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La “macrofísica del poder", Iron Man 2



Para Roque y Telmo

Óscar Sánchez Vadillo

Todos nos solidarizamos y comprendimos a Martin Scorsese cuando declaró que el cine de superhéroes no es cine, pero bien mirado no es estrictamente cierto. Sería como decir que La isla del tesoro no es literatura porque un amigo de Stevenson, Henry James, estaba por entonces escribiendo gran y sutil literatura psicológica. A James le encantaba lo que hacía Stevenson, y a Scorsese, si conociese el fandom comiquero, lo mismo apreciaría la primera y vasta hornada de películas de Marvel, ese bloque rizomático que termina en Avengers: Endgame, como su propio nombre indica. Hace unos días volví a ver Iron man 2 con mis hijos, y descubrí que es mucho más de lo me pareció en un primer visionado. Naturalmente, estaba en la onda de la parte primera, que fue la película que realmente pisó el acelerador del llamado UCM, Universo Cinematográfico de Marvel. La trilogía de Spiderman estaba bien, sin exagerar, y las de X-Men muy bien, sin tirar cohetes, pero Iron Man de 2008 era realmente cojonuda. Fijaos que el personaje de Tony Stark era un muermo en los cómics, y nadie daba un duro por él. Con una afección cardiaca, milmillonario, alcohólico y para colmo con bigote. Pero van, los genios del casting, y ponen en su piel a Robert Downing Jr., que de adicciones entiende un rato, y el personaje pasa de un salto cuántico de cuarta división-b a primera división. Iron Man, ahora, ya no tiene identidad secreta, su corazón es peligroso pero fuente de energía, el alcoholismo se disipa en la dura prueba de la cueva en el desierto, al bigote le acompaña perilla y el tío es brillante, ingenioso, ligón y carismático. En Iron Man 2, en particular, el Tony Stark de Bobby suelta la barbaridad más grande que se haya emitido en una película de entretenimiento y queda más chulo y más desafiante que cualquier gangster de una de Scorsese. Dice, en medio de un tribunal y con el ojo de los medios encima… “¡acabo de privatizar la paz mundial!”, y se queda tan ancho, como si no hubiese existido Kant, o como si la ONU fuese nada más que un muñeco de paja (ejem…) Martín, coño, reconoce que mola…

Poco más adelante sucede algo de lo que no me había percatado la primera vez. Tony Stark se pasea por una cena de gala saludando a la gente, y uno de los peces gordos es Elon Musk en persona. La escena dura cero coma, pero es sumamente significativa. Iron Man 2 es una película muy divertida, con buen guion, diga lo que diga Scorsese, pero su verdadero cometido es blanquear a los CEOS de las grandes tecnológicas, y de paso hacer la apología de lo que Dwight Einsenhower denominó, llamando a la alarma sobre su creciente poder, el “complejo militar-industrial” (1). Por eso aparece Musk, como si el heroísmo, buen humor y talante moral de Tony Stark pudiesen derramarse sobre él con sólo compartir secuencia. El mito del millonario bueno es posterior a la crítica de Thorstein Veblen en Teoría de la clase ociosa, y lo encontramos también en Batman, en Quién conoce a Joe Black, en Después de la boda de Susanne Bier o en el youtuber Mr. Beast. Si a la posesión de una enorme fortuna le sumamos la posición aventajada en el mundo tecnológico (el padre de Tony, una especie de Nikola Tesla, dice en la película que la solución de cualquier problema pasa por el desarrollo tecnológico), entonces tenemos a Tony Stark, Iron Man, encarnando ante miles de millones de espectadores una suerte de híbrido de Musk, Bezos y Zuckerberg cuya tarea es salvar el mundo. No es una manera de hablar, porque en realidad me quedo corto. Tony Stark, personalmente, no sólo salva el mundo, sino a la mitad de la vida bullente en el universo entero, que es como multiplicar por un billón las gotas de todos los mares de la Tierra. ¿No es alucinante? Ves la trilogía de Iron Man, que a mí me encanta, y ya estás mucho más predispuesto que nunca a apoyar las iluminaciones de Musk acerca de Marte -pero que Marta Peirano refuta en su libro Contra el futuro. Los norteamericanos son unos genios de la propaganda, y sólo por eso no va a ser tan fácil como creemos que se imponga la hegemonía china...

Además, hay otro personaje, completamente necesario para la trama, que interpreta Sam Rockwell y que representa al magnate constructor de armas tal como deber ser en la realidad y sobre el cual alertaba Eisenhower. El “recado” de la película está, pues, clarísimo, y es todo menos esa puerilidad naivete que se imagina Scorsese. Consiste en lo siguiente: hay tipos sin escrúpulos como Sam Rockwell, que venderían a su madre por hacer negocios con el ejército más poderoso del mundo, en este caso simbolizado por James Rodhes, amigo de Tony, pero afortunadamente los milmillonarios buenos, es decir, Iron Man, arreglan el día, hacen tratos con el gobierno, alejan al resentido y envidioso enemigo exterior (en la película Mickey Rourke), y para colmo, en un éxtasis nacionalista sin parangón en el cine o la literatura mundiales, salvan el universo entero. Iron Man 2 no es sólo una buena película, es una jugada ideológica maestra apta para todos los públicos. Y un dato más, cuanto menos curioso, para información de los Martín Scorsese del mundo: Iron Man 2 es, además de Nora, donde Ewan McGregor interpretaba a James Joyce, la única película del mundo hasta donde yo conozco en que se menciona el Ulysess

“¡Acabo de privatizar la paz mundial!”... Poca broma con las películas de superhéroes.


(1) De acuerdo, hay un tema más, muy tangencial. Tony, como cree que va a morir, traspasa a Pepper Potts el mando de su emporio. Casi al final, ella le reprocha que esté por ahí fuera de casa haciéndose el héroe mientras ella se encarga del trabajo sucio, toda una reclamación feminista plenamente actual acerca de la co-responsabilidad de las tareas en pareja en el contexto de la Lista Forbes…

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