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Lycofrón, diario de clase, Francisco J. Fernández






Óscar Sánchez Vadillo




Quien no sigue aprendiendo es indigno de enseñar.

Gastón Bachelard

De las cosas casi innumerables y de toda suerte que Platón puso en boca de Sócrates una de las pocas que uno intuye como genuinamente propia del maestro es aquello de que una vida sin examen (se entiende: sin interrogarse a uno mismo) no merece ser vivida. Suena muy al bribón genial que debió ser Sócrates, ese señor cuyo excéntrico ejemplo inspiró directamente nada menos que cuatro escuelas de pensamiento, y que todavía en el Renacimiento era considerado el summum de la sabiduría1, no solamente eso: también el hombre modélico, ecce homo, mucho antes y mejor que cualquier individuo o individua del santoral o del martirologio cristiano supurando por las llagas o con la vista puesta en lo alto sin que hubiera presencia alguna de aviones. Hoy, ese título correspondería para nuestra juventud a “El Bicho”, o sea, Cristiano Ronaldo, que es a su manera cristiano, y por eso es también pertinente la lectura del texto que vengo a reseñar hoy. Pero independiente de eso, que retomaremos después, lo cierto es que si sólo una vida de autocuestionamiento de la realidad y de uno mismo mereciese ser vivida, entonces no solamente estaríamos deslegitimando de manera casi hitleriana la existencia del 99,999 por 100 de la humanidad pasada, presente y futura, sino que además estaríamos socavando la gran tarea de la cultura, que consiste precisamente en acomodar un cierto mobiliario de recursos y respuestas suficientes como para que la gente pueda nacer sin tener por ello que empezar de cero. Es por ello que la frase de Sócrates adquiere un muy marcado tinte de lo que es, es decir, de banderín de enganche de una secta, y de hecho así fue como conquistó al divino Platón y a unos cuantos más por el camino, con Aristóteles de culminación a la vez que de coche-escoba. Una secta es un grupo de personas que encuentran insuficiente el modus vivendi de su entorno inmediato y por eso se inventan otro al que invitan a participar a todos (a veces no, a veces tan sólo a un sector distinguido, o si no dónde estaría la gracia, dónde el pathos de la diferencia que decía Nietzsche) conforme a una serie de reglas determinadas. La primera y principal de ellas es, sin duda, siempre y en todos los casos, “déjalo todo y sígueme”, y me temo que en esto el grande y burlón Sócrates no fue ninguna excepción. Lo que ocurre es que Platón era de temperamento muy serio y sobrio ya desde su juventud, algo que tal vez le condujo a erigir un monumento a Sócrates en la figura de una Academia que muy probablemente hubiese sido objeto de la ironía del maestro, por no hablar ya de el secreto propósito de aquel augusto edificio -cuya duración en la historia de la humanidad es realmente inaudita y cuasiprovidencial: todo un milenio estuvo la Academia sin cerrar sus puertas... ¿qué institución podría acreditar semejante currículum?-, que era, si no me equivoco, devolver con creces a la democracia su crimen con una legión de Sócrates paseando por sus calles y picando noblemente el trasero de Atenas...

La filosofía, pues, no es en modo alguno una pregunta global, un interrogante apasionado o angustiado lanzado al más allá y cuyas reverberaciones harían acaso temblar las bóvedas celestes2, como nos quieren hacer creer en miles de introducciones a la materia de dudosa calidad y todos, absolutamente todos los libros de texto de la asignatura que se imparte en Primero de Bachillerato (tomándolo, sin citarlo, de Ortega y Gasset, por cierto), sino una actitud y acaso una doctrina muy concreta, minuciosamente concreta, que forjaron los griegos como armazón para una secta que como tal seguramente diese arranque con los pitagóricos. No obstante, esa secta es nuestra secta, la secta de Occidente, a tal punto que la otra secta que somos, la secta del libro palestina aquella que se nos impuso lentamente, sólo pudo formar parte del esqueleto de nuestra cultura cuando se doblegó a la dura disciplina de la filosofía clásica y helenística. Tiene, me parece, pleno sentido que la tradición3 filosófica forme parte de los planes de estudios de Cuarto de la Eso y Bachillerato, puesto que es tanto la forma y el trasfondo de nuestra cultura como el confucianismo, que no tiene nada que ver, lo fue y lo es de la cultura china, pero tiene igualmente sentido, en mi opinión, que a los chicos de quince a dieciocho años no les guste demasiado, o no se sientan especialmente atraídos por ella, ya que se trata, como digo, de una secta, y no todos están capacitados, o les apetece lo más mínimo, comenzar por hacer de su vida a tan pronta edad un asunto de continuo examen. Tal como ellos lo ven, vivir por vivir, incluso asumiendo irreflexivamente los usos y costumbres de un país rico como lo es España, es más dulce que vivir abriéndose a cada paso una fosa bajo los propios pies, y eso hay que respetarlo. El Bicho, Cristiano Ronaldo, se presenta ante sus ojos (al menos ante los ojos de la mitad masculina del estudiantado) como un ideal harto más deseable que ser Sócrates, y no únicamente por las ganancias que acarrea el estrellato del balompié. Sin embargo, hay otros chavales y chavalas, los menos, siempre los menos, a los que aún les pica la nuca un poco cuando sienten una incorrección o como un desajuste en Matrix (Platón diría la caverna, pero yo no sabría decir ahora si la filosofía no es en muchos casos ella misma una caverna...4), y a ellos se dedica Lycofrón, el texto hipotético, o sustitutivo, que Francisco J. Fernández ha concebido y publicado (en Círculo Rojo) como diario de clase de la asignatura de Filosofía en Bachillerato.

