como que Ignatius Farray dentro de 30 años fuera un cineasta de culto de reconocimiento mundial: así de enorme y sorprendente es la proeza de Woody Allen. Los hermanos Coen, por ejemplo, son comediógrafos mucho más grandes y vitriólicos que Woody Allen, y sin embargo nunca gozarán ni de la mitad de su reputación...

Porque Woody Allen tiene además una enorme ventaja en ser poco agraciado, como Berto Romero aquí en España. El público masculino no compite con él, se ríe de y con él. Y el público femenino, supongo, le encuentra entrañable. Nadie, pero nadie de entre los varones heteros querríamos tener esa cara y esa actitud de alfeñique aunque en la película correspondiente Woody se acostara con Jennifer Lawrence. Porque sabemos de sobra que a Jennifer ese tío no le gusta ni puede gustarle jamás, y que la ha engañado sibilinamente de un modo u otro. No basta con fornicar, para eso no hay más que pagar de modo infamante. Enamorar, en cambio, es conseguir volver loco al otro u otra, y eso a Woody, con toda su magia, no le dura más allá de dos semanas. Tengo, podría afirmar, alumnos con mucha mayor pericia. El Puchi, por ejemplo, que es un chaval medio idiota de Segundo de Bachillerato, a sus 17 años rechazó a varias que yo me sé, y ahora se halla, el tío, con una que cruje de buena que está. Le digo a ella: “¡¡pero, chica, qué haces con el Puchi, que se pasa el día con el móvil jugando videojuegos!!”. Ella me responde, os lo juro, con toda honestidad: “Sí, cuando está conmigo también lo hace, pero le perdono porque le quiero”. Creo que Woody nunca ha tenido eso, el “toque Puchi”, pero nos quiere hacer creer que sí película tras película. Woody no juega videojuegos, lee a Juan Pablo Sartre, pero ni por esas. En verdad es verdad os digo que no veo por qué tendría yo que pagar una entrada para disfrutar de esa farsa año tras año, jroña qui jroña. Otros directores, como los citados Coen, hacen otras cosas que no se constriñen exclusivamente a exhibirse a sí mismos como tipos pese a todo exitosos. Manhattan está muy bien, pero que muy bien, pongamos pero en esa Woody Allen es el ex de una Meryl Streep bellísima, y, lo siento, pero no se lo cree ni él -no digamos ella... Mira, Woody, colega, tus mimesis de Bergman (Otra mujer, Delitos y faltas, etc…) jamás tendrán eso como recompensa, pero jamás -como en Gaza. En cambio, nuestro querido Puchi... Ese cretino del Puchi sí obtendrá el más alto de los botines, sin necesidad de saber quién es ni Woody Allen ni Ingmar Bergman ni el creador de Mario Bros…

Pero eso no es lo más patético del mito del gran y distinguido Woody


Allen, tal como yo lo veo. Lo más patético es que cuando ya estaba algo mayor para hacer de ligón impenitente contrataba a actores guapos que le copiaran ademán por ademán para sentirse en la piel de sus viejos personajes pero en plan Cyrano de Bergerac. Aquello fue ya el narcisismo supremo: John Cusack, en Balas sobre Broadway, o Leo di Caprio, en Celebrity, haciendo el papel de Woody Allen en una de Woody Allen para mayor gloria de Woody Allen. Que yo me alegro de que él lo goce tanto, pero también me pregunto… ¿Ese onanismo suyo qué tiene que ver con el verdadero cine? ¿Qué tiene que ver con John Ford, John Cassavetes, Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Paul Thomas Anderson, etc., por sólo nombrar a unos cuantos de su misma tierra? Pues nada de nada, a decir verdad, y eso que Woody Allen ha trabajado con Gena Rowlands. Desde entonces, películas superficiales, tontas, a las que la gente acude para pasar un buen rato, cuando Woody, en realidad, no es tu amigo happy flower, ese sobre el que puedes resbalar hora y media con la conciencia satisfecha de haber visto algo “profundo”, sino que es un nihilista de tomo y lomo -con Almodóvar sucede algo parecido, pero en modulación Carmen de Bizet. De vez en cuando algún Acordes y desacuerdos, pero a cambio de una docena de Wild man blues o Un final made in Hollywood. Un dato curioso: el verdadero apellido de Woody es Konisberg, como la pequeña ciudad de Immanuel Kant pero si la Umlaut. En fin, es lo mismo. Woody Allen es puro Estados Unidos, pero Estados Unidos queriendo ser la Suecia de Ingmar Bergman, como ya sucedía con John Cassavetes. No obstante, toma Sueños de un seductor (que como título es un resumen de su propia vida…), toma Coge el dinero y corre o toma Zelig, por ejemplo: es que te partes, te tronchas y te mondas….

 
 
 

Comentarios


bottom of page