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¡Deslecorbusierizar el mundo! (a propósito de Ricardo Bofill…)



Óscar Sánchez Vadillo


Hay que tener mucho cuidado con las personas que usan pseudónimo. Platón, Calígula, Federico Barbarroja, Gengis Khan, Voltaire, Lord Byron, Lenin, Stalin, y un largo etcétera, son apodos de grandes personajes que han trascendido históricamente tanto por sus grandes méritos como por su incontenible ambición. De hecho, excepto Calígula y Barbarroja, los demás de entre los sobrenombres mencionados han sido adoptados voluntariamente por el interesado, como para mostrar al mundo que esperaban de sí mismos un gran destino. Así mismo, el arquitecto, pintor, escultor y teórico Charles-Édouard Jeanneret-Gris adoptó a partir de los años veinte el pseudónimo de Le Corbusier, porque sabía, a ciencia cierta, que era un genio incontestable y que ese hecho no podía en absoluto pasar desapercibido para el mundo. Pero una cosa es que el mundo reciba y reconozca al genio como lo que es, y otra muy distinta que al genio no le baste con fascinar a sus contemporáneos, sino que, como Napoleón Bonaparte, pretenda también sojuzgarlos. Le Corbusier conquistó el éxito en su profesión casi desde el principio, y su carrera fue larga y fulgurante, pero no le pareció suficiente. Él quería, acuñando una expresión que no existe, lecorbuserizar la Tierra, so pretexto de extender la utopía del modelo urbanístico, arquitectónico y mobiliario del Funcionalismo Moderno. Él de verdad creía de buena fe que el Movimiento Moderno (en el s. XX, por cierto, hay que tener mucho cuidado también con los idearios que se presentan como “movimientos”) era mucho más que una manera de cobijar a la gente, y estaba profundamente convencido de que trasformar el hábitat de la humanidad produciría automáticamente un cambio en el carácter de la propia humanidad. Con esa quimera en su extraordinaria cabeza, viajó por todo el mundo buscando un acaudalado o poderoso patrocinador que le dejara manos libres y financiación sin límites (ser el Colbert de un Rey Sol, decía; o “qué buen vasallo si hubiera buen Señor”, como diríamos nosotros con palabras del Poema del Mío Cid) para rehacer el aspecto visible de la corteza terrestre, y menos mal que no lo consiguió. Lecorbuserizar el mundo, como platonizar el mundo o leninizar el mundo, sólo puede ser la pesadilla de una mente megalómana, ese tipo de personas que se sienten demasiado valiosas e inteligentes como para morir. Hay que decir que, después de la Segunda Guerra Mundial, Le Corbusier en particular se percató de su error, y aunque todavía trató en los últimos estertores de su ambición de lecorbuserizar la India, en líneas generales inició el repliegue hacia un arte más intimista, más local y lo que sería casi un sacrilegio mencionar aún siquiera en su mera memoria: más, ciertamente, posmoderno...



