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Siete vestigios de la canción-protesta



Óscar Sánchez Vadillo


Cuando, no hace demasiado tiempo, se produjeron los movimientos del 15-M, las Primaveras árabes y Occupy Wall Street, en algunos medios se hizo eco la idea de que tales novedades del espíritu contestatario en pleno s. XXI necesitaban su propio himno, al modo como catalizó a toda una generación de protestones el Blowing in the wind de Bob Dylan. La canción protesta, en sí, nos suena ya a todos como una antigualla, cosa naif e ingenua, un trasto ñoño en el desván de nuestros padres y abuelos que ya sólo es capaz de despertar como mucho una sonrisa indulgente. Joaquín Sabina, por ejemplo, que comenzó su carrera por esos derroteros, se cachondea de todo eso llamándolo “canción-próstata”, que encuentra más acorde con su edad y preocupaciones actuales. Sin embargo, muchos de aquellos autores siguen vivos, como el propio Dylan, quizá no dando tanta guerra como antes, pero sí sirviendo de recuerdos vivientes de que aquella guerra existió, y de que entonces congregaba multitudes. Las canciones protesta siguen produciéndose, lo que ocurre es que ya no se las llama así, en realidad ya no se las llama de ningún modo, yo las rebautizaría como “canciones obreristas”, a la manera de los viejos pioneros Pete Seeger y Woody Guthrie, pero me temo que eso todavía se percibe como más antañón y desfasado. En cualquier caso, allí están, sonando a lo de siempre y diciendo cosas parecidas, quizá porque siguen siendo verdad y porque la música también tiene esa función en el mundo de las playlist y del rap deprecatorio e indignado. Ahí van algunas de ellas, unas más antiguas, otras más recientes, todas conmovedoras y sin duda, me parece a mí, todavía significativas (ya sin la pretensión, es verdad, de convertirse en himnos, pero con el mismo afán de combatir con melodías cierta grave sordera social)…


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