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Atajos filosóficos (149-154)



Óscar Sánchez Vadillo



149- (El hombre de la multitud) ¿Conocéis el chiste? Un amigo le dice a otro: “Tío, ¿te acuerdas de aquella vez que estuvimos en el Amazonas, y para cruzar el río construimos una balsa, y a mitad de camino fuimos atacados por los cocodrilos, y tú luchaste con uno, y le sujetabas el cuello con un brazo mientras que con el otro le metías el remo en la boca?”; a lo que el amigo responde: “Pues ahora no caigo, mira...” El chiste -libremente recreado- es tan bueno porque ciertos sucesos son en sí mismos memorables, y resultaría ridículo nivelarlos con cualesquiera otros por muy tergiversados o exagerados que se cuenten. Esa es la base eterna de la grandes narraciones, históricas o ficticias, si es que hay diferencia entre las dos. El relato corto, en cambio, es una invención más reciente que consiste en fijar esos “cualesquiera otros” hechos pequeños e irrisorios que en sí mismos no tendrían relevancia hasta que el ojo clínico del escritor los realza para obtener de ellos verdades de mayor amplitud. El escritor de relatos -la metáfora es de uno de los más conspicuos- es “el hombre de la multitud” de las ciudades modernas, que persigue otras vidas aislándolas de la muchedumbre, para devolverlas al término una vez más a la multitud indistinta. Se pueden tomar muy seriamente las recomendaciones de Chéjov, Quiroga u otros, pero, en mi opinión, sólo situándose -sólo perdiéndose- en la multitud urbana se escribe la primera palabra de un cuento moderno (¿o fue Walter Benjamin quien lo dijo?)

 

 

 

 

 

150- En el tiempo, no tan lejano después de todo, en que fatigaba la web consultando diariamente mi puesto en la lista de interinos, encontré un trabajo de portero/conserje en un edificio de oficinas pegado a La Bolsa de Madrid. Venía a sustituir al de toda la vida, que se jubilaba y no de muy buen humor, según parecía, pues se largó sin instruirme en sus muchas e intríncadas tareas. De modo que allí estaba yo de seis y media de la mañana (daba miedo abrir las oficinas a oscuras, y más con Jiménez Losantos en los auriculares, que por aquel entonces no conocía e imaginaba como un reviejo solitario de malísima baba pero de fácil verbo mascando una colilla) a la misma hora del otro lado el meridiano, aplacando el vacío con libros y radio, hasta que el administrador se percató de mi poca disposición para el oficio. Era un jefazo entre varios de los que ocupaban el inmueble, y que, como los demás, llegaba emperifollado pero en moto, que sigue estando todavía de moda entre el cuello blanco madurito, y por su cargo gastaba una mala hostia que te cagas. Ni dos meses tardó en echarme, y sin avisar, una tarde en la que iba yo a por un renuevo en mi uniforme de lacayo y me informaron de que mis servicios ya no eran necesarios. Pero la relación con el carquilla ese me deparó un instante casi glorioso, que tuvo lugar cuando me reprochaba lo sucios que estaban los cubos de basura (por lo visto, también había que limpiarlos por dentro):

 

-Usted que es filósofo, supongo que habrá oído hablar de Diógenes, ¿no?

-¿Laercio o de Sínope?

 

Todavía hoy no logro concretar cuál de los dos se pasó más de listo en aquel momento. O de tonto.

 

 

 

 

 

151- Detrás del papeleo más rutinario se esconde normalmente una gran maquinaria de poder. Me refiero en este caso al lenguaje con el que los profesores de a pie debemos comunicarnos con las altas instancias educativas. Tanto para redactar la programación del curso, como para presentar un proyecto, para facilitar la clase a un alumno que “no llega”, o para cualquier otro menester, existe una plantilla de explicación por la que todos han de pasar. Para dar cuenta, por ejemplo, de nuestro propósito de enseñar a nuestros alumnos a sumar (objetivo), hace unos años debíamos consignar diferenciadamente que los alumnos aprendían la suma (concepto), a sumar (procedimiento) y a enfrentarse acertadamente ante las sumas (actitud), para lo que intentaríamos que los alumnos hicieran muchas sumas (estrategia de aprendizaje), a base de hacer nosotros sumas en directo para que puedan imitarnos (estrategia de enseñanza). También deberíamos especificar que, para aprobar, los alumnos debían resolver correctamente la mayoría de las sumas (criterios de evaluación), y que podríamos llegar a saberlo haciéndoles resolver muchas sumas que nosotros posteriormente corregiríamos (procedimientos de evaluación). Ahora, una gran revolución educativa de despacho nos ha “invitado” a profundizar en este paripé y a añadir a todo lo anterior (contenidos), que la finalidad de nuestro trabajo consiste en que nuestros alumnos alcancen la capacidad para resolver una suma en el caso de que se les presente una y quieran resolverla sin ayuda de calculadora (competencia). Si uno se imagina lo tediosa que puede ser la explicación de cada contenido del curso en estos términos, puede uno figurarse, acto seguido, lo muy interesados que deben leerlas nuestros superiores…

