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Atajos...



Óscar Sánchez Vadillo


124- (Sunglasses) Esos hombres que caminan, que parecen visigodos, mucho músculo poco cerebro, visten gafas de sol incluso en días nublados o interiores. Creen que eso les aporta un aspecto de Darth Vader sin casco, y que nos van a intimidar, uh, qué miedo. Se busca la inexpresividad robótica de Terminator o de su metamórfico contrincante (que las llevaba de espejo), y efectivamente la consiguen, puesto que cuando se ven en la necesidad de quitárselas ya no saben qué mirada ofrecer. ¿O es un gesto de estudiada franqueza, del estilo “podría ser duro pero por ti voy a mostrarme vulnerable -o relajado-”? Ese adminiculo absurdo admite además todo tipo de marcas y subsecuentemente de precios, de modo que puede llegarse a colgar uno de la nariz medio sueldo de diputado. Los políticos, sin embargo, nunca las portan en sus apariciones en los medios, puesto que ya sus asesores -que sí las calzan por su parte, al igual que sus muchos “amiguetes”- les tienen prevenidos del exterior de perdonavidas indolente que proyectan a las masas votantes.

Las estrellas de esta u otra constelación del show-business, en cambio, se tapan la cara con ellas bajo la gorra siempre que salen a la calle a pasear al perro de raza o al niño adoptado: a la mascota carísima en resumidas cuentas. Pero lo importante es constatar que se puede uno dotar de un semblante acerado incluso sin esconderlo con esa semi-mortaja. Los que no lo entienden así -o son simplemente fotofóbicos, que ahí no nos metemos-, no conocen a Steve McQueen, entre otros. Y luego lloran como todos...





125- (“Político” como adjetivo) Cómo les gusta. Al presunto adversario y sin embargo amigo -colegas “políticos” al fin y al cabo- le falta voluntad “política”, coraje “político”, inteligencia “política”, o le sobra impotencia “política”, inoportunidad “política” o desfachatez “política”. No es nada personal, se trata de la profesión, pero no solo eso -no equivale a “profesional”, de manera que no se puede decir de un panadero que vende candeal que tiene ambición “panadera”. Se trata también de que ellos juegan el Gran Juego, como lo llamaba Kipling en Kim de la India, o sea, que es como un tablero de rol en el que representan a un personaje, y ese -pero no ellos- recibe el predicado “político”, bajo el cual cabe cualquier epíteto que si te lo dicen en la calle alguien termina con un ojo morado.

Supongo entonces que en nuestros quehaceres laborales y mundanos a nosotros nos corresponde el adjetivo de “villanos” o “plebeyos" u “ordinarios” o quién sabe. Hoy tuve la intención “villana” de hacer estas observaciones, por ejemplo. O la intuición “plebeya” de aprovechar la tarde soleada. Pero la diferencia es inmensa: cuando a nuestras idioteces podemos calificarlas de “políticas”, primero, siguen una determinada consigna de partido, y, segundo, van a salir hasta la saciedad en los medios. Eso es todo. ¿Juegan ellos realmente el Gran Juego? La escabrosa realidad reciente muestra más bien que están a verlas venir, animalitos... Sufren, por tanto, de un profundo retardo temporal “político”. O de un retraso mental grave, pero, ojo, únicamente “político” y no personal, no os vayáis a creer...






126- Todo comenzó porque vi un par de curas (iban en yunta, como se dice en lunfardo de los guardias civiles de allí, quizá por eso de que uno sabe leer y el otro escribir...) paseando hacia alguna parte (pues tales cuervos no picotean por picotear, he pensado al instante), y entonces me he acordado de Georg Simmel, quien hace décadas ya escribía que las ciudades modernas son el entorno más contrario a la presencia pública y notoria de sotanas, a las que alejan con anticuerpos de laicidad transeúnte. Permanecen, en efecto, atrincheradas en sus guaridas de piedra y mármol, “bienes de la iglesia” que ningún Mendizabal parece querer desamortizar hoy, bonito chollo. El caso es que existen también otras “sotanas” inconfundibles, negras pero coloridas en su centro, que son las de la secta de los jevis, esas almas benditas de Satán. De hecho, los metaleros hace tiempo que se quieren hacer religión, y no me extraña. Qué otra corriente musical sino el jevi representa la única tendencia de música “sacra” en la profanidad de la producción de los sonidos contemporáneos? Ángeles, infierno, eternidad, amor, diablo, no-muerte... son sus temas de inspiración habituales, machacona y recurrentemente. Normal que se sientan religión, aunque nos parezca dispensable su oficialización. En general -y es muy difícil no acertar- los jevosos son espíritus mansos, y las señoras no tienen razón para asustarse. Eso sí: veneran un estilo de música que no practica la autocompasión, sino el éxtasis trascendente, la energía como summum de la materia. Ser jevi no se elige del todo, depende de que uno crezca flacucho y feote en ellos, rellenita y feota en ellas. Pero gracias a su afición lo llevan bien, no se meten con nadie ni hacen proselitismo. Otto, el conductor del autobús escolar de Los Simpsons, está muy bien captado en los pocos episodios que se le dedican. Yo me quedo con su alternativa al gregoriano, los motetes, las misas, los magnificat y los ofertorios. Dios suena más luciferino, pero sin importunar a nadie.





