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La eucaristía democrática del libro




Óscar Sánchez Vadillo


Quien lee poco sólo puede sentirse un poco ignorante;

hay que leer mucho para sentirse ignorante del todo.


Neorrabioso




La promoción habitual de una nueva publicación pasa siempre (al menos desde la Santa Transición, que es en parte de lo que se viene a hablar aquí) por seducir al posible comprador con las virtudes toxicológicas del ejemplar a adquirir. Te dicen algo así como “en cuanto empieces a leerlo, no podrás parar”, como si el volumen en cuestión -ha de ser un volumen bien grueso de papel malo, ya que contiene toda un plétora de personajes inolvidables, vínculos familiares y enredos sentimentales- fuera una substancia de esas que comercializa un cartel colombiano, o como si leer fuera algo capaz de hacerte olvidar el mundo, a la manera de unas vacaciones en el resort norteamericano de Guantánamo. La naturaleza de ese anzuelo, en realidad, lo que delata es que nos aburrimos tanto leyendo, en el ojo de huracán de un mundo que nos asedia con otros mil entretenimientos vertiginosos, que necesitamos que nos prometan que se nos va a pasar sin sentirlo y que vamos a terminar cuanto antes. Será entonces cuando podamos ya, liberados, hacer lo contrario de lo que deseaba Paul Morand, es decir, no “viajar por viajar, en vez de viajar por haber viajado”, sino leer por haber leído, y no por simplemente leer… Lo que ocurre es que si el libro se ve forzado a constituirse en una mercancía de rápido consumo, eso limita los géneros literarios a la novela y la autoayuda, específicamente a la novela de intriga y a la autoayuda tipo decálogo mosaico, aunque la primera se vista de novela histórica o policíaca y la segunda de autoconfesión de llagas del pasado y autosuperación personal. A su vez, la fungibilidad del libro restringe también la creatividad del autor, que se ve obligado, si quiere vender y vivir de ello, a aumentar el ritmo de su trama, a aliviar su prosa de adornos y cargas descriptivas, a buscar las temáticas más atípicas o morbosas posibles y a titular su obra con una frase tentadora y ambigua. El resultado de todo eso describe una situación, en mi opinión, que se asemeja bastante a lo que Pierre Klossowki teorizaba acerca del arte en general, pero ahora convertido en industria cultural en serie:


(…) No hay original, el modelo de la copia es ya una copia, la copia es una copia de la copia; no hay más máscara hipócrita porque el rostro que encubre la máscara es ya una máscara, toda máscara es sólo la máscara de otra; no hay un hecho, sólo interpretaciones, cada interpretación es la interpretación de una interpretación anterior; no hay sentido propio de la palabra, sólo sentidos figurados, los conceptos son sólo metáforas disfrazadas; no hay versión auténtica del texto, sólo traducciones; no hay verdad, sólo pastiches y parodias. Y así hasta el infinito.


El libro entendido como alimento de la sensibilidad, como una especie de sacramento laico que nos purgará el alma de tentaciones políticamente incorrectas aunque lo que el libro cuente nada tenga que ver con la realidad que nos rodea ni menos todavía con la que no nos rodea directamente, pero que nos hiere a distancia, como las flechas de Apolo en la Ilíada. Hace poco terminé, sin mucha ni poca prisa, un libro más bien breve para lo mucho que pretende masticar acerca de los grandes chanchullos y redes clientelares de las últimas décadas en la parte rica del mundo, y específicamente del deepstate de la política española manejado por la mano en la sombra del (famoso y conocido, conforme a la distinción terminológica que practica el propio libro) excomisario Villarejo. Se titula, justamente, Villarejo, el emérito de las cloacas, y se subtitula “todo es dinero, menos el dinero, que es poder”, co-escrito con buena pluma y valentía por los periodistas Gloria Elizo y Pablo M. Fernández Alarcón para la Editorial Escritos Contextatarios el pasado año. No voy a destapar aquí nada de su atroz contenido, únicamente que está escrito con un estilo de crónica negra, ironía desengañada y ritornello trágico que encaja muy bien con las fechorías que relata. Es ese tipo de libro que no abunda, porque ayuda poco a comulgar con la fe democrática en la humanidad o con la concepción fetichista del libro (para eso, creo que Irene Vallejo is back, y tiene nueva cosa suya en las tiendas...) Tal vez lo mejor de los horrores narrados aquí -sean bien fundados o sean sólo hipotéticos, pero altamente probables estos últimos- sea la descripción de la “transición” puramente nominal de las fuerzas de seguridad del franquismo a la “normalidad” democrática, es decir, aquello de “el mismo perro con distinto collar”. De ahí que tanta porquería acabe por recalar en la alcantarilla de las grabaciones del Fouché español, el eximio José Manuel Villarejo, el hombre del momento, el manufacturero máximo del bulo, the man who knews too much… La carrera delictiva de Villarejo, en cualquier caso, parece haber llegado a su fin, precisamente porque al tratar de extorsionar al otro emérito digamos que ha tocado techo, y bastante tiene ya con salir medio bien parado de esta, tal como se da a entender al final de este libro.

Pero a lo que yo quería llegar, además de a recomendar la lectura de este gran trabajo periodístico, es a que no es cierto que el libro sea siempre la hostia consagrada que confirma al buen ciudadano en la rigurosa obediencia democrática, y aún es menos cierto que “libro” equivale a “novela”, específicamente a novela de evasión o de autoexhibición moral. La lectura es una práctica reflexiva, no espídica, se parece más a cavar concienzudamente que a subirse a una montaña rusa, y una práctica en general que no busca un escape o lenitivo de la realidad, sino una inclusión más profunda y consciente en ella. Puede suceder, claro, que un libro intranquilice más que otorgue serenidad, como en el aquí mencionado, donde quizá el lector descubra que la democracia como tal está tal vez por estrenar. Que el libro no es una mercancía como todas las demás lo muestra bien a las claras el hecho de que es la única entre las muchas cosas que se venden que se pueden encontrar gratis en un almacén abierto a todos que llamamos Biblioteca Pública (“yo no tengo ideología, tengo biblioteca”, como dijo aquel...) Con todo, se debe leer y no únicamente informarse en medios audiovisuales o Internet, aunque sólo sea por ir adquiriendo, con la edad, esa actitud tan sana a la que remiten los versos del poeta ruso, fallecido hace unos años, Evgueni Evtuchenko...


Quiero ser un poco anticuado para que el tiempo no me borre,

para que no se avergüencen los muertos de mí, ellos,

que conocían el antiguo y buen sentido de la vida.

Quiero ser escrupuloso, un poco raro y cortés, a la manera antigua,

pero, conservándome sensible y refinado,

quiero mantener frente a la ruindad la antigua y buena opinión.


Quiero ser erudito y fino, vivir sin creer en el brillo de las frases falsas,

escuchando tan sólo la voz de la conciencia,

la que nunca traiciona, antigua y buena voz.

Quiero ser eternamente joven,

pero de los que recuerdan las lecciones de los años pasados.

Quiero aconsejar como un antiguo y buen abuelo

a los jóvenes que aún están soñando.


Así escribo, hundido en mis pensamientos.

Y, para transmitirles todo esto a ustedes,

acude en mi ayuda un yambo, ya cambiado, pero que sigue siendo el antiguo y buen yambo. 


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