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Opinión de otros filósofos posteriores acerca de la “Fundamentación de la metafísica de las costumbres” de Kant


Óscar Sánchez Vadillo


-G.W.F. Hegel, y, con él, Karl Marx, entienden que no hay autonomía completa en el acatamiento exclusivo del Imperativo Categórico: la Ley Moral kantiana no es más que otro amo que dicta su norma al individuo, sólo que en este caso es un amo “interior” al propio hombre. Además, en realidad el individuo aislado que obedece a su propia conciencia es o bien una falsa invención romántica o bien un efectivo renegado social. Toda persona pertenece a órdenes sucesivos de familia, comunidad, sociedad civil y Estado, cada uno de los cuales implica una reglamentación determinada de derechos y deberes. Aquel que, después de haber sido integrado en cada uno de estos niveles de eticidad reales, en cierto momento se muestra insumiso con ellos en nombre de su libertad moral inalienable, es que ha encontrado su proyección social privada imposible en un entorno problemático para ella. Lo que debe hacer entonces es luchar en la práctica por su reconocimiento en la realidad de las costumbres y legalidad vigentes, aún a costa de modificar éstas. Pero lo que no es de recibo es que se encierre en sí mismo y rechace el mundo, convirtiendo su libertad abstracta en un bastión universal de virtud –que conllevará la misantropía o la violencia, o ambas. La virtud personal y la moralidad social deben hallar un lugar de encuentro en la objetividad de un mundo ético compartido. Sólo así la autonomía de la libertad de desplegará en una doble dimensión individual y colectiva en la que coincidan, aunque para ello se precise del total desarrollo de la Historia Universal.


-Arthur Schopenhauer admite (al contrario de los anteriores y como pasando por debajo de ellos) que existe un reconocimiento de la Ley Moral por parte del individuo, pero no inmediato, sino como fruto de la experiencia dolorosa de la vida. Está de acuerdo con Kant, por tanto, en que las inclinaciones apetitivas de la clase que sean son la escoria del hombre, añadiendo que nunca podrían producir la felicidad ni por hipótesis racional –en contra de la Dialéctica Trascendental. Sin embargo, piensa también en esta misma línea que sólo en muy contadas excepciones son evitables, pues representan la absurda voluntad de vivir en estado puro, que es el constituyente fundamental mismo de cualquier ser. El hombre, en cuanto se distingue por poseer razón, es el único capaz de trascender el deseo, pero sólo al precio de renunciar a su propia vida individual. Cuando el deseo mismo pasa de ser sujeto de acción a objeto de contemplación, hay una cierta liberación semejante a la muerte del yo singular. Y esta es, para él, la prescripción máxima de la Ley Moral tal y como la interpreta desde el propio Kant. La libertad, por consiguiente, sólo se realiza ahondando en su propia ilusión.


-Friedrich Nietzsche dice que Kant, el chino de Könisberg, fue mordido por la tarántula moral que representaba en su época J.J. Rousseau, de tal manera que -prolongo yo la idea- quedo envenenado de la mentira del bien en sí. La filosofía práctica de Kant es, así, el dogma secularizado de un teólogo enmascarado (igual da permutar los adjetivos). De hecho, Kant se delata a sí mismo al demonizar las pasiones y los instintos, y al hablar del desinterés del arte en la Crítica del Juicio. El hombre moral dice “yo debo”, el Superhombre “yo quiero”; el primero se disuelve en lo universal, el segundo se afirma en sí mismo. El “reino inteligible de los fines” kantiano es una reedición antropológica del cielo de las ideas platónico-cristiano, un intento de salvar la metafísica in extremis.


-José Ortega y Gasset mantuvo al menos dos posturas sucesivas al respecto: primero comulgó con el neokantismo del fenomenólogo Max Scheler, que propugnaba una intuición a priori de valores materiales; después, se decantó del lado nietzscheano, que era más lo suyo, defendiendo un aristocratismo según el cual sólo el noble de espíritu se impone deberes, no basados en una Razón Universal, sino en la fidelidad a la propia perspectiva de la realidad. Para Ortega, Kant es el máximo exponente de un pensamiento alemán introvertido, frío e idealista, aunque genial en su género.

 
 
 

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