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Textos básicos de Filosofía, III: Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Immanuel Kant.




Traducción anónima pero texto directo sin introducción de terceros:http://www.juslapampa.gob.ar/Consejo/images/kantfundamentaciondelametafisicadelascostumbres.pdf


Oscar Sánchez Vadillo.

I- Si en algún momento del futuro se instaurase una suerte de Estados Unidos de la Tierra, como soñó el propio Kant, una federación de estados a escala global o un súperestado que coordinase y administrase la gestión planetaria interhumana (incluso Yuval Harari pedía algo así en una entrevista en El País hace un tiempo), coyuntura de la que cada día estamos más cerca nos guste o no, el examen de ciudadanía para ingresar en la comunidad cosmopolita y jurar bandera terráquea -¿qué cómo podría ser?: yo propongo, con García Calvo, la bandera compuesta de jirones de todas las demás del caudillo Viriato- consistiría en haber leído y probar que se habían entendido tres textos cardinales: la Fundamentación de la metafísica de las costumbres de Immanuel Kant, la Carta del Jefe Seattle al Presidente de EEUU, por apócrifa o moñas que sea, y Sobre la paz perpetua, de nuevo de Kant. Desde luego, resulta una elección bastante eurocentrista, pero es que la propia historia del desarrollo del hombre sobre la Tierra desde el Holoceno hasta el actual Antropo-obsceno (reclamo la paternidad de este neologismo) ha sido primordialmente eurocéntrica, qué le vamos a hacer. A muchos intelectuales a los que les gusta fingir que se autofustigan para mejor fustigar a su auditorio, este hecho les parece condenable, desalmado, horrible y criminal, pero debo confesar que a mí, personalmente, no, sino todo lo contrario. Hoy, cuando Europa como realidad pseudo-política y potencia mundial está a punto de desaparecer, no parece el mejor momento para poner en tela de juicio la tradición más fértil, más incisiva y más lúcida que haya tenido lugar jamás en el Sistema Solar, hasta donde sabemos. Es cierto que esa tradición también ha sido la más imperialista, la más dogmática y la más arrogante, pero debemos admitir que lo mismo hubiera hecho cualquier otra que detentase la égida mundial, aunque seguramente con mucha menos autocrítica. Pues bien: Kant, en mi opinión, es el resumen, la cifra de esa civilización que no querríamos perder, el hombre que prácticamente sacrificó su vida personal para establecer sólidamente unos principios que tal vez hoy se vean algo obsoletos, pero que son mucho más nuestros que la ciudadanía por puntos, el uso estatal del Big Data y el espíritu de colmena de los países orientales, por ejemplo. Aunque ha habido cientos de autores valiosos e influyentes después, sin Kant no me reconocería a mi mismo ni sabría argumentar por qué no me gustaría que mandase en el mundo el fundamentalismo religioso, la mafia de las élites económicas o el capitalismo de estado. De modo que entiendo que si vamos a tener la suerte en algún momento de tener que acreditarnos como ciudadanos libres de un Leviatán global, cosa que así expuesta es improbable pero no imposible, empecemos a leer ya al filósofo de Prusia, que los textos citados son inusitadamente breves para la enorme potencia de su contenido, y la Carta del Jefe Seattle no digamos…