Como es obvio que nadie explicaría así las cosas ni a sus alumnos, ni a sus padres, ni a los compañeros de profesión, ni a nadie, el único sentido de todo esto es que gente que no sabe nada acerca de nuestro trabajo pueda permitirse opinar sobre él y juzgarlo como tantas veces ocurre. Imagino la cantidad de reuniones, viajes a Bruselas y a Bolonia en primera clase, despachos y gabinetes articulados para conseguir dar a luz todo el asunto de las competencias… Y a todo esto, a pie de clase, la Enseñanza sin barrer.

 

 

 

 

 

152- Un buen coleccionista, loco hasta la médula, no es aquel que se compra los primeros fascículos de septiembre de “la mineralogía al alcance de la familia” y luego abandona, sino más bien ese cuya ambición es infinita, y de verdad se patearía el mundo, escalaría montañas y descendería a minas por hacerse con un ejemplar raro -no Indiana Jones, para el que el coleccionismo es un macguffin. Alguien que habría hecho de la caza y captura de minerales el objetivo de una vida que nunca tiene bastante, y al cual la muerte sorprende siempre con la colección sin terminar, como es natural. No se da cuenta, el coleccionista, de que lo único que hace es trasladar objetos de un lugar a otro, reuniendo lo que antes estaba espontáneamente disperso para tenerlo a su disposición y protegerlo como si de una gallina con sus polluelos se tratase. Pero en este caso los polluelos no se agotan jamás, y el más codiciado no puede ser sino el que aún no se posee. Ni siquiera aspira, el coleccionista, a hacerse con un muestrario de las mejores adquisiciones de una clase o género, lo quiere todo, y cuánto más escaso más preciado, aunque luzca en pésimas condiciones de uso (ese single de The Troggs que se agotó en 1980, desgastado, mellado y sucio: una verdadera joya). De hecho, la única excusa de Dios frente al mal y la demencia del mundo, la única teodicea posible, sería que hablásemos de Él como del Coleccionista Supremo del Universo…

 

 

 

 

153- (Sigmund) Charlando con sus acólitos acerca de la experiencia clínica y los secretos de la psique humana el maestro se encendió un largo y grueso puro. Ellos escrutaron el cigarro con perspicacia psicoanalítica, comenzando a preguntarse por qué el conquistador del inconsciente lo mascaba y rechupaba con esa delectación. Entonces Freud, algo molesto, algo nervioso, se vio en la necesidad de atajar al inquieto discipulado: “A veces, un puro sólo es un puro...” Así lo cuentan. Dos moralejas: primero, cuidado con quién te escucha, que en ocasiones te cree...; y segunda, un árbol de navidad no es un árbol de navidad.

 

 

 

 

154- (¡Vive en una piña debajo del mar!) El surrealismo siempre fue cosa de niños. Ahora es para niños, en esa estupenda serie de la esponja/mecano (Bob, como el gran Pato de Pocoyó, es metamorfo) de la que he visto demasiado pocos -no es contradicción- episodios. Un crío con corbata cuya mayor pasión es un amigo medio tonto y que acude entusiasmado al trabajo a que le explote su patrón todos los días: todo lo restante es también genial. Pero lo mejor es que ha vencido con mucho a los horribles mangas para público infantil en los que lo que mola es convertirse en monstruo cachas con armadura sin más personalidad que echar rayos por los ojos. No los ha barrido, desgraciadamente, sólo ha sacado los colores a sus cutres creadores. Mis alumnas, ya mayorcitas, decían y escribían en sus agendas que “Bob Esponja es Dios”; lo sentimos por Eric Clapton...

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