top of page
Buscar

Comentario al libro VI de Ética a Nicómaco, Aristóteles


Óscar Sánchez Vadillo


El contenido del presente fragmento consiste enteramente en una recapitulación de lo expuesto con anterioridad en el tratado acerca de la práctica de la excelencia (areté), en vista a establecer posteriormente que la felicidad (eudamonía) no radica en la obtención de diversión y placeres, como se cree habitualmente, sino en una acción (práxis) conforme a la virtud (areté, otra vez, puesto que el término puede ser traducido de ambos modos ya que son sinónimos)1. Porque, en efecto, poco antes Aristóteles ha argumentado que la felicidad no puede ser considerada una pasión, puesto que las pasiones son éticamente neutras, es decir, no pueden ser juzgadas en su manifestación pura, o sea, antes de su realización en una determinada práctica; ni tampoco, así mismo, en una facultad, ya que éstas se poseen o no se poseen, pero ello en nada modifica la valoración que nos merezcan las actividades a que dan lugar. En cambio, lo que sí puede y debe ser juzgado moralmente es el hábito, en tanto que es por el hábito que hemos escogido y la firmeza con que lo mantenemos que podemos ser calificados según cierta virtud o cierto vicio concretos (ejemplo no aristotélico: si yo no puedo evitar tener la pasión de ser agresivo, ni la facultad de no pasar miedo en una pelea, será el cómo use ese factor lo que se estime moralmente de mí: no será lo mismo que eso me convierta en un maltratador o líder skin a que lo utilice para ser antidisturbios o funcionario de prisiones).

De esto se sigue para Aristóteles que las acciones en que se articula nuestra vida han de estar apoyadas en el hombre que somos para adquirir sentido, ya que no se califica de bueno a alguien por una acción buena casual (por continuar con nuestro ejemplo, si Jesús Neira es agresivo, y emplea su facilidad para la violencia en defender a una dama en apuros, este hecho aún no nos confirma que sea noble y caballeroso, pues habría que observar si siempre que saca a relucir su genio lo hace con tan loables propósitos). Al mismo tiempo, es la repetición de nuestras acciones en una dirección deliberada y constante lo que termina por convertirnos en virtuosos, pues en origen ningún hombre es bueno o malo por naturaleza. De manera que hay una suerte de biimplicación entre nuestros actos y nuestro carácter, por así decirlo, siendo así que los unos construyen a los otros y viceversa, siempre que decidamos libremente regirnos por la razón de acuerdo con el criterio del término medio relativo a nosotros –y no por una extraña norma ideal, a la manera de Platón.

Desde luego que Aristóteles reconoce que existen muchas virtudes diferentes (honestidad, fortaleza, sabiduría…), pero entiende también que sólo son depositarias de la suprema felicidad alcanzable por el hombre aquellas que constituyen un fin (télos) en sí mismas, de modo que su ejercicio no persiga otra cosa que su propia consecución. Así, como buen griego, descarta como potencialmente felices las actividades productivas (poiéticas), dado que en ellas el fin está puesto fuera y al término de ellas, en la obra o producto finales –y que, por consiguiente, desprecia como propias de esclavos, aunque estuviesen realizadas con la máxima destreza. Tampoco aprecia demasiado aquellas virtudes que sólo pueden desenvolverse en un contexto de utilidad (la fortaleza es útil para la guerra, por ejemplo), porque en éstas también su excelencia suele estribar en su mera y crasa funcionalidad. ¿Cuáles son, entonces, las virtudes más altas, esas que perfeccionan al hombre en su tarea más propia e irrenunciable? Pues precisamente en las virtudes intelectuales, tal y como quería Platón -no hay que olvidar que Aristóteles es filósofo, no sofista, por eso el criterio de la utilidad le chirría bastante después de todo. Sólo en la vida contemplativa (biós theorétikos) el ser humano se encuentra a sí mismo en plenitud -cualquier animal puede exhibir fortaleza, pero no inteligencia-, pero con una gran diferencia respecto de Platón, que es que la filosofía por sí misma no asegura la virtud, sino al revés: la virtud conduce finalmente a la filosofía (por tanto, el conocimiento es una finalidad de la política, no un medio para llegar hasta la justicia; hay que rectificar a Platón para cumplir a Platón). Y la filosofía, como toda otra virtud, es una práctica seria y esforzada, no un pasatiempo ni un juego, en la que el placer se da siempre por añadidura, que es lo que se quiere venir luego a demostrar.



1 Esta Ética estaba dedicada a su hijo fallecido, aunque Aristóteles escribió otras, y en la lectura de este capítulo en concreto se puede percibir claramente el aire de oralidad que todavía conservan estas páginas redactadas como apuntes de las clases del Liceo, en las que seguramente el maestro no tenía intención de sentar doctrina permanente como sí lo haría en sus diálogos exotéricos lamentablemente perdidos.

 
 
 

Comentarios


bottom of page