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Comentario herético a “El Paraíso perdido” de Milton


Si Dios existe ¿cómo podría yo no desear ser un dios?

Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra




Óscar Sánchez Vadillo


Soy un friki, lo confieso. Pero de los de verdad, de esos que estudian con todo detalle el totalmente inservible objeto de sus obsesiones. En este caso, se trata de los 650 versos de El Paraíso perdido, de John Milton, divididos en 12 cantos y compuestos en el siglo XVII, un poema heroico en verso libre. Parece un tocho muy culto, pero mi intención es enteramente friki, como digo. Porque el protagonista absoluto e incuestionable es el Diablo, y no hay nada más romántico que el Diablo. Como la teología católica ha tematizado la libertad humana única y exclusivamente como elección moral, el único que tuvo los redaños de escoger libremente en el principio de los tiempos fue Satán. Claro, si te dan a elegir entre el bien, que es lo que de todas formas Dios se va a encargar de hacer cumplir, y el mal, que está condenado a sucumbir, entonces optar por el mal es el acto más gratuito y libre que la religión cristiana puede concebir. Por eso el romanticismo posterior a Milton adoró los personajes maléficos, blasfemos. Serán maléficos, pero gracias a ello libres. Toda la obra de Robert Louis Stevenson, Edgar Allan Poe, Herman Melville (también, por cierto, Bartleby el escribiente, al que se le ha dado tantas absurdas vueltas) y tantos otros se explica desde esa raíz de procedencia religiosa. Lucifer fue el ángel que comprendió cabalmente eso, y de ahí que William Blake escribiese aquello de -cito de memoria- “Milton, como todo verdadero poeta, en el fondo, está de parte de Satán”...

Sin embargo, Milton, siendo muy grande, decepciona un poco. Aún no he terminado el poema completo, pero comete algún error para mi gusto, y además el tono general es algo moroso y edificante (al fin y al cabo, Milton es un barroco, no un romántico). El error más doloroso está en hacer hablar a Dios y a su Hijo, el Mesías. Hasta que la Entidad Máxima habla, el Cielo es un misterio maravilloso que Satán conoce y añora pero el lector todavía no. Y entonces Milton nos los presenta haciendo planes e intrigando como un par de mafiosillos divinos muy bien hablados y creo que aquí patina. No obstante, hasta eso ayuda a entender a Satán. Él -Milton lo deja muy claro- se mueve por orgullo y envidia. Respeta y admira mucho la grandeza y bondad inmensurable de Dios y sus creaciones, pero no entiende por qué se ha sacado de la manga de repente un Hijo que heredará todo aquello colocándose por encima de las jerarquías (Tronos, Potestades, Dominios, Virtudes, etc.) ya establecidas de los ángeles, fieles servidores donde los haya. Allí empieza el poema, en mitad de la acción, con el Diablo y sus huestes cayendo durante días por el abismo hasta los parajes desolados del Infierno. Es un arranque magnífico, soberano, sobre el que Milton después realiza diversos flashbacks...

Pero digo que entendemos a Satán porque, aunque Milton pone su mejor inspiración al servicio de pintar las delicias del Cielo y del Paraíso, respectivamente, al término el lector percibe un cierto regusto amargo que voy a denominar aquí “la inanidad de lo trascendente”. Los ángeles se pasan la eternidad alabando la sublimidad de Dios y Sus Obras, puesto que si Dios es Uno, y para colmo Bello, Bueno y Verdadero, entonces, ciertamente, sólo cabe postrarse. El problema no es que ello pueda parecer un aburrimiento interminable, el problema es que Lucifer, ángel predilecto y muy bien situado, siente en sus celestiales entrañas la pregunta de Nietzsche: “Si todo está hecho de tal modo que sólo merece postrarse y alabarlo, ¿por qué no soy mejor yo el alabado y reverenciado?” Es decir, Satán vive en una infinidad espléndida en la que lo único vedado es ocupar el puesto del Jefe[1], al igual que Adán y Eva lo tienen todo a tiro excepto comer de un árbol, de un simple y mero árbol. Entonces Satán logra convencer a decenas de miles de ángeles de que quien no aspira a la cumbre de la plenitud, a la plenitud de la Plenitud, por decirlo pleonásticamente, sencillamente es que no tiene espíritu, o sangre en las venas, que diríamos hoy. Tiene una cierta lógica: si realmente hablamos de la perfección absoluta la querremos incondicionada. Y encima aparece de la nada el Hijo este a situarse a la diestra del Señor porque sí, arbitrariamente...