II- Kant redactó este tratado, la Fundamentación…, poco menos de cuatro años después de finalizar la Crítica de la razón pura, aunque el proyecto de escribir una exposición de la ética práctica desde el punto de vista de los principios a priori de la razón autónoma ya preexistía a la concepción de aquel. El motivo de esta postergación nos lo proporciona el propio Kant al inicio de la Fundamentación…, cuando explica que tan necesario es aclarar el modo de actuar puramente formal de la razón en lo que se refiere a las Leyes de la Naturaleza como hacerlo también en lo que respecta al Reino de la Libertad. Pero, para ello, Kant necesitaba precisar primero cuál es el estatus de la libertad como objeto del conocimiento, y la conclusión a que le había conducido la Crítica de la razón pura es que tal “objeto” se muestra imposible, inconsistente, desde las condiciones de la conformación del entendimiento sobre el mundo fenoménico, que está regido por categorías puras -como son las de causa y efecto- absolutamente incompatibles con él. No obstante, como se ha hecho notar en numerosas ocasiones, lo que Kant desecha en la crítica de los límites del conocimiento racional lo reincorpora en un plano distinto en la Crítica de razón práctica –Unamuno decía que salva aquí lo que negaba allí, refiriéndose a la Idea de Dios, pero ese no es nuestro problema ahora. Y en ese nuevo plano, que es el que Kant introduce ahora en este texto, la “causación por libertad” aparece como el factor fundamental de la moralidad, hasta el punto de que no es posible hablar de la una sin la otra -la moral, dice Kant es causa cognoscendi (de conocimiento) de la libertad, mientras que la libertad es causa essendi (esencial) de la moral. Si hay en verdad moralidad en los actos humanos -y este es un hecho que Kant da por reconocido por todos: lo llama un faktum-, entonces es que existe la posibilidad de elegir, por más que esta posibilidad se manifieste nouménica para la razón teórica y haya de ser postulada (es decir, meramente supuesta) como condición de dicho acto moral. Sin embargo, la libertad así entendida no elige al azar, como una mera “libertad de indiferencia”, según la cual realizamos nuestras preferencias desde el vacío, en ausencia de motivación especial alguna. Pero tampoco puede manifestarse la libertad como sujeta a las inclinaciones (que es como Kant denomina a los deseos, instintos e impulsos) de la experiencia cotidiana, por dos motivos: en primer lugar, porque ya no sería tal libertad, sino el rehén de tales inclinaciones, su subterfugio racional, que es la manera en que Kant ha interpretado la filosofía moral de David Hume; y en segundo lugar -y esta es la auténtica clave de la cuestión-, porque esa libertad de ningún modo podría ser denominada propia y estrictamente moral.

Así, Kant razona que la libertad debe estar, desde luego, determinada, pero no desde el exterior de ella misma (“en la naturaleza -específica, añadimos- del hombre, o en las circunstancias del universo en que el hombre está puesto”, dice al inicio del texto), sino como un mandato que emana del puro ejercicio de la razón misma en su uso práctico. Sólo puede ser propia y estrictamente moral un acto si brota de la obligación autoimpuesta de la razón sobre la libertad, puesto que el fundamento de esta obligación será entonces necesario e innegable para todo ser racional independientemente de la experiencia concreta.

III- La Fundamentación…, aún en croquis, por así decirlo, focaliza una de las cuestiones capitales de la reflexión ética de Kant para el resto de su vida y obra: aquella que se ocupa de la separación entre los fines de la moral en su distinción con los fines de la inclinación. De acuerdo en esto con Aristóteles, Kant piensa que todo hombre se dirige naturalmente hacia la felicidad como el bien máximo de la existencia. Pero, al contrario, que el pensador griego, Kant entiende que ésta no es más que una comprobación meramente empírica en la que brillan por su ausencia las consideraciones acerca de la razón y la moral en sentido riguroso. Para él, cuando el hombre se deja conducir por las tendencias de su naturaleza, lo que está haciendo realmente es rehuir las exigencias de su razón, que no son propias y exclusivas de la naturaleza humana, sino atribuibles por extensión a cualquier ser pensante, terráqueo, venusiano o habitante inteligente de otra galaxia (todos ellos, por cierto, deberían someterse al mismo examen al que me he referido antes, tal es el alcance de la pretensión kantiana). Los fines de la razón, por sí mismos, están, pues, reñidos con los fines de nuestra experiencia común. Kant expresa esta discrepancia en unos términos que implican de un modo ambiguo el concepto de la propia “naturaleza”. Porque, en efecto, es la naturaleza la que ha provisto al hombre de inclinaciones, así como le ha dotado también de un uso incondicionado de la razón: ambas cosas son ciertas, pero substancialmente distintas. En el primer caso, la “naturaleza” obra como un agente que condiciona la conducta del hombre, y entonces la misión de la filosofía será la de eliminar los obstáculos de carácter material o psicológico-social que impiden la completa realización de sus deseos naturales (esta es la lectura que Kant hace de las escuelas del estoicismo y el epicureismo helenísticos; del escepticismo no se ocupa, como si fuera asunto de Hume). En el segundo caso, la “naturaleza” obra como una entidad capaz de sobrepasar sus propias leyes para generar un mundo distinto, puramente inteligible, en el que rijan los preceptos de la libertad (y esta es la lectura que Kant hace de acontecimientos que le llenan de entusiasmo como especialmente, y por encima de todo, la Revolución Francesa). Al intento de armonizar ambas esferas en un concepto común de los “fines -o “destinos”, como dice también el texto- generales de la naturaleza” es a lo que dedicará su tercera gran obra, la Crítica del Juicio, a la que no podemos dedicar ningún comentario ahora.

