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La invención de Esquines: del Diálogo como Arte Mayor de la Filosofía



Lo que hace que algo sea una conversación no es el hecho de habernos enseñado algo nuevo, sino que hayamos encontrado en el otro algo que no habíamos encontrado aún en nuestra experiencia del mundo.

Hans-Georg Gadamer



Óscar Sánchez Vadillo


En la apertura de esa película supertaquillera y formidable con la que el -otrora- enfant terrible del cine independiente norteamericano, Quentin Tarantino, abrió (como un inmaculado sobre lacrado, lleno de promesas, es seccionado repentinamente por un cuchillo sucio y mellado) la filmografía de la década de los noventa, Reservoir Dogs (1991), el ojo de la cámara gira en torno a la mesa de una típica cafetería norteamericana barata donde los protagonistas departen más o menos amigablemente acerca del exacto sentido atribuible a la letra de una canción de la superestrella pop Madonna. Y hay que decir que lo hacen con verdadera pasión -tanta como salacidad, todo hay que decirlo-, o, cuando menos, con ese insensato calor con el que el aficionado a la ópera glosa las virtudes de sus intérpretes favoritos o el hincha futbolístico crítica la irresponsable y funesta alineación que el entrenador de su equipo ha seleccionado para el próximo partido. Ardor insensato e improductivo, incontinencia verbal desmedida, desde luego, por cuanto que ni al hincha, ni al enamorado del bel canto, ni al “Señor Marrón”, les va nada en ello o, como solemos decir, “les va a sacar de pobres” el acierto o el error en la evaluación del buen o mal estado del objeto de su afición. Y, sin embargo, podemos adivinar que piensan de vez en cuando en ello de un modo completamente desinteresado, casi sin poder ni querer evitarlo -como un remanso abierto por la erosión en la corriente de su conciencia-, cuando cambian la rueda del coche o cocinan o se dirigen al trabajo (el hecho, precisamente, de la peculiaridad del “trabajo” desempeñado por los personajes de Reservoir Dogs hace más sugestivo, implica un efecto dramático más hábil, supuesto el conocimiento del espectador de las convenciones genéricas del cine negro, el pueril y mentecato interés de unos delincuentes poco recomendables por el secreto de una cancioncilla comercial: nos mueve a risa en el centro mismo de la tensión, sin que por ello la tensión afloje un ápice, todo lo contrario, truco al que Tarantino volvería a sacar partido sin reticencia alguna en Pulp Fiction). Pero lo interesante ahora de esta observación psicológica elemental es preguntarnos si podríamos imaginar una efusión similar recorriendo el espinazo del ciudadano corriente -y no necesariamente criminal- aplicada, en vez de al fútbol o al llamado “mundillo del corazón”, pongamos por caso, al reino de la Filosofía, sus problemas y lo que sí nos va en ellos ¿Alguien se figura un grupo de trabajadores o amigos de cualesquiera estrato social almorzándose una sopa en un bar y discutiendo enfervorizados -o displicentes- acerca de los misterios y recovecos de la última y eterna cuestión filosófica? ¿Y por qué demonios no?...


De hecho, el diálogo ha sido el órgano expresivo de la Filosofía y también de la Ciencia casi desde sus respectivos inicios, que son enteramente coincidentes. Diógenes Laercio cuenta en sus estupendas Vidas de los filósofos ilustres que fue un tal Esquines, el hijo del que fabricaba longanizas en Atenas -seguimos entre platos…-, y discípulo de Sócrates en el siglo V a.C., el primero en dar forma escrita a las sabidurías conversadas de su maestro. Es verdad que Esquines tiene nombre de futbolista del franquismo, pero a él debe mucho Platón, que utilizó el diálogo filosófico a espuertas a fin de darse a sí mismo la opinión y quitársela a los demás. Lo que ocurre es que Platón sentía celos de Esquines, por si acaso estaba más cerca de la estimación de Sócrates que él, y de ahí que nunca le reconociese la paternidad del invento. Además, Esquines tenía cierta reputación de plagista, no sabemos si merecida o no. En cualquier caso, fue Platón quien elevó el diálogo a la grandeza, componiendo al menos 36 grandes piezas dramáticas en las que trató magistralmente de todo lo humano y lo divino, poniendo a la sociedad ateniense de su tiempo como telón de fondo. Qué sea el diálogo en tanto condición esencial, y no accidental, del pensamiento, lo enuncia él mismo en su diálogo Teeteto poniéndolo en boca, como casi siempre, del inolvidable y sin par Sócrates:



Teeteto. -¿Qué entiendes por pensar?

