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Atajos filosóficos (109-116)




Óscar Sánchez Vadillo


109- Las dos mejores palabras en cualquier idioma de una sociedad de consumo no son “Te quiero”, ni tan siquiera “Es benigno”, como apuntaba Woody Allen; son, sin sombra de dudas, “No engorda”.



110- “¿Te gusta conducir?” fue una mamarrachada entre otras que, por ingeniosa que la hayan encontrado los señores publicistas germanos no es más que un significante sin significado, como señalaba Jean Baudrillard. Llevar un coche es siempre la misma “experiencia”: rutinaria, somnífera y cuadriculada. El auriga escoge el camino y luego las reglas preestablecidas del tráfico hacen el resto requiriendo de él un mínimo de habilidad y prudencia. Los caballos de potencia no pueden hacerlo ni mejor ni peor, y el resto de las sensaciones concomitantes no son más que pijería en cuatro ruedas. Realmente, es un sueño hegeliano realizado, puesto que la presunta libertad del conductor labora de continuo por el orden objetivo de las reglas de circulación a fin de transportarle a su destino, que es la oficina, el polígono o la carga y descarga. Ayer vi a una chica que iba con una mano suelta cantando entusiasmada lo que oyese en la radio como un director de orquesta con su batuta... ¿Significa eso que transitar a 100 por la carretera de Barcelona es un “estilo de vida” juvenil e indómito para ella? Al contrario, bien a las claras se entiende que sin musiquita eso sería un muermo total. Es radicalmente indiferente escoger un modelo de carro u otro: todos nos llevan por la Calle de la Amargura y luego ponte a buscar aparcamiento allí. Si quieres “experiencias” de verdad (lo de vivir peligrosamente es una divisa sólo válida para los bebés), métete en una carretera comarcal o súbete a una moto de gran cilindrada, por lo menos las primeras veces...

Un coche es un coche es un coche es... (proponemos como siguiente slogan a lo Gertrude Stein para el marketing de la industria automovilística, de una equívoca honestidad).






111- (Pobres niños ricos) Lo digo muy en serio: uno ve a los Borja Thyssen, Pocholo, Paquirrín, Vicky-Fede, Edouardo Agnelli, Cayetano Alba y tantos otros más afortunadamente -para ellos- anónimos y entiende que no hay derecho. Imaginároslos cuando tenían dos tiernos años y pensaban que sus padres eran Dios porque desconocían que la Trinidad la cerraba la cuenta corriente. Seguro que entonces serían diamantes en bruto, animados, vivaces y con los ojos bien abiertos. Ahora los tienen a media asta por empacho de ocio estéril y experimentos festivos. Algunos tienen a su vez hijos para cerrar un largo capítulo vergonzoso de sus vidas sin conseguir otra cosa que reproducir el ciclo. No tanto por lo que son, sino por lo que fueron, necesitaron protección más allá de la económica de su inepta parentela. La vida no tiene ni deja de tener valor, lo adquiere o lo pierde. Si los grupúsculos pro-vida no estuvieran a otras cosas sectarias, comprenderían esto y utilizarían el rincón de buena conciencia que pueda haberles empujado en origen al cuidado de los pobres niños ricos, que son más de su estilo. Pero, por si acaso, cuando una top-model se decida a tener un hijo con un director de cine vanguardista, Unicef de urgencias, vigilancia 24 horas.






112- De todas las religiones que se han inventado para controlar las poblaciones o por mero afán de poder las menos inventadas a mi juicio son las religiones solares. Su divinidad no sólo puede verse, sino que hace ver, y sin embargo es lejana, lo suficiente como para que no le alcancen las rogativas. Cuando David Hume hizo de la salida del sol cada mañana un hecho contingente, ejerció un ateísmo mucho más potente que el de los nihilistas rusos posteriores. Es cierto que el Sol puede apagarse, como en la película Sunshine, y la expresión “fin del mundo” no tiene ni puede tener ningún otro sentido racional. Sería absurdo adorar al Sol, cuando nuestra necesidad de él es más profunda, y sería necio amarlo, cuando basta con contar con él. La palabra “fidelidad” no es capaz de registrar esa extrema seguridad por ambas partes. Placas solares repartidas por toda la inmensidad del desierto del Sáhara -que, por cierto, significa “lugar de paso”- podrían abastecer de energía al mundo; sin embargo, ¡ay del día en que a los pobres de la tierra se les encargue administrar los rayos del sol! Un desierto de hielo encapotado alberga más vida que uno de arena y sol abrasador: donde es protagonista absoluto, no cabe más que Sol...

