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Monday morning fever

hace 13 minutos
5 min de lectura

Óscar Sánchez Vadillo



El mundo tiene interés en los extremos, pero se conserva por el medio. 

Paul Valèry.




Tras dos siglos de tonantes discursos y contradiscursos acerca del trabajo como actividad propia/viciada del hombre, hora es ya de que recuperemos una relación con nuestras ocupaciones más cercana a la de la serenidad silenciosa de los animales. Y no es que el plebiscito de los innumerables bichos de la tierra-toda arroje un resultado claro respecto a lo hacendosa u holgazana que puede llegar a ser lo que el hombre del subsuelo denominaba “la vida viviente”, pero al menos observamos que la generalidad de las criaturas que nadan, vuelan, acechan o reptan mantienen un acuerdo mucho más constante, sencillo y natural con la Necesidad que nosotros los bípedos tecnológicos (y tecnologizados). Aburre ya el rollo de las distinciones entre trabajo asalariado y actividad creativa, laburo de subsistencia y tejemaneje superfluo, curro funcional y paro estructural. También los animales hacen cosas por hacer, y también entre ellos unos hacen y otros no –y tenía razón Voltaire cuando decía que fingen que no hablan para que no los pongamos a trabajar todavía más para nosotros. Invirtamos la fábula volteriana: es el hombre el que no sabe hablar, tan sólo emite chillidos de protesta, muerde y pica frente a los ataques y muere de pena cuando se le encierra. Lo que llamamos discurso exclusivamente humano no es más que la ineludible faena de comunicación mediante la cual algunos se organizan para planificar la explotación de otros compañeros de especie mientras que el resto lo hace para rebelarse frente a tales minuciosos abusos. Que el hombre es el más eficiente e irremplazable esclavo para el hombre lo ha demostrado una experiencia inmemorial que no cesa, y la invención de las maquinas1 no ha venido más que a confirmar prácticamente desde el principio este hecho con trágica elocuencia. Fuera de este terrible dato, que genera un resuelto imperativo de emancipación en el marco de una flexible Necesidad natural, sólo puede decirse en el nivel más básico de nosotros y nuestros hijos que, como Chesterton escribió en 1934,


si no podemos hacer que los hombres vuelvan a gozar de la vida ordinaria que los modernos llaman insípida, toda nuestra civilización estará en ruinas dentro de quince años… Si no podemos hacer interesantes tal cual son el amanecer, el pan de cada día y la creación mediante el trabajo corriente, la fatiga caerá sobre nuestra civilización como una enfermedad mortal. Así murió la gran civilización pagana: de pan y circo, y de olvido de los dioses del hogar.


Hay que, tenemos que, ¡es preciso! sintetizar un antídoto a la fiebre del lunes por la mañana del mundo actual, no en la forma de un analgésico o sedante como la televisión o el iPod, sino a partir de un fuerte principio activo contra la rutina que no se venda legalmente en baratos comprimidos en la farmacia. Encajamos aquí a propósito de ello el inédito soneto Pereza, compuesto por Mario Rodríguez a partir de un pensamiento de François de la Rochefoucauld:



De todas las pasiones que envilecen,


la más desconocida es la pereza,

su frío fuego engaña la cabeza

y ocultos sus estragos permanecen.


Estudio minucioso se merecen

los signos de su inmensa fortaleza,

por ella la ambición de la grandeza

y el más resuelto empeño desvanecen.



Es rémora que arrastra sordamente,

presente en mil ausencias en la escuela;

hechizo que adormece lentamente


dejando la estulticia por secuela;

maligna santidad que, beatamente,

de todo lo que pierdes te consuela.



Claro que ésta no es una reflexión muy de recibo entre los españoles, una nación sobre la que Carlos III tuvo que lanzar una pragmática que llamaba la atención a la población acerca de la recomendación elemental de que, pese a las enseñanzas de la Iglesia, hay que relativizar aquello del Génesis de que el trabajo es una maldición divina. Tampoco es que haya que dar la razón a Sarkozy, o al sistema norteamericano de workalcoholicos anónimos2, o a la ideología de la dignidad del esfuerzo (remunerado), o a la glorificación de la acción humanizadora del Fausto de Goethe, ni siquiera al famoso final de El reino de este mundo de Carpentier. Es realmente sospechoso todo ese lenguaje que hemos adoptado del “hacer una escapadita”, “recargar las pilas”, “desconectar un poco” o “hacer un click en la cabeza” y “cambiar el chip” para referirnos a los días de descanso o las vacaciones. Hablamos ya como aceptando ser unos pobres autómatas, o lamentables cargabloques egipcios con derecho a repostar para rendir mejor. No es verdad que el sábado esté hecho para el hombre, pero no el hombre para el sábado, como tampoco es cierta la conversa. Los animales no tienen sábados ni tienen lunes; el oso no hiberna para “darse un tiempo para sí mismo”, el orangután no espanta moscas para “relajarse”, las cigüeñas no emigran para “cambiar de aires”, el león no sestea para “hacer un break”, las orugas no se meten en crisálida para “mejorar su look”, etc., etc. Bueno, hablando seriamente hay que confesar que no sabemos en último término por qué lo hacen, aunque algo vayamos desentrañando acerca de su funcionamiento.

Igualmente, tampoco sabemos por qué nosotros los seres “racionales” hacemos la ingente variedad de lo que hacemos, e igualmente tampoco Galileo Galilei o el carbonero Tasio conocían sábados ni lunes, sin que ello les impidiera ratos de esparcimiento y descanso. ¿En qué trabajaba exactamente el Galileo histórico? ¿Profesor, inventor, rentista, escritor, heterodoxo, prisionero? Hoy decimos que experimentador y teórico científico. ¿Y en qué sector trabajaba el ficticio Tasio de Armendáriz? ¿Por cuenta ajena, autónomo, productor o bricoleur3? Hoy decimos que ejercía un oficio tradicional necesario para la comunidad. Existe o existió así todo un universo de oficios y tareas olvidados que configuran un auténtico “mundo perdido” mucho más sugestivo que el de los dinosaurios. En el panorama contemporáneo y globalizador de la división del trabajo, del empleo precario, de la motivación coercitiva para el negocio y del consumo industrioso del ocio, quizá no esté de más recordar que las presuntas leyes de la Necesidad que nos fuerzan al trabajo son, en realidad, considerablemente abiertas, así como las leyes de la Libertad que nos invitan a enfocarlo a nuestro gusto son, por el contrario, suficientemente restringidas como para deslegitimar la desidia.

Ni cigarras ni hormigas...





1 “Robot” significa justamente esclavo en checo, si no lo recuerdo mal. Sobre las maquinas comprendidas como efectivos organismos vivos que nacen, se reproducen, alimentan y mueren el viejo Erehwon de Samuel Butler.

2 El país de “el jornal de un día por el trabajo de un día” como divisa de máxima honestidad del pobre, y donde los héroes de las películas desdeñan los agradecimientos o las recompensas con un displicente it´s only my job (e incluso el Clark Kent de los primeros Action comics se abría la camisa con un “¡este es un “trabajo” para Superman!”).

3 Conforme al término de C. Levy-Strauss en El pensamiento salvaje, aquel que compone nuevas cosas -artefactos de uso o simbólicos- a partir de materiales heterogéneos, muchos de ellos de desecho. De ahí “bricolage”.

 
 
 

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