127- Los pajaritos -gorriones y palomas por aquí, para ser exactos- cantan desde las seis de la mañana y los bebés inquietos se remueven piando por su biberón de la primera luz. Luego el globo luminoso va incandesciendo hasta que se deshilacha entre las sombras de las diez de la noche, cuando todavía lo llevamos prendido en la piel: ¡estío!, y, mañana, hogueritas de San Juan, que se nos han convertido en rito imprescindible también en Madrid. Verano, en fin y en definitiva, que es para lo que vivimos el resto del año, la estación edénica, el largo y cálido, y que se vean esas carnes maceradas, sean jóvenes o viejas. Una estación que da para atizarse toda una saga de libros, en concreto las extravagantes aventuras de Harry Flashman, narradas por George MacDonald Fraser, y editadas en castellano en pocket Edhasa, o sea, baratitas y portatiles. Picaresca de la era victoriana, acción rápida y diálogos directos, toda la sordidez de aquellos tiempos sufrida en primera persona por el protagonista más inmoral que haya concebido la novela histórica. Tanto entonces como ahora, si han de vivirse aventuras no hay que buscarlas sino verse arrastrado a ellas por la asquerosa realidad, y que Dios te coja confesado. La diferencia con Flashman (el nombre no termina de gustarme, pero proviene del clásico de Thomas Hughes) es que sobrevive como puede a las pruebas, seguro de que de todas podrá sacar alguna tajada y de que siempre hay algún revolcón a mano para aliviar las tensiones. Prohibido, eso sí, para soldados de cualquier ejército regular o mercenario, que pueden tomárselo al pie de la letra y sustituir la obligada disciplina por el sucio vandalismo...





128- Se oye mucho lo de “follamigo”, pero no parece que se practique tanto: los que se han liado en estos términos no suelen repetir, acabando con el sueño del amor libre propuesto seguramente por los hombres pero abrazado también por las mujeres en los sesentas/setentas. Porque, claro, rollos siempre ha habido, la novedad reside o debería residir en que la nómina de “follamigos” de uno siga siempre o eventualmente disponible, como la casita de la playa. Y de eso nada, que sepamos. O por lo menos no más que antes. Los “follamigos” terminan en novietes o terminan, ya está. Para el primer caso, Nancho Novo acuñó la expresión “guarromántico”, o sea, que cuidas y mimas celosamente a tu chica, pero sin cambiarte de gayumbos o invitándola al burriquín -digo "chica" sin colocar la arroba porque raro sería al revés. El exacto y preciso enfoque del “guarromance” de cada uno vive en un amplio margen de interpretación, conforme a la comodidad de él y el aguante de ella. Puesto que este último, aunque generoso, no es ilimitado, llegamos de nuevo al estado de novietes, que es adonde queríamos ir a parar. Tarde o temprano, los novietes formalizan sus relaciones y es entonces cuando podemos hablar del libidicidio consumado: sugerimos para ello un vocablo de nuestra invención inverso en cierta manera a “follamigo”, y que es “célibespos@” -este sí, con arroba, si se quiere. Entre que ni es tampoco muy sonoro, ni la realidad mencionada cosa muy chispeante, esperamos que no triunfe en absoluto y se quede olvidado aquí.






129- (Burguess sobre Hemingway) Si uno es un poco gilipollas y se hace famoso, o el hacerse famoso te vuelve gilipollas, no hay problema. La notoriedad de Hemingway es universal y no va a sufrir menoscabo por las sutiles y británicas críticas de Burgess. Pero tampoco el fanfarrón de Ernest podría pedir que nadie se diera cuenta del mucho ruido y las pocas nueces de su leyenda personal. De hecho, si hubiera leído esta biografía, lo mismo le daba un abrazo al amigo Anthony y le invitaba a varias botellas que le retaba a una pelea a puñetazos suspendida la cual le llamaría cobarde. Y es que Burgess sí que lo pasó mal en la vida, no como el grandullón barbado de las corridas de otros. Después de leer esto, que da gusto y ameniza, cogí Islas en el golfo -hacía mucho que no leía nada del “amigo de España”- y, efectivamente, es obra de un patán jugando a Dios cuyo cuerpo debiera haber sido donado a una destilería.

En los primeros capítulos, amén de muchos copazos para desayunar y alguna paliza arbitraria, hace aparecer a un niño que dice “malvado” de raíz. Nunca sabremos por qué, ya que le mata en un accidente de coche poco después. En fin, que nadie niega el atractivo de posar de "vivir peligrosamente", y por ello nunca le faltarán a Hemingway una legión de admiradores -más de él que de sus obras. Sin embargo, lo dicho: no se engaña a todo el mundo todo el tiempo.





130- (Lectura rápida) Donde prometen que te zamparás cien páginas en una hora, ideal para oposiciones, etc. Digo yo que los que aprendan técnicas de lectura rápida que les editen libros especiales para ellos, del estilo:


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