Lycofrón es un sofista del que sabemos apenas nada, y eso irrisorio que sabemos es gracias a la coronación y al tiempo coche-escoba de la filosofía clásica, o sea, a Aristóteles. Fernández coge al Lycofrón aristotélico, se lo calza como un yelmo hoplita y empieza a pensar por él, a completarlo como se completa una figura de puntos. Eso que piensa Francisco J. Fernández podría abarcar un curso entero de Enseñanza Secundaria No-Obligatoria no como realmente es, sino como debiera ser, porque la programación positiva de esa asignatura en la actualidad no es más que una divagación infructuosa y dogmática que la nueva ley educativa no ha sabido cambiar (tengo, no obstante, compañeros que lo prefieren a Segundo de Bachillerato, que del morro al rabo es todo toro, pero ya se pueden imaginar ustedes por qué). Fernández también divaga, como corresponde a la asignatura, pero me atrevería a decir que es un divagar sumamente fructuoso, y nada dogmático5. Recuerda a lo que escribía Eugeni D´Ors en su Secreto de la Filosofía (Técnos, págs. 37 y 38):

Pero si tal actitud -la hegeliana-, sojuzgada por el tiempo, opera, por decirlo así, en el vacío, hay otra posible actitud, más adecuadamente digna del filósofo, en que la previsión de lo contradictorio ni tan solo espera a que la contradicción se produzca. Incluye ya la contradicción en su propia fórmula. Y sin debilitar para nada esta fórmula, sin regatearle la adhesión de la propia fe, encumbrándola lo más alto de esta legalidad racional, por donde se ennoblece el conocimiento humano, acepta, no obstante, la existencia marginal de la contradicción. Incluye subordinadamente la tesis; y su conciliación, así, no debe recibir el nombre de "síntesis", sino, en méritos a su establecimiento de una jerárquica subordinación, el nombre de "ironía"... Y, en cuanto a títulos de nobleza, reconozcamos que, si a la Dialéctica según síntesis, éstos le vienen de Hegel, a la Dialéctica según ironía, le vienen de Sócrates (...) Así como en la composición musical, una línea melódica va acompañada de sus armónicos, sin negarse siquiera a integrar en su conjunto armónico la disonancia, así, en la ironía socrática, y, probablemente en la de todo pensador verdadero, cada afirmación se rodea de la compañía infinita de sus posibilidades de negación.