El suizo Le Corbusier había sido, junto con el alemán Mies Van Der Rohe -ojo: otro nombre autobautizado...- los principales exponentes del llamado Estilo Internacional. Erigían construcciones magníficas, bellísimas, originales y admirables, pero nos querían hacer creer que no eran nada de eso, sino que representaban el Esquema Transcendental de la Habitabilidad humana, por así decirlo. Es algo semejante a lo que Kierkegaard dijo de Hegel, aquello tan bueno de que Hegel sería el más grande de los filósofos tan sólo con que hubiera antecedido sus obras con la frase "todo esto no es más que un experimento del pensamiento". Igualmente, tengo la impresión de que el Movimiento Moderno hubiera sido doblemente grandioso de haber inscrito en sus manifiestos la leyenda: todo esto no es más que una tentativa de alta cultura y elevación artística referida a la arquitectura. Por desgracia, no fue así. Le Corbusier, más que nadie (pero también, sin ir más lejos, Walter Gropius y la Bauhaus), se sintió el Mesías que venía a anunciar un Nuevo Hombre, el Hombre del Mañana cuyas dimensiones exactas venían prescritas por su célebre Modulor. De ahí, en mi opinión, el feroz antisemitismo y las simpatías de Le Corbusier (o la equidistancia de Mies van der Rohe) por el nazismo, ya que allí donde crees estar incubando el huevo de un futuro y flamante Homo Excelsior, también crees adivinar obstáculos por todas partes, palos en las ruedas colocados por colectivos abyectos e impuros que frustran desde las sombras tus sueños una y otra vez –y por eso hay que tener cuidado también con los transhumanistas actuales, que aún no han mostrado sus garras... Como se sabe, Le Corbusier llegó a ofrecerse a trabajar para el gobierno colaboracionista de Vichy, lo cual pudo haberle costado perfectamente la reputación, pero tal pecado le fue perdonado tácita y furtivamente (por mucho menos, sin embargo, por un estúpido discurso en Friburgo y habiendo renunciado a su carné del partido ¡cinco años antes de la guerra! se lleva crucificando a Heidegger tres cuartos de siglo). No obstante creo personalmente que es normal, que Le Corbusier no hizo en esto más que dejarse llevar por una lógica intrínsecamente perversa. Si uno piensa en términos de que está siendo el artífice de una Nueva Era, de que por fin se está contribuyendo a implantar el plenum de la racionalidad humana sobre la Tierra, entonces es inevitable primero interpretar el pasado como preparación o como culpa, y segundo, imponer tu ideario a cualquier precio, puesto que lo que se está jugando es nada menos que la moralización completa del porvenir. Visto así, Le Corbusier no diseñaba edificios, diseñaba, en efecto, “máquinas de habitar” que se correspondían a los grandes artefactos (los buques, automóviles y aviones de Hacia una arquitectura) recién desarrollados en su tiempo. El Estilo Internacional no era, pues, únicamente un “estilo”, sino toda una soteriología, toda una doctrina material de la salvación humana…


