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Por una religión de la tierra...



Óscar Sánchez Vadillo



Ante el auge de la técnica y con la Madre Naturaleza reducida otrora a materia prima y ahora a víctima propiciatoria, existen almas místicas que no se conforman con el diagnóstico de Weber y piden el retorno a un cierto sentimiento mágico de la vida. Pero lo cierto es que el mundo no se deja reencantar así como así. Más que mágico, el mundo parece ser completamente indiferente al infortunio o a la ventura de los hombres1. Y, por eso precisamente, es sagrado. Porque nuestros halagos o injurias nunca lo afectan en su núcleo, que se diría intocable desde el punto de vista de su autonomía. La mejor sentencia de Nietzsche, en mi opinión, fue aquella que rezaba: Hay que despedirse de la vida como Ulises hizo con Nausicaa: bendiciéndola más bien que enamorado (en Más allá del bien y del mal, me parece recordar). Porque, efectivamente... ¿quién se enamoraría incondicionalmente de la vida, que regala tanto cuanto arrebata con un gesto desdeñoso y soberano? Ni siquiera el superhombre, que con todo su gesto heroico y aristocrático a todo lo más que alcanza es a transfigurarla en arte y si acaso a bendecirla en un acto de aquiescencia más intelectual que emocional -lo cual, desde luego, es un eco de Spinoza: llama la atención el escaso reconocimiento que el mostachudo hace de la deuda que ha contraído con el gran judío, mucho mayor de la que explícitamente confiesa. Y si, todavía, el superhombre afirma intelectualmente el ser (=el Anillo del Devenir) es porque sabe que su punto de vista existencial es demasiado corto para juzgar la totalidad, de manera que presume -intelectualmente, repito- que debe existir una perspectiva superior desde la cual todo sucede por mor de un juego eterno que no tiene entre sus factores relevantes la felicidad humana (pongamos por caso la “risa inextinguible” frente a la matanza de héroes en Troya que sacude el cuerpo de los dioses homéricos). Morimos, pero jamás el mundo se para ni un punto por ello, ni siquiera en la más ínfima de sus partes (fue un patinazo del primer Heidegger pensar que nuestra muerte ocurre siquiera como tal, como “muerte propia” de un ser humano concreto: lo que “acontece” más bien es una transformación natural más, en concreto una deshumanización, por así llamarlo).

Ésta es, o debería ser, creo yo, la base fundamental de toda religión del futuro: la constatación de la supremacía absoluta e irrestricta del mundo frente a los deseos del individuo. Así sí que se reencanta en cierta manera el mundo, sencillamente porque es invencible, no porque sea maravilloso. El dulce Spinoza deleitándose en la espantosa contemplación de una araña devorando una mosca... ahí está el comienzo de un acto religioso, pero sólo el comienzo. Porque luego tendríamos que hablar de cómo poner del mejor modo posible a nuestro favor esa majestuosa y tremenda indiferencia natural, haciéndola diferente o diferenciada para el hombre, y esto es el resto de la religión, de una religión, por supuesto, de este mundo y que tenga a su vez por objeto este mundo. La noticia más impactante de la actualidad, la única noticia relevante hoy, en realidad, es que estamos haciéndolo al revés, estamos poniendo a la naturaleza en nuestra contra, diferenciándola intencionadamente para nuestro daño. No hay palabras -¿sacrilegio? ¿blasfemia? ¿pulsión tanática? ¿pura estupidez?- para nombrar un acto tan brutalmente suicida. De hecho, lo más “maravilloso”, lo más “mágico”, a la par que lo más terrible y peligroso de este mundo para el hombre ha sido siempre esa diminuta parte de la naturaleza que son el resto de los hombres, cosa que también, no por casualidad, puso de relieve Spinoza: homo homini Deus -el hombre puede ser como el mismo Dios para otro hombre, tanto para lo bueno como para lo malo. Sin embargo, son individuos concretos también los que impiden una religión de la tierra, un “sentido de la tierra” como pedía Nietzsche. Tanto los muy poderosos, que se resisten a dejar de echar su envite en la partida por la riqueza y la influencia en los mismos términos y con las mismas reglas que han conocido siempre, como esa inmensa parte de la población mundial que hace como que no se ha enterado, que son demasiado romos incluso para ser juzgados como desapegados o necios2. O, como lo versificaba Sylvia Plath en Tres voces:


Estos son los hombres que me inquietan

¡tienen tantos celos de todo aquello que no sea plano!

Son dioses envidiosos

que permitirán que el mundo entero se aplane con ellos

Veo al padre hablar con el hijo.

Tanta pasividad debe ser sagrada.

Déjanos crear un paraíso”, dicen

Déjanos lavar y aplanar el relieve de estas almas”.



1 Indiferente moralmente no significa desprovisto de fines o ciego, como nos quiere hacer creer la física contemporánea. Cicerón, que no era un gran filósofo (Marx dijo que Cicerón tenía tanto de filósofo como un presidente de Estados Unidos de demócrata...), hizo la siguiente observación a propósito del Nous de Anaxágoras, que aunque interesada -Cicerón ocupaba un cargo religioso en Roma- no carece de perspicacia: Nadie debe ser tan arrogante como para admitir la presencia en sí mismo de la razón y la inteligencia y negarla en el cielo y en el mundo; o como para sostener que un universo cuya complejidad casi supera el alcance de la más aguda razón no responde en su movimiento a ningún impulso racional. Al fin y al cabo, igualmente se podría preguntar, ¿por qué el sinsentido y no más bien la nada? ¿por qué el azar, y no más bien la nada?...

2 “A ello acompaña la dependencia de la pantalla en una sociedad posléxica, en la que el procesamiento de imágenes sustituye a la lectura pausada, lo que contribuye a un estado de salud mental que Fisher ya vislumbró a finales de la década del 2000 entre sus alumnos en un colegio de formación profesional británico: la hedonia depresiva, es decir, la incapacidad para hacer algo que no conlleve placer instantáneo, lo cual se traduce en un enroque en el presente”, Álvaro Castro Sánchez en https://dialektika.org/2022/04/10/hacia-una-educacion-posfordista/


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