Así, es natural que un libro que se propone como un curso de filosofía anotado por un alumno al que de verdad le interesara la filosofía como estudio y práctica vital y no únicamente como especialidad académica esté recorrido por esas contradicciones irónicas que hacen de verdad la filosofía filosofía, y no una rama entre otras de unas presuntas Humanidades que nadie sabe bien cuáles son, de dónde han salido y para qué demonios -o a qué demonios- sirven. Fernández en Lycofrón, o soñando ser él mismo Lycofrón, lo mismo tematiza el ser (einai, esse) de la metafísica, que desarrolla una cuestión de lógica formal, aporta una aproximación sobre la concepción aristotélica de la mujer6, arroja sombras sobre las teorías políticas más trilladas7 o glosa su estancia juvenil en Berlín. Pero no lo expone él, como autor, sino un bachiller que bajo pseudónimo va desgranando en su casa, y diligentemente, lo que va escuchando en clase, un ejercicio de narratividad insólito que desafía al lector (pero que no es ajeno al pensamiento mismo: nada menos que Aristóteles, o Ferdinand de Saussure, nos han llegado así) y que está entre lo más original de la obra. Una obra sin índice, sin andadores, parágrafo a parágrafo, seguro y firme, con un estilo llano y claro, haciendo sendero y no caverna, montando pieza a pieza ese aparato de seducción de jóvenes discípulos en que siempre ha consistido la filosofía (recuérdese que Sócrates fue condenado en parte por eso), y conforme a la definición de D´Ors, en su obra mencionada, cuando afirmaba que “filósofo es aquel que no reputa nada humano ajeno a la filosofía, gracias al cual se encuentra la misma siempre en comunicación abierta con la vida y con la historia” -Ibídem, 1947, pág. 12. Porque eso, señores, es la carne y la sangre de la secta, de nuestra secta, esa de la que estamos hechos, algunos queriendo y aposta, otros sin querer y como dejándose llevar. Lean, lean este Lycofrón, diario de clase, y quizá echen de menos volver a las aulas a aprender de nuevo a filosofar, pero esta vez de verdad...

1 Al margen de las opciones teológicas, la polémica entre Erasmo de Rotterdam y Martín Lutero siempre tendrá al primero más del lado de nuestro corazón aunque sólo fuere porque Erasmo amaba la antigüedad y Lutero la denostaba.

2Una visión, si se mira bien, muy religiosa, propia de Pascal o de Kierkegaard, y tal vez por eso tan socorrida.

3 “Tradición” proviene de tradere, dar o entregar, que adopta una acepción jurídica en Cicerón, una pedagógica en Quintiliano, una más específica de “narración por memoria” en Tácito y una en forma pasiva -lo así transmitido- en Aulio Gelio, pero que, naturalmente, no obliga, o no debiera obligar, a los receptores a asumirla necesariamente o sin crítica.

4 Y tanto que lo es, en la mayor parte de los casos, y de las peores. Uno se mete por un agujero que lleva a un subterráneo lujoso -el lujo es siempre una ordinariez, la más cruel de las vulgaridades- donde hay inscripciones por las paredes iluminadas por antorchas donde se lee “potencia del falo”, “significante”, “biopoder”, “cuerpo sin órganos”, “molar”, “cis-normativo” et alia y ya no es necesario que vuelva a ver la luz del día -esto es, de la realidad- nunca jamás.

5“Dogma” en griego corriente no significa más que afirmación, sin que esa afirmación pretenda ser válida más allá de su propia formulación casual, pero equivale ya con Epicuro a doctrina filosófica, refiriéndose a las afirmaciones cerradas y sin posibilidad de debate que configuran el correoso credo adversario de los estoicos, y así pasa sin modificación alguna a Roma. En otra acepción posterior, aún más rígida, “dogma” es la decisión tomada con fuerza de ley, pero que en ocasiones puede ser considerada una convención y por tanto estar todavía conexa a doxa, opinión. El término asoma peyorativo en Filostrato: para él, en efecto, “dogmático” es sentencioso (por ejemplo, los médicos dogmáticos versus los médicos empíricos). Entrada ya la era cristiana, San Justino se refiere como “dogmáticos” a los artículos de fe que buscan parangonarse con los filosofemas paganos, pero no mucho después “dogma” implica de manera inequívoca lo que hoy desgraciadamente entendemos por dogma, es decir, el objeto de una declaración solemne de la magistratura papal.

6Semejante, pero menos especiosa que la de Juan Benet en En la penumbra: “La mujer es un engaño: un engaño de la naturaleza que no podría haberse desarrollado como se ha desarrollado sino hubiese tenido en su mano dos papeles (...) Si no tuviera dos papeles todo sería verdad y eso no puede ser, sería insoportable. Y más que eso, estéril. Porque la variedad (no la fecundidad) necesita dos papeles y entonces, lo quieras o no, se introduce el engaño. Entonces uno es más que otro y uno de ellos tiene que engañar. A la fuerza. La diferencia y el engaño son la misma cosa”.

7 En el espíritu un tanto huraño (y es que el cariz de los tiempos tampoco da para mucho más) de Rafael Sánchez Ferlosio, me parece a mí, en Vendrán más años malos y nos harán más ciegos -ediciones Destino: “El que quiera mandar guarde al menos un último respeto hacia el que ha de obedecerle: absténgase de darle explicaciones” y/o “Tolerancia no, como si cualquier credo fuese bueno dentro de sí mismo, sino todo lo más indulgencia, porque lo que sí es seguro, cuando menos, es que todos son malos fuera de sí mismos”.


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