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Hilvana y Charolo, a propósito de "Lycofrón" de Francisco J. Fernández

Actualizado: abr 6

Por José Patiño


Mi antiguo camarada Francisco J. Fernández ha tenido que buscarse la vida autoeditándose su última obra, Lycofrón. Diario de clase (Círculo rojo, 2021). No me quiero poner metoposcópico, pero, alabancioso como es, seguro que le hubiera gustado más ganar el premio Anagrama u otro parecido, pero es que desde siempre le ha costado estar a la altura de los tiempos. ¡Bienvenida no obstante esa

extemporaneidad preilustrada! Suturada a lo político la filosofía actual, sus reflexiones no tienen acomodo fácil en ella, aun cuando algunos de los temas que toca (monstruos, individualidad de lo sexual o posibilidad de una política emancipatoria) coinciden sorprendentemente con asuntos de tan delicuescente como rabiosa actualidad, lo que apenas le perdono. Menos mal que es como si todo ello lo dijera desde un eutrapélico salón barroco y menos desde un cursi simposio para pensar el presente, esa cosa. Curiosa trayectoria en todo caso cuando está claro por otra parte que se siente heredero de cierta tendencia filosófica que se forjó en la España de la pre y post Transición (esos maestros de entonces aparecen aquí y allá en el volumen: la verdad, casi un homenaje a esa generación que más o menos estaba presente en la antología de Javier García Sánchez, Conversaciones con la joven filosofía española, Barcelona, Península, 1980 o aquella otra de González Sainz, Porque nunca se sabe, Barcelona, Laia, 1985), hoy sepultada por modas (las corrientes filosóficas son tan volubles como las salsas, decía Cioran) que la puentean so pena de ignoratio elenchi. Señalaré en lo que sigue algunas claves que creo haber descubierto en este singular diario (que no es por cierto, aunque lo parezca, un roman à clef o cum clavi, a pesar de llegar a citarse al novelista latino John Barclay, el Barclayo, que decía Baltasar Gracián), diario que por fortuna no leerá nadie pero que releeremos con pueril fruición algunos, así como algunas imprecisiones sintomáticas. Además, algún consejo, si es que no admonición, de tipo narrativo para esa segunda parte que parece que está ya escribiendo. Diré para empezar lo que más me ha gustado; aquello que supone por otra parte su mayor talento, es decir, el rigor de su lógica narrativa. Para mi sorpresa, ha alcanzado cierta pureza barojiana (ese Baroja evocado varias veces a lo largo del diario) y ha sido muy cuidadoso con las diferentes voces que recorren el volumen (hasta el punto de que leemos Lycofrón cuando lo escribe el maestro y Licofrón cuando el discípulo o tildar sólo cuando lo hace el primero y no hacerlo cuando el segundo), pintando bien los personajes hasta la anagnórisis final. Desde un punto de vista conceptual, sin embargo, Fernández no es tan fuerte y aunque sea verdad que estaba justificado que el nivel de problematización fuera bajo, dado que está dirigido a alumnos de primero de bachillerato, también lo es que se permite omisiones que me permito censurar, además de algunos olvidos imperdonables (incluso propios, y eso que aprovecha para peerse en botija cada vez que puede, maguer delicado como doncella). Empezando por lo último, era necesario consignar en algún lugar que la idea de resucitar a un presocrático procede de una vieja noticia de los años setenta: cuando Fernando Savater y Agustín García Calvo tuvieron la ocurrencia. Muchas veces, de mozos, hablamos de ello. Está claro que Lycofrón no es un invento, pero según mi parescer aquel frustrado proyecto se encuentra detrás de este intento por resucitar al viejo sofista ignoto y traslapado. Por otro lado, es absolutamente incomprensible que no se cite la Apología del sofista (Taurus, 1981) del propio Savater. Por lo que hace a lo primero, Fernández ha sido muy hábil a la hora de solucionar sus propias dificultades teóricas: se conforma con atribuirselas al sansirolé del discípulo, Clitofonte (nombre que ya aparecía en Ossa Leibnitii, Madrid, Akal, 2015, y que evoca un personaje de la República de Platón al par que un diálogo espurio). Pretende convencernos de que siempre hay algo más tras de lo que el alumno escribe, pero cabe dudar de ello. De alguna manera el propio Fernández viene a reconocerlo cuando declara al final del libro, ante sus alumnos, que no hay idea de la idea, que no hay concepto del concepto. Lo primero es platónico, claro está; lo segundo, hegeliano, aunque quizá no estuviera mal recordarle que, en la segunda parte de la Ciencia de la Lógica, es decir, la Lógica subjetiva o la Doctrina del concepto, Hegel declara explícitamente que esa parte será algo así como el concepto del concepto (cfr. G. W. F. Hegel, Ciencia de la Lógica, vol II, edición de F. Duque, Abada Editores, 2015, p. 131). Fernández tiene razón después de todo, pero me hubiera gustado comprobar que era capaz de exir airoso de esa molesta objeción. Cuestiones de este estilo se repiten por doquier; se parece aquí a su admirado Ortega, dejándolo todo a medias, como ave gallinácea que corriera más que volara. Es cierto que consigue un efecto no desdeñable: exhibir elípticamente un saber ausente redunda en cierto atractivo intelectual (nietzscheanamente: escribe como si guardaras un secreto), pero no deja de ser una promesa permanentemente diferida que a mí me solivianta, tal vez por sensibilidad exagerada. No soy inicuo al decirlo, pues cierto es que Fernández no ha prestado nunca demasiada atención a las buenas explicaciones, sino a la potencia de las verdades: las percibe bien y consigue convocarlas, aun cuando después, cuando toca tentarse los pulsos, se le escurran como el agua de un cesto (sin embargo de que creo que Jacques Jacotot, al que admira, no le censuraría). En cuanto a esa prometida segunda parte, solo recordar un peligro que también ha rondado en esta primera, dada la polifonía, y que mal que bien ha sobrepujado: el de que el lector simpatice más de la cuenta con algún sujeto de la enunciación en particular. Si eso ocurre, y es lo que hay que evitar, las demás enunciaciones se resienten. Estoy seguro de que esta contingencia sabrá solventarla, oxeándola. Recuerdo ahora que una vez Fernández me contó que por parte de abuela era Charolo y por parte de abuelo, Hilvana. No querría incurrir en sevicia, pero en cierto sentido nada más pertinente: brilla y no cose, aunque, después de todo, ¿quién lo hace?




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