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La cosa de los espíritus...




No estás completamente abandonado: los espíritus de la muerte, en la vida, te buscan y, en la muerte, te rodean.

Edgar Allan Poe

Óscar Sánchez Vadillo


Esta mañana preguntaban en un programa de radio de esos de matar el tiempo los domingos por la mañana si aceptaríamos habitar una casa (supongo que había que imaginarse una aislada y de dos pisos a la manera de Psicosis o Poltergeist...) en la cual se hubiera cometido un asesinato. Sorprendentemente, la gente respondía que no, en vez de preguntar a cuánto les rebajarían la hipoteca. También mis alumnos -y con ese plural me refiero a todos lo que he tenido, que se me van relevando a la misma edad y cada vez más frescos mientras que yo envejezco y me canso, como los persas del Paso de las Termópilas-, al menos hasta Segundo de Bachillerato, creen en la existencia de los espíritus, y quien más quien menos ha experimentado un fenómeno sobrenatural o afirma que lo sufrió un pariente cercano. Y es curioso, porque cuando yo era niño todos habíamos visto alguna vez un ovni, y respecto de los ovnis lo del retorno al fantasma como alma en pena casi parece un retroceso nostálgico...

Pero es que España es un país ultracatólico, nos guste o no a Manuel Azaña y a algunos de nosotros, y el catolicismo siempre ha empastado bien con la creencia en los espíritus aunque representasen para la Santa Iglesia Pediátrica intrusismo numénico, porque tanto monoteísmo como animismo alimentan la esperanza en otro plano de existencia preparado sólo para nosotros, los humanos, invitados especiales por lo visto del Más Allá. A mí me encantaría encontrar pruebas de que tal plano se profundiza en una tercera dimensión e incluso se abomba en una cuarta, ya que eso supondría que hay aventuras que correr después de los treinta y misterios que descubrir después de los cuarenta. Otra vida, gimiente, ululante, o engrilletado a una bola de preso es otra vida al fin y al cabo, con nuevas reglas y pasiones y sin la hipoteca esa a la que me refería antes. Recuerdo que fiar de la presencia inquietante pero seductora de los espíritus le parecía al gran Thomas De Quincey (en Del asesinato como una de las bellas artes) una muestra de generosidad intelectual, pero lamento decir que no es posible, ¡ojalá! La refutación de los seres condenados de ultratumba es, me parece, facilísima: nadie ha contactado en una güija con Franz Schubert para consultarle el final de la Sinfonía Incompleta, o con Lee Harvey Oswald para saber de una maldita vez qué balazo fue el suyo y cuál no, por poner ejemplos no muy relevantes. Si los espíritus estuvieran ahí, en su limbo gótico, ¿cómo es que ningún o ninguna médium han preguntado al Capitán Flint dónde demonios está enterrado su tesoro, o a Pierre Fermat como se demostraba su famoso Teorema, en vez de esperar cinco siglos a que se resolviera por la vía difícil?

En cambio, la señá Paca habla desde el más allá a través del médiumpara amonestar a su parentela porque se han repartido su herencia a torta limpia, pero aun así les echa de menos, e informa de que allí en las regiones tenebrosas hay mucha compañía y un calorcito divino. No digo que una cosa sea menos importante que la otra, sólo que resulta extraño que nadie haya sacado negocio de los grandes secretos de la historia (entre ellos, qué hacen ahí en el ultramundo, cómo pasan el tiempo y demás, y si les afecta el Cambio Climático). Cualquiera que de verdad tuviese contacto con los espíritus, por nimio que fuera, recabaría para sí un poder extraordinario, y por ese motivo Hitler y su camarilla -sobre todo el imbécil de Heinrich Himmler- se tomaron muy, muy en serio la caza y captura de reliquias y talismanes de todo el mundo, como puede verse en En busca del arca perdida o en Siete años en el Tíbet. Sin embargo, y como todos sabemos, no les sirvió de mucho, afortunadamente. Es tontería, sí, todo este asunto, pero a mí que me asusten, venga, que acogeré a las apariciones como una promesa de la vida entendida como una matruska rusa: cada encarnación envuelta por otra más amplia hasta el infinito. No habría muerte, lo cual entonces no tiene mérito -afrontar la muerte para que luego no haya muerte, imaginaos qué estafa. Porque yo soy cobarde como el que más, pero tú eres un pelín descerebrado, Scooby-Doo...


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