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Centenario del nacimiento de Philip Larkin



Óscar Sánchez Vadillo


El año 1922 fue, como se dice siempre, el annus mirabilis de literatura modernista, y no sólo de ella (Babbit, de Sinclair Lewis, es más social que modernista), pero también fue el año del nacimiento de su antítesis, es decir: el feliz alumbramiento del poeta británico Philip Larkin. Y es cosa de celebrar, realmente, aunque sólo fuere porque Larkin es sin duda mucho más fácil de leer y enormemente menos tremendista que el The waste land de T.S. Eliot. Pero no es más accesible porque Larkin se postule como poeta popular, ni mucho menos, sino porque descreía congénitamente de las dificultades, casi culteranistas, del credo modernista. Larkin declaró alguna vez que se sentía completamente ajeno, como insensibilizado, hacia la filosofía y la religión en consuno, por encontrarlas demasiado abstractas y totalmente alejadas de la vida concreta como tal. En este sentido, no se puede negar que el modernismo fue una cierta religión, y una determinada filosofía, aunque fueran una religión y una filosofía fundamentalmente estéticas. Philip Larkin también practicó el ensayo además de la poesía, pero no con esa suerte de densidad teórica tan espesa que caracterizó al modernismo, que casi era más una gentrificación, como diríamos hoy, ciertamente clasista y elitista de la Alta Cultura, que una poética unificada y en bloque. De manera que Larkin saltó por encima de todo eso para arribar a la verita rústica y sabia de Thomas Hardy, el novelista y poeta decimonónico que había acertado a versificar en términos sencillos su lúgubre visión de la existencia, y desde ahí siguió tirando del hilo de la rueca monótona y pesimista, a ver cuánto daba de sí. Larkin dejó dicho que “Hardy me enseñó a sentir en vez de escribir”, y es todo un cumplido para con el viejo novelista, habida cuenta de que por entonces andaba bastante olvidado en su propia tierra. Como decía Borges, cada autor crea sus propios antecedentes, y en el presente caso Hardy inoculó a un digno bibliotecario de los años ´50…

No obstante, Philip Larkin, pese a su aspecto como de Mortadelo serio y su nombre de sonoridad aristocrática, era una persona más bien informal, como poeta y como señor avecindado en Hull, ciudad del Condado de Yorkshire a la que precisamente él puso en el mapa. Informal, rebelde y de mal humor en muchas ocasiones, como cuando escribió Que sea este el verso, en el espíritu de la sabiduría del Sileno…


Te joden, tu madre y tu padre.

Quizá no tengan la intención, pero lo hacen.

Te llenan con las fallas que tuvieron

y añaden unas cuantas sólo para ti.

Pero a su vez ellos fueron jodidos

por idiotas con sombreros y abrigos anticuados

que la mitad del tiempo eran unos estrictos empalagosos

y la otra mitad estaban asfixiándose a gritos.

El hombre le transmite su miseria al hombre.

Se ahonda como una plataforma costera.

Salte tan pronto como puedas

y no tengas hijos por tu cuenta.

(En:https://lyricstranslate.com)


O, más irritado todavía, en Vers de societé, donde le metía un buen palo a la clase media/alta inglesa:


Mi esposa y yo hemos invitado a una gentuza a que vengan a perder el tiempo a casa: ¿te atreves a ser de la partida? Pero qué mierda, amigo. Acaba el día. La estufa respira, oscuramente los árboles se mecen. Por lo tanto: Querido Warlock-Williams, lo lamento…

Gracioso lo difícil que es quedarse solo. Podría pasarme, si quisiera, la mitad de las noches sosteniendo una copa de jerez insulso, inclinado para oír las tonterías de una zorra que no ha leído otra cosa que revistas; pensando en cuánto tiempo libre se ha escurrido

hacia la nada porque uno lo llenó con caras y cubiertos, en vez de aprovecharlo bajo una lámpara, oyendo cómo sopla el viento y asomándose a ver la luna convertida en navaja afilada por el aire. Una vida, y sin embargo cuán duramente nos inculcan:

toda soledad es egoísta. Nadie hoy cree al eremita de andrajos y escudilla que habla con Dios (también éste se fue); el gran deseo es tener gente que es simpática con uno, lo cual en cierto modo significa retribuirlo. La virtud es social. ¿Entonces son estas rutinas una forma de jugar a la bondad, como ir a misa? ¿Algo aburrido, que hacemos no muy bien (interesarnos por la investigación de aquel idiota) pero con sentimiento, pues, aun groseramente, nos señala el buen ejemplo? Demasiado sutil. Y decoroso, encima. Oh, diablos,

sólo los jóvenes son libres de estar solos. Para tener compañía queda ahora menos tiempo y a menudo permanecer bajo la lámpara no ofrece paz, sino otras cosas. Remordimiento y fracaso esperan en la sombra susurrando Querido Warlock-Williams: por supuesto…

(Más en «Cuatro poemas de Philip Larkin«)


No siempre es así, Larkin a menudo tenía epifanías, y versificaba magistralmente acerca de ellas, pero nunca sin reflexionar acremente al mismo tiempo y sin dejar de sentirse solo, como expulsado del Edén, en cada una de ellas –esa célebre pareja joven en una barca a la que el poeta atribuye con nostalgia y desabrimiento coitos con preservativo… Larkin escribió únicamente dos novelas, ambas en su primera juventud y ambas tristísimas (yo sólo he leído la primera, pero es que no quedan muchas ganas para la segunda). El desamparo, la desolación, y hasta la ferocidad individualista tiene que tener su lugar en las letras, y pocos poetas han exhibido una independencia de criterio tan fuerte como Philip Larkin. En una charla de radio del año 1958 Larkin esbozó una especie de programa de su propia obra, y allí manifestó que la belleza de una intuición no debe impedir el dolor -esto lo añado yo- de la “autoconciencia”. La poesía, dijo más tarde, debe ser como un tenedor, para prender la experiencia, pero también como un cuchillo, para deshacerse de lo superfluo. Ese tipo de observación sencilla, basada en la vida cotidiana, pero no sin filo, es genuino estilo Larkin…


Fuente:

https://hyperbole.es/2022/03/centenario-del-nacimiento-de-philip-larkin/

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