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LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN LAS REDES




A juicio de la filósofa Monique Canto-Sperber, la libertad de expresión –piedra filosofal de Occidente desde Voltaire, Stuart Mill o Spinoza– se encuentra en grave peligro. Individuos, grupos o instancias oficiales la avasallan, desplegando las tijeras de la censura contra todo conferencista, profesor, artista o simple usuario de Twitter sospechado de herir la sensibilidad de públicos de los cuales se proclaman voceros, mientras que en las universidades la “cultura de la cancelación” a la norteamericana se exporta desde hace un tiempo con más facilidad que las producciones de Netflix.


Al mismo tiempo, otros aprovechan de esa libertad de expresión permitida en las sociedades democráticas para proferir sin cesar mensajes hostiles a los inmigrantes, los judíos o los musulmanes: mensajes y discursos que ayer habrían arrancado exclamaciones de indignación y que hoy no escandalizan más a nadie e incluso terminan por suscitar adhesiones. Otros, por fin, niegan a los dibujantes de prensa o a los medios de comunicación el derecho de criticar partidos políticos o religiones, respondiendo con sangrientos atentados dignos de la antigüedad.


Es imposible que haya libertad de expresión cuando existe un discurso dominante Semejante situación no podía dejar indiferente a Monique Canto-Sperber, defensora de la libre confrontación de las ideas y del debate contradictorio, admiradora además de Jorge Luis Borges al punto de que –durante una visita a Argentina– buscó un hotel en la misma calle en la que vivió el célebre escritor. Su último libro, el ensayo 'Sauver la liberté d’expression' (Salvar la libertad de expresión), aparecido en Francia en las ediciones Albin Michel, se lee como un llamado a reaccionar. A su juicio, es evidente que los límites sociales y jurídicos de ese ideal históricamente tan caro a Occidente han perdido vigencia en una época como la actual, en la cual las redes sociales multiplican al infinito la posibilidad de hablar, transformando la vox populi en árbitro y juez caprichoso e inapelable. “Es imposible que haya libertad de expresión cuando existe un discurso dominante”, insistió durante una entrevista con La Nación, en París.


¿Cuáles son concretamente las amenazas que pesan hoy sobre la libertad de expresión?


En otras épocas, la libertad de expresión estaba amenazada por el poder del Estado y las autoridades constituidas, en particular religiosas. Hoy se ve atrapada por dos movimientos opuestos. Por un lado, en nombre de la libertad, asistimos a la expresión más extrema del odio verbal, estimulado por la extraordinaria difusión que permiten los medios digitales y las redes sociales. Por el otro, existen fenómenos de censura inspirados por corrientes sociales muy fuertes, que pretenden imponer su concepción de lo que se puede decir y lo que no. Las presiones ya no vienen tanto de las autoridades constituidas, sino de esos grupos o asociaciones que utilizan incluso la intimidación, lo que los hace muy difíciles de combatir.


A su juicio, son sobre todo las universidades las incubadoras de esos movimientos radicales que traban la libertad de expresión. ¿Por qué? ¿Cómo fue que el espacio universitario, que debería ser abierto, cambió de naturaleza?


La universidad siempre fue un lugar de debate, donde las relaciones de poder jugaban un cierto papel. En ese medio, el principio de base es que si alguien piensa que una tesis es falsa, escribe un artículo para refutarla. Pero, a partir de los años 2000, cada vez que se trata de cuestiones que van desde las minorías hasta la relación entre sexos, pasando por los valores del pensamiento llamado progresista, se dejó de refutar para directamente impedir hablar.

En esa práctica de la censura, grupos militantes de estudiantes se han mostrado de una temible eficacia. Cuando esto comenzó a ocurrir, comprendí que el fenómeno se propagaría al conjunto de la sociedad. Y eso es exactamente lo que sucede: hay grupos o comunidades que pretenden arrogarse el derecho de decidir lo que se puede decir y lo que no en materia de palabra pública.


Usted habla de Francia. Pero ¿se puede decir que el mismo fenómeno se registra en las universidades estadounidenses?