Se entabla, pues, una batalla colosal, para la cual Milton emplea sus mejores pinceles. Lo curioso, lo sorprendente, es que los batallones de ángeles leales al Jefe no la encuentran especialmente emocionante, al contrario, casi les duele en el alma, cuando es lo más emocionante y épico que jamás hayan emprendido en sus vidas -son, sin duda, unos ángeles algo “burgueses”... El Diablo, en cambio, sí lo ve así, e incluso declara que podría luchar eternamente. O sea, que la rebelión como tal vive de sí misma, tiene sentido por sí misma. Luego, por supuesto, es castigado, y lo pasa realmente mal (conoce nada menos que la desesperación...), pero, mientras, ha saboreado la única alternativa libre a la Voluntad de Dios, el único resquicio contingente a la inexorable Necesidad, que decimos los filósofos. Y lo más interesante de todo, aunque Milton no lo dice: Dios también aprende la lección. Dios aprende que lo que Él ha querido y construido, siendo excelso sin parangón, puede no serlo todo, que resulta que hay algo más que Su Deseo, por más que sea un deseo Bello, Bueno y Verdadero. Satán es, sin haberlo buscado, el maestro de Dios: le muestra la posibilidad, o, por decirlo otra vez en pleonasmo, la posibilidad de la Posibilidad. “¡Sí, se puede!”, coreamos ahora, aunque eso de que se pueda sea interpretado por Dios y sus secuaces inevitablemente como el Mal. Es entonces, justamente, y no por casualidad, cuando Dios decide crear el mundo de los hombres, el Paraíso, la Tierra.

El Orden de Dios tiene pensado un lugar para cada cosa, y el espacio que corresponde a la libertad que se han tomado Satán y sus ejércitos no puede ser otro que el odioso Infierno. Porque es una libertad que crea realidad, como la de Dios (de hecho, el propio Satán había prometido a sus seguidores algo parecido al politeísmo...) Sin embargo, Dios aprende la lección, ya digo, e imagina un audaz experimento. ¿Qué pasa si crea una criatura nueva, incomparablemente menos poderosa que Satán, pero capaz de libertad, capaz de crear realidad? El Diablo introduce la Historia, él mismo ha hecho Historia -en el sentido más vulgar de sucesión de hechos diferenciados que pueden ser narrados- en el seno mismo de la Eternidad, y Dios, entre excitado y temeroso, copia la idea. En rigor, el hombre tenía que perder el Paraíso necesariamente, para que diese comienzo su propia historia. El Paraíso estaba condenado desde el principio, y Adán y Eva no han perpetrado pecado alguno, sino que solamente han ejecutado la voluntad secreta de Dios. A partir de este momento, la Eternidad ya no consiste en la repetición incansable de la Gloria Eterna, sino en la apertura a un infinito imprevisible de sucesos posibles puestos en marcha por el hombre, ese hijo adoptivo de Satán (como el Mesías es Hijo adventicio de Dios). Lo argumentaba elocuentemente Al Pacino en aquella película en la que hacía del Diablo y en que llevaba como alias humano precisamente el nombre de “John Milton”; está hablando con Kenau Reeves acerca de la culpabilidad y dice:


https://youtu.be/LeIHav6w8DA


En efecto, Dios se lo debe estar pasando de miedo mirando a los hombres inventar cosas, matarse entre ellos y desbarrar en general, desde el punto de vista de Su Enemigo. Pero Dios es Dios, no un patricio romano en un circo de gladiadores o un espectador de Gran Hermano edición 2456. De modo que también cabe la posibilidad -¡la Posibilidad!- de que Dios no sea un sádico y haya pactado tácitamente con Satán que a los hombres hay que dejarles hacer, porque es imposible incluso para Él juzgarles, cribar buenos de malos en ese magma de realidades complejas en que se baña la Humanidad. El Cielo era excelso, pero enormemente más simple. Los hombres deben, por tanto, rendirse cuentas tan sólo a sí mismos, y mientras que el Diablo les sigue tentando y enredando, Dios se limita a observar, pero no para regodearse cruelmente, como el vengativo Satán, sino para aprender, nada más y nada menos que para aprender. Dios no habría muerto, como insistía Nietzsche, sólo está simplemente aprendiendo de nosotros, fascinado y acongojado a la vez. Aprendiendo las pasiones, la enfermedad, la muerte, el mal uso del poder, el ingenio, la diversión, etc. Nosotros somos también, como buenos hijos adoptivos del Diablo, los humildes maestros de Dios, que quizá ande por aquí confundido entre la gente, sin merma de Su Potencia pero anónimo y perdido[2], como en la estupenda canción de Joan Osborne: https://youtu.be/geaj9Fb0H6c

Al fin y al cabo, todo Padre Bello, Bueno y Verdadero aprende constantemente de sus hijos... Me falla en mi teoría cuál papel exacto hace después de todo Jesús, el Mesías, además de enrrabietar a Lucifer, en esta versión mía herética (pero, en mi opinión, mucho más caritativa) del cuento cristiano. ¿Habría, con su ejemplo, convencido a Dios (es un decir: para la teología católica Jesús es el propio Dios encarnado) de lo deseable de mezclarse con sus criaturas? ¿Les habría aportado con su sacrificio un código mínimo de convivencia para que el mundo no sea ya completamente y sin remisión otro Infierno? ¿Representa Cristo algo así como el Hermano Mayor del ser humano? Ciertamente, los frikis no podemos estar en todo...







[1] Y viene muy al caso recordar que el propio Milton fue tan rebelde política y teológicamente como Satán, rebelde precisamente contra la monarquía y el anglicanismo, de manera que existe aquí una crítica manifiesta acerca de que siempre que hay un jefe supremo la propia lógica de su posición impone la inestabilidad política, siendo por tanto siempre preferible la república, la libertad de culto y la libertad de expresión (defendida en Areopagítica). [2] De hecho, el propio Milton dice en torno al final del poema que Dios gusta de pasearse disfrazado por el mundo, como, por cierto, hacían también los dioses griegos en busca de hospitalidad…

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