top of page
Buscar

El fotón: Parménides sive Einstein


Óscar Sánchez Vadillo


La oscuridad no existe, la oscuridad

 es en realidad ausencia de luz.

Albert Einstein





Einstein era spinozista, de ahí lo de “Dios no juega a los dados con el universo”, sentencia que fraguó para oponerse a la Interpretación de Copenhague de la Mecánica Cuántica. De hecho, la física relativista que él inauguró es plenamente coherente con esa elección filosófica. Porque, en efecto, puesto que el fotón viaja a la velocidad de la luz, en realidad ni viaja ni posee velocidad alguna. La luz del Sol tarda 8 minutos en llegar a la Tierra desde el punto de vista de los terrícolas, pero desde el punto de vista del fotón, por así decirlo -su sistema de referencia-, es la Tierra la que viaja hacia él a la velocidad de la luz, o ni eso. Más difícil todavía: puesto que discurriendo a C, la velocidad de la luz, la masa se comprime absolutamente, el peso se incrementa hasta el infinito y el tiempo se detiene, para el fotón el devenir entero del Universo, de principio a fin (o no habiendo ni principio ni fin, a la manera de Spinoza: a Einstein le costó tragarse el sapo del Big-Bang de parte de su amigo el padre Georges Lemaître), está dado, íntegramente, en un sólo instante. De modo que la expresión de Stephen Hawking, Historia del Tiempo, bien mirada es desafortunada, en el sentido de que el tiempo es, como querían los estoicos y Spinoza, una ilusión tan sólo necesaria en el contexto de la acción. Porque para el fotón, todo sucede en ese instante primigenio en que él se enciende, ¡todo!, lo cual significa que la “Historia del Tiempo” de Hawking en realidad no es más que un extraño suspiro. Un suspiro en el que una infinidad (de nuevo Spinoza) de sucesos están contenidos, así como las leyes mismas de su producción. Pero es verdaderamente extraño, como digo, porque la expresión que he utilizado, el “encenderse” del fotón, no es correcta, puesto que presupone entender que antes no estaba ahí, o estaba “apagado”, como la partícula primigenia del Big-Bang de Lemaître. Si tratamos de pensar el tiempo congelado del fotón en los términos de los ex-tasis del tiempo, como decía Heidegger, pasado, presente y futuro, lo que obtenemos es la reabsorción del fotón en la oscuridad, como sostenía Richard Feynmann, pero es que no se puede, no se puede, porque para el fotón no hay pasado, no hay futuro, pero es que se diría que tampoco hay presente. No por casualidad, es como el Dios de Boecio, que reunía presente pasado y futuro en un sólo instante supremo (ojo, no hay por qué pensar el pasado y futuro atraídos hacia el presente, sino también un presente que es por su parte atraído hacia el futuro y el pasado…) O sea, Deus sive Natura sive Substantia sive Fotón…

No hay, o al menos yo no las tengo, palabras para describir la fascinación que produce esta intuición, pese a que sea tan vieja como la Escuela de Elea o la Escuela megárica posterior. Esa fascinación es la entraña de la Filosofía misma, que la Física de Einstein no vino más que a confirmar y rentabilizar en el marco de la producción tecnocientífica. Del Ser de Parménides hasta el Universo de Einstein apenas ha cambiado nada en el plano de la ontología de fondo -tampoco las paradojas a que da lugar-, lo que ha cambiado descomunalmente es el uso que hemos aprendido a hacer de ella, dicho sea para quien piense que la filosofía no sirve para nada (Aristóteles, el hombre, no pudo ni sospechar que su amada filosofía “contemplativa” pudiera conducir a tal incremento desmesurado de la poiesis humana). C, la velocidad de la luz, no es una magnitud, ni sólo una vibración electromagnética, es la constante cosmológica, la horma del zapato del Universo, el Demonio de Laplace, el Ser de Parménides, sólo que diversificado interiormente en una miríada de sucesos, como los modos finitos de la substancia de Spinoza. El bosón de Higgs podrá ser la “partícula de Dios”, pero el fotón, la Luz, es el mismo Dios en la visión derivada de las ecuaciones de Einstein. Al servicio de que C, el fotón, sea invariable, sus ministros siameses (¿los atributos de Spinoza? ¿también el elecromagnetismo?), el Espacio y el Tiempo, se encogen y estiran, se comprimen y se pliegan, es decir, le hacen reverencias. “Dios no juega a los dados con el Universo” es más que una frase de ocasión, es un acto fallido por parte del inconsciente de Einstein. Y quizá tampoco sea caprichoso el “Fiat lux” de la Biblia (Génesis, 1: 14). Lo que ocurre es que el argumento de que para que tenga sentido pensar en la luz es imprescindible concebir a la vez la oscuridad (y el no-ser para dar sentido al ser, el cero al uno del cálculo binario de Leibniz, y no a la inversa), es, al menos para mí, demasiado irresistible…

 
 
 

Comentarios


bottom of page