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Almario, Yolanda Arias, ed. Bala perdida


La poesía no transfigura el mundo, lo disecciona, lo expone, lo ofrece.

Yolanda Arias, Almario.


Óscar Sánchez Vadillo



El prestigioso arquitecto Óscar Tusquets, en su libro Dios lo ve, editado en Anagrama -pero lo mejor, creo, es que no vean el documental homónimo que figura en los anaqueles digitales de Filmin...-, refiere varias anécdotas históricas en las que, más allá de lo que William James denominaba Las variantes de la experiencia religiosa, muy lejanos y diferentes artistas han coincidido en la idea de que las cosas, ya que las haces, debes tratar de hacerlas lo mejor posible, puesto que, aunque la percepción y el gusto humano no sea capaz de apreciarlas, la divinidad sí que lo advierte con acuidad y no te pasa ni una. Por ejemplo, según Tusquets…


Parece ser que en una ocasión uno de los jóvenes colaboradores de Lutyens se encontraba grafiando la fachada trasera de una de las casas que se estaban proyectando en el estudio. El maestro, tras estudiarla con detenimiento, observo que la posición de una de las ventanas alteraba la composición geométrica general, a lo que su colaborador objetó:

-Esto no es un problema: el muro que cierra el patio de servicio está tan próximo que esta apertura no se puede relacionar con el resto de la fachada. Nadie podrá ver esta falta de rigor geométrico.

A lo que el arquitecto respondió impasible: -Dios sí lo ve.


Antes del dios único cuyo nombre es su oficio, también los dioses plurales cuyo nombre era ornamental y distintivo tenían poder de crítica hacia la tarea humana. Creo recordar que Tusquets cuenta que en el friso del Partenón un caballo desbocado está tan bien tallado por el lado de su cabeza que da al público como por el otro, que da únicamente al mármol. De nuevo el motivo parece ser es que si los fieles de la diosa Atenea no lo ven, ella sí que lo ve… Lo mismo, me parece, ocurre con la compilación de relatos de Yolanda Arias que llegó a mis manos casi por casualidad. Son tan perfectos, sin más, son extraordinarios, son de una “pasión cirujana”, como ella misma dice, que uno no puede apenas creerse que no sean tan leídos y conocidos como la vida sentimental de Isabel Preysler, hasta que reparas en que la vida de Isabel Preysler es un best-seller, y los best-seller literarios son como la Inteligencia Artificial antes de que despuntase la Inteligencia Artificial, o sea, hijos putativos del algoritmo. Pongamos por caso: superventas de novela histórica en que una mujer oprimida descubre la pasión al tiempo que la emancipación en una tierra exótica que no por casualidad vive tiempos convulsos de los que saldrá de un modo u otro más sabia. Como esto, legión. Como lo de Yolanda, ojalá. Almario tiene textos que quitan el sentío, como Célia, que es una locura de imaginación concreta, como se hablaba antaño de la “música concreta”, o Luego el jardín, que ahonda una parcela de mundo y de “ritual de mundo” en el que no había estado nadie antes que ella -lo juro-, o Under my skin, que ya hubieran querido para sí Hawthorne o Borges. En este último, según arranca, ya leemos esta maravilla: “Las ventanas desvestidas de cortinas la miraron alejarse, dobló la calle y, sin volver la vista atrás, desapareció”. ¡Las ventanas, y no la andariega humana, son el sujeto sintiente de la frase! En otro relato, se nos dice: “Cruza la cancela y el mundo se vuelve probable”, en un bosquejo de literatura cuántica que ni Stanislaw Lem. Más adelante, se produce “una sensación extraña, como de pólvora inflamando el aire de la habitación”. Aristóteles dejó dicho que la metáfora, o la imagen, es el don del genio, y atentos a este inicio: “El arrozal es un espejo. Dos cielos y una línea intermedia interrumpida de tanto en tanto por una figura encorvada sobre el agua”. Servidor de ustedes no escribiría así ni aunque la reencarnación budista en el arrozal mencionado me hiciera intentarlo mil veces. Tan sólo una prueba más, digna del mejor Juan Ramón Jiménez, que ya es mucho decir: “Un leve aleteo me distrae de mirarte mirar”…

Yolanda Arias deja caer en sus agradecimientos que conoce a Rilke. y no me extraña. Es literatura muy, muy arriesgada, en la que lo mismo alumbras la belleza más recoleta que metes la pata hasta el cuello. Pero eso mismo decía Rilke que “hay que ir a lo difícil”. Arias lo hace como susurrando, con discreción, realzando y miniando el mundo mediante la poesía. Eso sí, le encantan las adivinanzas, no se puede entrar en Almario sin saber una peculiar geometría, la geometría de la cultura, como rezaba el frontispicio de la Academia de Platón. La editorial se llama Bala perdida, sí, y es cierto, Almario es demasiado bueno y necesario y milagroso -su léxico y sus autoobservaciones son tan ricas que a menudo me superan- para competir con el escaparate de las librerías. Pero, bueno, a lo único que quería yo llegar aquí es que, sea como fuere, que Yolanda no lo tenga a mal, porque Dios o el dios lo ven (y lo leen)…

 
 
 
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