Sea como fuere, el objetivo de la Fundamentación… es subrayar el conflicto existente entre la búsqueda de la felicidad y el cultivo de la moralidad. La felicidad, para Kant, al margen de que sea o no irrealizable en este mundo, conlleva una base empírica que la hace inaceptable desde la perspectiva de la moralidad. La moralidad, en cambio, es racional y actúa según principios a priori, por tanto sólo ella dignifica realmente al hombre. Únicamente una especie de sentimiento acompaña a la ley moral, que es el sentimiento de respeto hacia la obligación racional que se expresa en el Imperativo Categórico. Más el “respeto” apenas es una pulsión empírica para Kant: representa más bien la seña de identidad emocional con la que el hombre reconoce la superioridad de la Ley Moral por encima de la patología (desviación, perversión) de las inclinaciones -pudiera pensarse en otra especie de seres racionales que no necesitasen de él, al carecer las inclinaciones de poder sobre ellos, y serían criaturas completamente justas. Por todo ello, el fruto supremo de la racionalidad práctica es una voluntad buena, es decir, una voluntad que cumpla la ley moral ignorando las consecuencias venturosas o desventuradas que se deriven de ella. Que, de cualquier forma, la consecución de los propósitos estrictamente formales de una buena voluntad termine coincidiendo con el logro material de una felicidad y satisfacción perfectas, es para Kant no un anhelo ni una certeza, sino tan sólo un postulado de la razón práctica, o dicho con otras palabras: un ideal que, aunque injustificado cognoscitivamente (y, desde luego, masivamente cuestionado por los datos de la experiencia mundana), forma parte necesaria del funcionamiento de la ley moral misma.

IV- El ser humano, considerado como fenómeno, está sometido a las leyes físico-biológicas, es decir, es un objeto más entre los objetos del mundo físico (eso está claro y es incuestionable, lo cuestionable sería fijar cuales son exactamente esas leyes, teniendo en cuenta que todavía nadie conoce nada relevante, se diga lo que se diga, de cómo funciona un cerebro humano). Pero en tanto que noúmeno, el ser humano, al ser libre, pertenece al ámbito de la razón práctica -ética y política. Por tanto, en el ser humano encontramos una cierta dualidad, ya que por un lado posee una dimensión empírico-sensible, y, por otro lado, una dimensión ético-social. La primera indica su componente individual y egoísta, como una cosa más entre las cosas. La segunda refiere al Reino de los Fines y de la moralidad, como perteneciente a una comunidad de personas potencialmente universal, como en Estación de tránsito de Clifford Simak. Según esta dimensión, puede y debe hablarse de la sociabilidad del hombre, como se ha hecho siempre, pero en los términos de un ser que encierra en sí una paradójica condición, lo que Kant denomina una “insociable sociabilidad”. Así, para la política, Kant afirma que el ser humano debe salir de lo que él denomina “su minoría de edad”, y debe atreverse a pensar por sí mismo, el famoso Sapere aude, porque así conquistará su verdadera libertad y su conciencia no estará sometida a las constricciones de la religión, la tradición y la autoridad. “Atreverse a pensar” significa que el ser humano debe llevar a cabo el ejercicio crítico de la razón, y el ejercicio público de la razón debe ser protegido e impulsado por el poder político. Kant no escribió nunca una gran obra sobre filosofía política, al estilo de las tres Críticas, sino lo que se han considerado siempre y no muy legítimamente -supongo que por influencia del neokantismo- “obras menores”, como el ya mencionado Sobre la paz perpetua, un esbozo filosófico, de 1795. En los opúsculos políticos de Kant la capacidad legislativa del ser humano sobre sí mismo se funda en el carácter formal con el que Kant concibe la ética, y que se expresa en las tres formulaciones del Imperativo Categórico. Este imperativo, como principio formal y pilar inexcusable de la Razón Práctica, se extiende a la actividad jurídica y política, que no son sino grandes brazos suyos.