En esto la sociedad francesa es muy diferente de la de Estados Unidos. Las universidades norteamericanas están muy integradas a la sociedad. Algunas tuvieron cupos de admisión para las minorías hasta los años 50. Después aplicaron numerosas formas de discriminación positiva, a riesgo de estigmatizar así, involuntariamente, a esas mismas minorías. De ahí el hecho de que, en los años 70, la única forma de integrarse para un estudiante perteneciente a un grupo minoritario era volverse invisible, negar una parte de su identidad. En Francia, por el contrario, la universidad moderna fue organizada a fines del siglo XIX a partir de un modelo republicano que niega toda discriminación, privilegio de clase o de origen. Por otra parte, fue una creación del Estado.


Pero, volviendo a la presión ejercida por esos grupos, ¿no es esa, con frecuencia, la única forma de hacerse oír?


En las universidades, y más ampliamente en la sociedad, nace a veces la reivindicación de un lenguaje que traduciría los valores de un grupo de presión o de una cultura, al precio de un control del uso de ciertos términos. Algunas formas de hablar pueden ser señaladas como marcas de desprecio o falta de consideración por las minorías. Sin embargo, es necesario recordar que el idioma es un elemento neutro, que no tiene por qué reflejar valores morales de tal o cual asociación militante. De lo contrario, la lengua dejaría de permitir el debate para encerrarse en el círculo de las certezas. El mayor beneficio de la libertad de expresión es el de permitir la diversidad de opiniones, con excepción de las expresiones condenadas por la ley. Que se tenga convicciones y se las defienda apasionadamente está muy bien. Pero no se puede privar a los otros de la posibilidad de pensar otra cosa. No es haciendo callar a los detractores que se demuestra la veracidad de una convicción.

A partir de 2005, cuando Monique Canto-Sperber era directora de la prestigiosa Ecole Normale Supérieure (ENS) de París, también se vio confrontada a ese tipo de situación. En 2011, por ejemplo, decidió prohibir una conferencia que llamaba a boicotear el Estado de Israel, así como la organización de una semana de manifestaciones llamada Apartheid Israel. “En ambos casos, consideré que se trataba más de propaganda que de un llamado a debatir”, precisa. A su juicio, “si la tesis del boicot podía ser discutida en el marco de un debate contradictorio, de ninguna manera podía ser lanzada bajo la forma de un llamado a la movilización en el seno de una institución pública de investigación y formación”.

¿Por qué usted afirma en su libro que los principios que fundan la libertad de expresión han dejado de estar adaptados a la realidad contemporánea?


A mediados del siglo XIX, el filósofo británico John Stuart Mill (1806-1873) definió las reglas de la libertad de expresión: cuando es libre, el debate contradictorio puede conducir a una forma de autorregulación espontánea de la palabra. Las falsedades, los propósitos aberrantes o absurdos terminan siempre por ser criticados y neutralizados. Pero, en aquella época, eran pocos quienes tenían acceso a la palabra pública y todos compartían el mismo código lingüístico. Entre radicales y reaccionarios, el debate era posible. En nuestras sociedades pluralistas y fragmentadas, ya no solo se enfrentan los argumentos, sino también las identidades, y eso impide el debate. Además, se pone en tela de juicio la neutralidad idiomática como medio donde las opiniones opuestas pueden confrontar. ​Desde un punto de vista liberal, afirma Canto-Sperber, aquello que el intelectual norteamericano Mark Lilla bautizó “la política de las identidades” lleva necesariamente a la parálisis. En democracia, un ciudadano puede recusar las preferencias personales de su interlocutor y refutar sus ideas utilizando argumentos y códigos identificables por todos. Pero no puede negarle el derecho de pensar lo que quiera. “Cada uno va al cielo por el camino que prefiere”, decía Voltaire. Canto-Sperber cita el ejemplo del Consejo de Estado francés, máxima autoridad de la nación, que rechazó las condenas pronunciadas en 2016 por varios tribunales administrativos contra el uso de la burkini. Los jueces habían estimado que esa prenda islámica expresaba la convicción, por parte de quien la llevaba, de que la mujer es inferior al hombre: “Violar la libertad de conciencia de un individuo para perseguir sus convicciones e imponerle una interpretación a sus acciones es contrario a los valores de la república”, argumentó la alta instancia en su decisión. “Terminemos con la guerra moral en torno a la hegemonía de la palabra”, repite una y otra vez Canto-Sperber, que pone en el mismo nivel a los que afirman que “ya no se puede hablar de nada” y a los censores que reivindican un progresismo antiuniversalista que pretende fijar sus propias normas.