https://youtu.be/agef9ZQflvs


Frente a ello, no es de extrañar la reacción de Robert Venturi en 1962, todavía vivo Le Corbusier. Digamos que forzosamente alguien tenía que hacerlo. Venturi dijo justamente eso, que la arquitectura no viene a decir al mundo como debe ser, sino que se limita a describir cómo es y desde ahí tratar de mejorarlo. La diferencia es, filosóficamente, como de la noche al día[1]. Venturi fue la antistrofa absoluta del modernismo, sin por ello dejar de acoger también al modernismo en su seno ni dejar de admirar la obra de Le Corbusier, ya que en esto consiste el núcleo de lo posmoderno -tan mal comprendido actualmente-: en que, al relativizar el monologismo moderno, lo que obtienes no es un antagonismo de modelos inconmensurables, qué disparate (¿y dónde viene teorizado eso?), sino permanecer también abiertos a lo moderno como una posibilidad más del pluralismo morfológico, de modo semejante a como operó el Neoclasicismo musical de principios del s. XX. El programa del matrimonio Venturi y sus socios (que hasta en esto son pluralistas, pensando a seis y hasta ocho cabezas, y aunque Venturi murió hace cuatro años, sin embargo Denise Scott-Brown sigue viva[2]…), en su parte propositiva, consistía en no desplazar de sus barrios a los más pobres para erigir viviendas aisladas, elitistas e ilegibles como terminaban siendo queriéndolo o no las del Funcionalismo; reivindicar el modo de habitar “ordinario” de la gente (yo traduciría más bien por “espontáneo”); emplear sin complejos el pragmatismo más directo a la hora de edificar en un contexto dado; fomentar la participación de los habitantes en la rehabilitación de los barrios ya existentes; el uso discreto, no indiscriminado -o sea, no necesariamente el exhibicionismo barroco y capitalista de Las Vegas tomado como ejemplo extremo[3]-, de esos mismos símbolos y ornatos con los que, de nuevo espontáneamente, las personas, los gobiernos y las empresas revisten sus negocios, sus sedes y sus calles... A mí es que, lo siento, esta opción me convence mucho más. Yo, personalmente, no deseo que una arquitectura o urbanismo planificados me salven de mí mismo o condenen el pasado arquitectónico de la humanidad al museo de lo atrasado/inservible. Se dice que la Post-modernidad de Robert Venturi es “historicista”, pero porque no se comprende bien el término. “Historicista” es el Movimiento Moderno, puesto que entiende que el paso del tiempo engendra fases diferenciadas del Espíritu Humano en su conjunto (Bildungen, digamos) que pueden ser netamente colocadas las unas después de las otras, y por tanto las unas por encima de las otras. Así, el funcionalismo piensa como San Agustín: hay un antes y un después del MoMo como hay un antes y después de Jesucristo, y la secuencia no es reversible. En cambio, desde la óptica de Venturi sencillamente la Historia deja de existir. A él le es tan contemporáneo Palladio como Mies va der Rohe (Mies es menos, se comenzó a decir entonces), en tanto que ambos representan posibilidades constructivas con las que seguir jugando hoy aunque bajo una cierta responsabilidad respecto de los usuarios potenciales. El funcionalismo, como se sentía responsable tan sólo al nivel del Homo Excelsior, de un cierto Ich baue kantiano, descuidaba enteramente la población concreta de cierta zona del mundo. La filosofía constructiva de Robert Venturi vino, tal como yo lo veo, a subsanar esa enorme laguna, porque yo, de verdad, no querría vivir en un frío palacio de cristal y hormigón concebido a la manera de cajas de habitabilidad como casas de muñecas parametrizadas, preferiría vivir en edificaciones que tenga rostro, fachada, personalidad, color, y que se encuadren en el marco localista de mi vecindario, y creo que conmigo mucha más gente. En una entrevista en 1991 con Fresh Air, Venturi dijo que el modernismo era “simplicidad, consistencia, minimalismo, estricta rigidez, no la aceptación de la contradicción. Todas esas cosas hechas no en nombre de una pureza hermosa, sino en nombre de una pureza muerta”. La pureza para los ángeles, como escribió Jorge Guillén…


https://youtu.be/6QyXtzj13K4


Entre esa gente que siente que el humanismo universalista del Movimiento Moderno escondía, sin duda involuntaria o inconscientemente, una deshumanización del arte como la promulgada por Ortega y Gasset en los años veinte -Mies van der Rohe, no por casualidad, leía mucho a Ortega-, estaba Ricardo Bofill, que falleció ayer a avanzada edad. Ricardo Bofill, como Robert Venturi o Denise Scott-Brown, no es un alias, sino un nombre real. Quizá por ello hoy el diario El País ofrece una cita suya que encaja como una moldura en la argumentación de estas líneas: “Que la arquitectura no puede salvar al mundo lo supe con 35 años. Pero todas las profesiones que avanzan reparan. Para curar una cosa es necesario arriesgar otra. A mí me estimula la invención. Son las diferencias lo que salva. Toda Europa como Alemania sería una aberración. Lo mismo en arquitectura. No todo lo que se haga desde un despacho tecnológico de Londres tiene que valer para todos los lugares del mundo. Imponer un estilo a otras culturas es una locura”. Bofill fue, en el mismo sentido que Venturi, populista[4]. De ahí su vocación por construir vivienda popular, y no sólo elegantes y geométricas mansiones. El populismo arquitectónico es extravertido, mientras que el funcionalismo es introvertido, por usar la terminología de Carl Gustav Jung. Las utopías sólo son admisibles cuando se saben fragmentarias, cautelosas y gradualistas, como las quería Karl Popper, de lo contrario te echas en brazos del Rey Sol de turno. La arquitectura, el interiorismo y el urbanismo moldean, alabean, curvan el Espacio/Tiempo de la convivencia civil, y en este aspecto la posmodernidad es einsteiniana, en tanto que el funcionalismo es newtoniano. La posmodernidad es una retórica, no una ciencia, pero una retórica al servicio del hombre común. Le Corbusier fue en cierto modo como el código Dogma del cine danés de los noventa: prescribía normas que luego su propia creatividad desbordada le impulsaba a incumplir. Ricardo Bofill no ha sido el único arquitecto español cosmopolita, antes estuvo Josep Lluís Sert y sigue entre nosotros Óscar Tusquets. Yo, desde aquí, y siendo completamente lego en la materia, propondría que enterrasen a Bofill en el Cementerio Brion de Carlo Scarpa, que es muy bonito, que sería un privilegio, pero que en cierta manera es lo suyo…