En Sobre paz perpetua, como se intuye por el título (también traducible por «Para la paz perpetua»), el objetivo de Kant es encontrar una estructura mundial y una perspectiva de gobierno para cada uno de los estados en particular que favorezca la paz mundial. El proyecto kantiano es un proyecto jurídico y no ético: Kant no espera que los hombres puedan volverse más buenos, así como así, más bien al contrario, sino que cree racionalmente posible evitar la maldad y la venalidad construyendo un orden jurídico mundial tal que coloque la guerra como algo absolutamente ilegal, como ocurre dentro de los estados federales. Es decir, que, como decía un maestro mío, no es que Kant de verdad crea que las guerras, las de antes, rudas y toscas, o las de ahora, sutiles e imperceptibles, puedan ser erradicadas de la Historia; lo que, cree más bien, y más cabalmente, es que pueden ser al menos refutadas racionalmente…

V- En general, la obra de Kant es de una importancia descomunal porque en ella se imprime lo que el propio autor denominó el “giro copernicano” del pensamiento occidental. Al igual que Nicolás Copérnico se atrevió a situar en el centro del sistema astronómico al sol, que antes se concebía en la periferia, y probar qué pasaría si colocamos la Tierra, que antes se pensaba que estaba en el centro del Universo, como un cuerpo más girando en torno al sol, Kant, por analogía, y en su propia expresión, planteó mediante su edificio crítico como ya no tiene que ser la función del conocimiento la que persiga a sus objetos para categorizarlos sino que son ellos, los objetos, los que giran en torno al sujeto cognoscente que así los conoce. No hay palabras para ponderar la profundidad histórica de esta transformación, en la que seguimos viviendo. Porque de esta manera Kant propició una nueva visión del pensamiento, según la cual la Razón Teórica organiza el mundo natural conforme a la estructura del Juicio, y la Razón Práctica no espera a determinar el mundo de la acción de acuerdo con la experiencia, sino que legisla a priori por medio principalmente del Imperativo Categórico. O, por decirlo toscamente, no es la Naturaleza -filósofos antiguos- o Dios -filósofos medievales- quien fundamenta la racionalidad, sino el propio Hombre, consumándose así el proceso que arranca con Descartes y que tal vez no tenga fin hasta hoy, donde hace tiempo ya que se empieza a cuestionar este enfoque (a ese cuestionamiento filosófico a gran escala, y no a hacer una instalación artística completamente estúpida o a compadecer al indígena de la Selva Lacandona es a lo que muy seriamente se le llama hoy Postmodernidad).

En este sentido, Kant no ha sido un filósofo más cualquiera, un autor plúmbeo de fraseología difícil y nomenclatura técnica que hay que aprender cansinamente en Bachillerato, sino aquel señor que ha puesto en marcha el universo de la autocomprensión del saber y de nuestras acciones tal y como hoy lo manejamos, para bien y para mal. Autores posteriores -no sólo filósofos, sino también matemáticos y físicos- objetarán este u otro aspecto de los conceptos kantianos, pero no la perspectiva de conjunto: el “giro copernicano” de la filosofía regirá en todos los saberes del mundo moderno hasta hoy, y se puede decir que no ha aparecido aún ningún Kant contemporáneo capaz de desafiarle. Es cierto que la Crítica de la Razón Pura se hizo repentinamente vieja el día en que se publicaron los primeros descubrimientos de las Geometrías no-Euclidianas, o de la Mecánica cuántica, o de la Física del Caos -a los kantianos les estallaba la cabeza-, pero creo que no sucede lo mismo con el Kant práctico. Numerosas corrientes y pensadores actuales le reivindican, y sospecho que esa revitalización irá en aumento ahora que tenemos que volver a creer en nosotros mismos frente al crecimiento del americanismo y del orientalismo –el islamismo no sé qué porvenir tiene, más que en la forma de la islamofobia tanto norteamericana como china. La Fundamentación… es un texto clave, un texto que en cincuenta o sesenta páginas realiza un portento, como lo es la enormidad de basar las normas que deben obedecer los hombres en la constitución de la racionalidad del propio ser humano, en su aspecto trascendental, es decir, válido para todo ser pensante. Parece poca cosa, parece que ya nos lo sabemos, que ha ingresado en el club de lo obvio, pero probad a contárselo a un ecologista, o a un trashumanista, o a un hinduista, o… etc, etc.

El Antropo-obsceno en el que habitamos es en gran medida kantiano, además de materialmente hiperproductivo y capitalista de la imagen. Pero eso es porque además de Kant somos también Nietzsche, al menos en Europa, y eso, ya se sabe, es más del estilo trágico/heroico propio de la estética moderna y de la política concebida como Fatalidad y Destino. Lean, lean la Fundamentación…, que es filosofía de verdad, que está a años luz de la autoayuda, que se deja entender bien y que es un prodigio…


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