En este contexto, ¿cuál es el papel de las redes sociales?


Tampoco hay un verdadero debate en las redes sociales. El modelo económico de las plataformas depende de la utilización de algoritmos que destacan los mensajes más compartidos, con una fuerte carga emocional, casi siempre de cólera. Eso produce una distorsión que hace imposible todo debate, todo propósito que ponga el acento en los hechos o invoque la razón.


Entonces, ¿cómo definir los nuevos contornos de la libertad de expresión?


En la tradición liberal, todas las opiniones están permitidas, salvo aquellas que son perjudiciales para los demás. Pero ese principio ha dejado de ser suficiente. El daño que provocan las injurias raciales, por ejemplo, no depende solo del perjuicio objetivo causado a alguien: también puede afectar directamente las normas colectivas, contribuyendo a banalizar los prejuicios racistas e, incluso, a cambiar el límite de lo que es aceptable en una sociedad.


También existen expresiones que, jugando con los estereotipos, las alusiones o las referencias, son odiosas sin llegar a ser injuriosas. Es necesario distinguir aquellos propósitos transgresivos, que pueden herir, pero deben ser tolerados como elementos del debate pues su fin no es el de reducir los otros al silencio. Toda la dificultad reside en distinguir los daños y perjuicios, por ejemplo las amenazas de muerte o las injurias, sobre todo raciales, de las ofensas, que desestabilizan pero no impiden replicar.


¿Y para eso cuál es el mejor instrumento?


En ese contexto, la justicia es un instrumento indispensable, aunque no basta. En el mejor de los casos, la justicia decide indemnizar a las personas injuriadas, pero no da la palabra a aquellas a las que se ha obligado a callar. Sobre todo, porque la sanción judicial llega tras un largo periodo, mientras que las presiones ejercidas a través de las redes sociales reducen al silencio en forma inmediata. Todos esos indicios demuestran que es necesario repensar la regulación de la libertad de expresión.


Pero usted no es muy partidaria de una mayor intervención del Estado como elemento

regulador.


En efecto, estamos ante un dilema. Si el Estado multiplica las leyes para prevenir el uso delictivo de la palabra, podríamos encontrarnos rápidamente en una sociedad de la censura. Imponer a las redes sociales obligaciones en la persecución de mensajes dudosos podría conducir a una “supercensura”. Por el contrario, si el Estado no hace nada, la voluntad de hegemonía de los grupos de presión puede conducir al caos.

Y entonces, ¿qué hacer?


Una tercera vía consistiría en insistir en la importancia del debate, pues es justamente así como se puede discutir y oponerse con armas iguales o equivalentes. La libertad de expresión no define solo el hecho de poder hablar, también significa que aquel a quien uno se dirige conserve la posibilidad de responder. Restituir esa dimensión del debate podría ser una solución: muchas asociaciones se esfuerzan actualmente para restablecer ese concepto en la red.


¿Qué podrían hacer, por su parte, los usuarios de las redes sociales?


Los actores privados, ya sean usuarios o anunciantes, también pueden jugar un papel considerable. Es necesario que se hagan oír si sus anuncios o mensajes se ven asociados a discursos complotistas o falsas informaciones. Esto podría tener un peso decisivo.


Usted decía al comienzo de esta entrevista que no puede haber libertad de expresión cuando existe un discurso dominante. ¿Cómo evitarlo?


Una condición indispensable es establecer cierta forma de competencia en el debate equilibrado de ideas. Una situación que no existe en la actualidad. En efecto, es imposible que haya libertad de expresión cuando un discurso ahoga todos los demás. Los internautas que rechazan la carrera a la “viralidad” y la violencia que esta permite deben poder acceder a otros tipos de redes sociales. La libertad de expresión es un problema, pero también es una solución. A condición que el debate no sea deformado. En otras palabras: la libertad puede provocar esos excesos en el discurso, pero también es el único medio de combatir esos mismos excesos. LUISA CORRADINI LA NACION (ARGENTINA) - GDA


Fuente:

https://www.eltiempo.com/cultura/musica-y-libros/hay-grupos-que-se-arrogan-el-derecho-de-decidir-lo-que-se-puede-decir-607379

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