https://youtu.be/PIpAciVAdns



[1]Imposible no citar entero el maravilloso frontispicio de Complejidad y Contradicción en la Arquitectura, traducción de Gustavo Gili, Barcelona, 1972: Me gusta la complejidad y la contradicción en arquitectura. Pero me desagrada la incoherencia y la arbitrariedad de la arquitectura incompetente y las complicaciones rebuscadas del pintoresquismo o el expresionismo. En su lugar, hablo de una arquitectura compleja y contradictoria basada en la riqueza y la ambigüedad de la experiencia moderna, incluyendo la experiencia intrínseca al arte. En todas partes, excepto en la arquitectura, la complejidad y la contradicción se han reconocido; desde la demostración de Gödel de la incompatibilidad final de las matemáticas al análisis de la poesía ‘difícil’ de Tomas Stearns Eliot y a la definición de las características paradójicas de la pintura de Joseph Albers.

Pero la arquitectura es necesariamente compleja y contradictoria por el hecho de incluir los tradicionales elementos vitruvianos de comodidad, solidez y belleza. Y hoy las necesidades de programa, estructura, equipo mecánico y expresión, incluso en edificios aislados en contextos simples, son diferentes y conflictivas de una manera antes inimaginable. La dimensión y escala creciente de la arquitectura en los planteamientos urbanos y regionales aumentan las dificultades. Doy la bienvenida a los problemas y exploto las incertidumbres. Al aceptar la contradicción y la complejidad, defiendo tanto la vitalidad como la validez.

Los arquitectos no pueden permitir que sean intimidados por el lenguaje puritano moral de la arquitectura moderna. Prefiero los elementos híbridos a los ‘puros’, los comprometidos a los ‘limpios’, los distorsionados a los ‘rectos’, los ambiguos a los ‘articulados’, los tergiversados que a la vez son impersonales a los aburridos que a la vez son ‘interesantes’, los convencionales a los ‘diseñados’, los integradores a los ‘excluyentes’, los redundantes a los sencillos, los reminiscentes que a la vez son innovadores, los irregulares y equívocos a los directos y claros. Defiendo la vitalidad confusa frente a la unidad transparente. Acepto la falta de lógica y proclamo la dualidad.

Defiendo la riqueza de significados en vez de la claridad de significados; la función implícita a la vez que la explicita. Prefiero ‘esto y lo otro’ a ‘o eso o lo otro’, el blanco y el negro, y algunas veces el gris, al negro o al blanco. Una arquitectura válida evoca muchos niveles de significados y se centra en muchos puntos: su espacio y sus elementos se leen y funcionan de varias maneras a la vez.

Pero una arquitectura de la complejidad y la contradicción tiene que servir especialmente al conjunto; su verdad debe estar en su totalidad o en sus implicaciones. Debe incorporar la unidad difícil de la inclusión en vez de la unidad fácil de la exclusión. Más no es menos.

[2] Documento inapreciable de este tándem perfectamente compenetrado es: https://youtu.be/u4RJcNHWu7Y

[3] Por tanto tampoco necesariamente las ulteriores derivaciones dementes del deconstructivismo, la arquitectura rizomática y el High Tech, que en el fondo son tan monumentales y poco habitables como el estilo moderno.

[4] No obstante, en Aprendiendo de Las Vegas, 1972: Estamos convencidos de que la arquitectura del pueblo como el pueblo la quiere (y no como algún arquitecto decida que la necesita el hombre) no tienen posibilidades hasta que penetre en las universidades.


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