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300 aniversario de nuestro hombre: Kant, The Man




Óscar Sánchez Vadillo


Si la típica pareja de extraterrestres del chiste llamaran a la puerta de mi casa para pedirme que les llevara con nuestro líder, lo primero que haría sería hacerme un selfie con ellos poniendo morritos, por descontado, pero lo segundo sería obsequiarles con todos los libros de Kant que tuviera en ese momento en casa. No porque Kant sea el coco más brillante que se me venga a la memoria, ni mucho menos, ni por su acendrada virtud, que tenía sus fallas, ni por la buena imagen que su lectura pudiera ofrecer de nosotros, que más bien es de doble filo, sino porque es Kant, y no ningún ser vivo actual ocupando puestos de poder o cargos empresariales, quien más caracteriza, a la vez que retrata, el esfuerzo del ser humano por emanciparse de sus propias cadenas y situarse por encima del lodo desde el que ha sido creado del modo más responsable posible y más consciente también de las limitaciones de la empresa. Sólo por eso, que no es poco pero que es la base imprescindible de todo, Kant es nuestro hombre, es El Hombre -Kant The Man-, al margen de consideraciones raciales, sexistas o nacionalistas. Mozart será un genio sin par, pero podríamos vivir sin Mozart; Shakespeare es el bardo por antonomasia, pero podríamos vivir sin Shakespeare (muchísima gente lo hace…); en cambio, de no haber existido Kant, los cimientos del Occidente moderno estarían forjados con gomaespuma, y sucumbiríamos al primer movimiento de tierra…

Einstein leyó la Crítica de la Razón Pura de Kant a los trece años, allegada por un tal Talmey; Ortega y Gasset, a su vuelta de Marburgo, sólo repetía que en España necesitábamos triple ración de Kant, Kant y Kant; ni que decir tiene la deuda que el pensamiento alemán (que es el pensamiento sin más de los últimos siglos, para qué negarlo), tiene con él. Sin embargo, lo curioso es que Kant prácticamente no inventó o descubrió nada nuevo, lo que hizo fue coger toda la filosofía inmediatamente anterior, someterla a un giro de 180 grados -el célebre “giro copernicano”-, y cambiarla de nivel -subirla al “plano trascendental”. Las categorías del entendimiento son claramente las creencias de Hume, el espacio y el tiempo matemáticos ya estaban en Newton, la negación de la metafísica así mismo en Hume, la “construcción en la intuición” en Berkeley, el imperativo categórico en la place d´autrui de Leibniz, la presencia de la razón en lo sensible también en Leibniz, el sentido de lo Sublime en Burke, etc. Lo original, lo realmente grandioso de Kant no es únicamente haber sistematizado este enorme material de una forma bien trabada y en vistas a un fin nuevo -nada menos que la completa autonomía teórica y práctica del Hombre-, sino antes de eso haberlo cambiado todo de lugar, reorganizarlo de tal manera que el conjunto funcione mucho mejor, como cuando a ciertos vehículos se les ha desplazado el motor para aumentar su potencia. En el presente caso, si se me permite el símil, el motor es el Ich denke, el lugar donde es emplazado la Razón práctica, y el combustible la autolimitación de la libertad (Hegel escribió, kantianamente, que “la independencia del hombre consiste en esto: en que sabe lo que lo determina”).

Immanuel Kant nació en abril de 1724, hace trescientos años, algo muy a conmemorar en todas las universidades del mundo, cuanto menos. Pese al De nobis ipsis silemus que abre la Crítica de la Razón Pura, el filósofo dejó dicho esto de sí mismo: “Por mi pecho hundido y estrecho que deja poco lugar para los movimientos del corazón y de los pulmones, tengo una disposición natural a la hipocondría, que años atrás me llevó hasta sentirme cansado de la vida. Pero la reflexión de que la causa de esta opresión del corazón posiblemente es sólo mecánica e imposible de eliminar, me convenció pronto de que no debía preocuparme, y mientras sentía la opresión en el pecho, en mi cerebro reinaba serenidad y alegría, que no dejaba de hacerse sentir también en sociedad, no en forma de caprichos variables (como acostumbran los hipocondríacos), sino intencionada y naturalmente. Y como la alegría de vivir más bien proviene de lo que se hace disfrutando alegremente de la vida, que de lo que se goza, los trabajos mentales pueden oponer otra especie de intensificación del sentimiento vital a los fastidios que sólo afectan al cuerpo. La opresión me quedó, pues su causa está en mi estructura física. Pero me sobrepuse a su influencia sobre mis pensamientos y actos, desviando mi atención de este sentimiento, como si nada me importara”.

No hace mucho leí esta reflexión de Edgar Morin: “Tenemos, de cierta manera, el hardware de una sociedad internacional, pero nos falta el software, es decir, que poseemos la infraestructura y no la superestructura.” Pues bien, yo estoy convencido de que el código básico de ese software será kantiano...

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