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LO GROTESCO Y EL EXCESO PSICOLÓGICO DEL EMPEÑO POLÍTICO

LO GROTESCO Y EL EXCESO PSICOLÓGICO DEL EMPEÑO POLÍTICO.

La fuente dice: “Yo te/ he visto soñar”. / El árbol dice: “yo te/ he visto pensar”. /Y aquel ruiseñor de/ los mil años/ repite lo del cuervo/ “¡jamás!”. (Trozo de un poema de Rubén Darío dedicados a Francisca).

¿Cada vez nuestra sociedad está más y más radicalizada? Son muchos los que se empeñan en que sí que existe una polarización social y que esto puede tener consecuencias no apetecibles. Lo que yo me pregunto, desde una explicación filosófica, es ¿hasta dónde nos lleva esta radicalización poética de las instituciones políticas? “¿Qué me cabe esperar?”, se pregunta kant después de dilucidar hasta dónde cabe el conocimiento y el deber moral. El futuro queda abierto a la posibilidad de que el hombre despliegue su propia libertad. El hombre tiene que construir leyes para poder llevar, digámoslo así, lo que el filósofo denomina “la asocial sociabilidad del hombre”. Esta construcción de leyes prácticas que buscan que convivamos en armonía, tienen un carácter universal, y es por eso lo que kant subraya en su ensayo La paz perpetua que deben instaurarse y ser controladas por instituciones supranacionales. Encontramos en la reciente obra de Yuval Noah Harari Sapiens una exposición a la flexible cooperación del ser humano en grandes números; es eso lo que nos distingue del resto de los animales: la de hacer causa común con seres de nuestra misma especie fuera del ámbito que nos rodea. Si hemos sobrevivido como tales es porque somos capaces de hacer causa común, repito, con otros que no solo viven alejados, sino que incluso se mueven en las antípodas. Para hacer causa común, tiene que haber un conocimiento, un resorte que es movido por la razón y que nos lleva al imperativo categórico. En su Crítica del juicio, el pensador alemán nos sitúa ante dos concepciones: lo bello y lo sublime. Lo bello sería algo así como un paso hacia lo otro. Lo bello es descrito por kant a través del refinamiento de una mujer tanto en su figura externa como en su comportamiento. En cambio, lo sublime se da en la virtud se da en la virtud noble del hombre. Lo contrario a ambas figuras es lo repugnante en lo bello y, se puede expresar así, lo tonto en lo sublime. Lo bello, pues se da en la estilización del cuerpo e instrumentalización del adorno tanto físico como espiritual en el ser humano. En cambio, lo sublime nos lleva mucho más allá. Este nos eleva ante la sencillez de lo imponente, nos lleva a las acciones grandes que van mucho más allá del punto de recreo de lo bello. Es el empeño por alcanzar grandes metas, el impulso que se siente por la altura. En la película rumana Historia de la edad de oro se relatan cinco historias ficticias ambientadas en los últimos tiempos del gobierno de Ceausescu. Son leyendas urbanas, como relata el narrador del film, que se desenvuelven en un sistema determinado por un excesivo empeño en llevar adelante la consecución de la sociedad perfecta que reclama una política socialista real. Una de estos relatos trata sobre el intento de un político apasionado por llevar a cabo, en cumplimiento de las políticas establecidas, un plan de alfabetización en un remoto pueblo de montaña. Este logra a duras penas, y con ayuda de las pocas autoridades, reunir a los adultos, y niños del lugar. A todos menos a uno. No basta un bastante amplio porcentaje tienen que ser a todos. La relación de lo bello, el acceso a lo sublime y el de esto último que lleva a lo ridículo se presentan de una manera curiosa. La labor del político pasa por algo más grande que él mismo. Su misión consiste en empapar del espíritu socialista esa remota aldea a la que ni siquiera llega el asfalto a los caminos. Esa pasión irrefrenable le hace estar en ese momento, como señala kant, de estado permanente en lo sublime. Y he aquí que este se empeñe en llevar hasta la última oveja al redil junto al resto del rebaño. Al final el exceso termina —ni siquiera voy a mencionar la anécdota por no ser trascendental a esta reflexión — en unas consecuencias ridículas.

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