Sócrates. -Un discurso que el alma se dirige a sí misma sobre los objetos que considera. Un hombre no sabe muy bien aquello de que habla, pero me parece que el alma, cuando piensa, no hace otra cosa que conversar consigo misma, interrogando y respondiendo, afirmando y negando, y que cuando se ha resuelto, sea más o menos pronto, y ha dicho su pensamiento sobre un objeto sin permanecer más en duda, en esto consiste el juicio. Así pues, juzgar, en mi concepto, es hablar, y la opinión es un discurso pronunciado, no a otro, ni de vida voz, sino en silencio y a sí mismo. ¿Qué dices tú?

Ese "¿Qué me dices tú?" final delata que, a pesar de lo dicho, el diálogo nunca acaba con uno mismo y precisa de los demás. La Filosofía, la Ciencia, son, pues, en contra de lo que Platón mismo pensaba y muchos todavía piensan actualmente, actos sociales. Con la diferencia sobre los intercambios verbales corrientes de que en el diálogo filosófico el tema a tratar es la naturaleza de esta o aquella fracción del mundo, más que de las inquietudes ombliguistas de los interlocutores mismos. Una fracción del mundo o su totalidad, si ambos contertulios se atreven a tanto, con el fin expreso, claro, de hallar su verdad, independientemente de quien tenga la suerte de aflorarla en el diálogo, como dijo en una ocasión Jorge Luis Borges en conversación con Osvaldo Ferrari:

Con el correr de la conversación he advertido que el diálogo es un género literario, una forma indirecta de escribir... El deber de todas las cosas es ser una felicidad; si no son una felicidad son inútiles o perjudiciales. A esta altura de mi vida siento estos diálogos como una felicidad... Las polémicas son inútiles, estar de antemano de un lado o del otro es un error, sobre todo si se oye la conversación como una polémica, si se la ve como un juego en el cual alguien gana y alguien pierde. El diálogo tiene que ser una investigación y poco importa que la verdad salga de boca de uno o de boca de otro. Yo he tratado de pensar, al conversar, que es indiferente que yo tenga razón o que tenga razón usted; lo importante es llegar a una conclusión, y de qué lado de la mesa llega eso, o de qué boca, o de qué rostro, o desde qué nombre, es lo de menos.

De ser así, el diálogo es la clave a la vez que el resultado de la civilidad, ya que sólo puede darse cuando otras formas violentas de aclarar las diferencias entre los hombres han cesado. Como escribió Elías Canetti, la primera prueba de respeto hacia los seres humanos consiste en no pasar por alto sus palabras. Aristóteles, discípulo de Platón, una de las cabezas más portentosas que hayan existido, también uso del recurso del diálogo, pero desgraciadamente esas concretas obras suyas se han perdido en el transcurrir histórico, aunque quien las leyó afirmaba que eran "oro molido". San Agustín de Hipona puso las bases de la Teología Católica mediante diálogos, y a través de diálogos, también, Galileo Galilei las hizo tambalearse poniendo la visión cristiana del Universo patas arriba. George Berkeley convenció al propio Borges y muchos más de la inexistencia de la materia en un diálogo, y G.W. Leibniz cuestionó seriamente la filosofía cognoscitiva y liberal de John Locke en los dialogados Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano. Los enciclopedistas Denis Diderot y Voltaire compusieron diálogos, y los estamentos del clero y de la nobleza se les echaron encima en la medida en que pudieron. En el siglo XX Mijaíl Bajtín estudió el estatuto del diálogo en las novelas de Dostoiévsky creando una teoría general de la polifonía del discurso humano que puso en jaque al Formalismo ruso de su época, y uno de los mayores filósofos de todos los tiempos, Martín Heidegger, compuso él mismo diálogos al final de su vida. Precisamente fue el pensamiento de Heidegger el que inspiró la Hermenéutica de Hans-Georg Gadamer, que cifra en el diálogo entre las tradiciones y/o las culturas toda la esperanza de alcanzar un sentido pleno y definitivo para la vida de los hombres, de modo semejante a las propuestas de Acción Comunicativa de Jürgen Habermas. Los ejemplos, en fin, podrían multiplicarse. Lo importante, en cualquier caso, es que un diálogo filosófico no viciado por intereses o prejuicios previos demasiado marcados nunca se sabe dónde nos podría llevar. Su virtualidad es infinita, porque llega un punto, como señalaba Heidegger, en que ya no hablan los interlocutores mismos, sino el Lenguaje en cuanto talque se despliega en sus palabras. Por esa razón es altamente improbable que una buena conversación llegue a una conclusión o que termine siquiera allí donde empezó. Decía André Malraux que, en una discusión, lo difícil no es defender nuestra opinión sino conocerla. Y aunque sólo sea por eso, por aclararnos a nosotros mismos, merece la pena dialogar en buena compañía. (Más aún: la "buena compañía" se define por su capacidad de proporcionarnos una conversación estimulante, aunque se trate de esos peligrosos hampones imaginados por Tarantino, y ese es, después de todo, el secreto atractivo de la Filosofía pese a sus muchas y exclusivistas rarezas: que nos trae ante una compañía, en muchos aspectos, mejor).

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