Igual que los niños cierran todas sus pinturas con un Sol más grande que el resto de sus monigotes -situándolo arriba a la izquierda: lo último en dibujarse es lo primero que se lee-, pero uno sólo les celebra los monigotes, nuestros días se ocupan más alegremente en lo importante si están presididos por lo necesario. El Sol es el único monoteísmo jubiloso porque sabe que no es verdadero.





113- (Vergüenza ajena) Otro sentimiento íntegramente humano, que difícilmente podría darse entre los animales es la vergüenza ajena. Caritativamente quieres que el otro pare, que borre lo que ha hecho, que nadie se acuerde, o que haga algún gesto de que él tampoco se siente muy identificado con ello. Que sea humano no significa que abunde siempre en la misma medida: el capitalismo avanzado tiende a eliminarlo halla dónde pueda aparecer. Nos dice y nos repite de mil maneras que hay que darse entero, que no hay motivo para ocultarse, que cada uno es como es y que somos libres de exhibirlo -incluso en la entrevista de trabajo, patraña doble. De hecho, cuando alguien hace el ridículo en los medios, suena la caja registradora. La ironía está, así, desplazada, aplicándose sobre Margaret Dumondt antes que sobre Groucho Marx. Pero, claro, es que ahora los Margaret Dumondt reales son la minoría, mientras que en tiempos de Groucho Marx proliferaban. No obstante, se dan inflexiones sobre inflexiones: guárdate hoy algo de ti mismo en el show desde donde juzgar el límite de lo que enseñas y también gustarás por ello en contraste. De ahí el éxito nocturno de los late nights estilo Andreu Buenafuente, por ejemplo. El justo medio, el justo medio...: nunca se ha ofrecido una clave mejor para conducirse en esa sopa sobre-salada que llamamos vida, sea cual sea el siglo que nos haya tocado sorber.






114- Tanto alboroto por los policíacos suecos o norteuropeos en general cuando aquí por el sur rondan los seguramente mejores autores del “género” de las últimas décadas: Vázquez Montalbán, Leonardo Sciascia y muchos otros más a los que admiro menos. Que sí, que están muertos desde hace más tiempo; que sí, que resultan si se quiere mucho más familiares; y el quid de la cuestión: que sus libros cuestan dos euros de baratillo. Pero ellos politizaban de un modo mucho más profundo que mostrando estos y aquellos estragos de corrupción, por generalizada que se plantee, sus escenarios proponen un viaje en el tiempo y entre las clases sociales tanto o más excitante que el viaje en el espacio y la temperatura que nos venden ahora, y, sobre todo, tenían fundamento, personal, estilístico, intelectual y fundamentalmente político, como digo. En concreto, la saga de Pepe Carvalho, aunque no fue lo único que escribiera Manolo, es el límite más audaz a la par que doloroso a que se ha llevado al policíaco desde los pioneros hasta hoy. De eso no se puede hacer película, sencillamente porque la derrota en la lucha de clases no es representable en imágenes, y además Carvalho raramente resuelve sus casos, no hay sorpresa y nadie termina en la cárcel. Pero pone los pelos de punta, mostrándonos que la violencia más virulenta es estructural y poco tiene que ver con pistolas y puñetazos.





115- Lo que llamamos una película a color no está coloreada, en cambio lo está aquella que decimos que está en blanco y negro, paradojas del arte… (o del marketing del arte).






116- (V.O.S.) ¿Qué puede llevar a la gente normal -no ya a los cinéfilos, que están enfermos de lo suyo- a querer estropearse el visionado de una película escuchándola en versión original? ¿Por qué no leen los libros en su idioma original, o piden a un amigo extranjero que les hable por favor en su idioma? Cuento con que esa “gente normal”, en España, no domina tanto ninguna lengua foránea. Y, sin embargo, se ponen puristas en el cine y sólo en el cine. Largos y rápidos diálogos sintetizados en media frase que hay que leer mirando de reojo la pantalla. Frases que hay que leer que, insisto, impiden empaparse plenamente de imagen y situación. Subtítulos traducidos quién sabe por quién que en nada garantizan una fidelidad al texto original mejor que la del doblaje. Un rechazo del doblaje que no tiene en cuenta el excelente trabajo de grandes voces que hay detrás. En suma, incomprensible a mi parecer. Lo único que se consigue es tomar conciencia de que se está viendo una película, no del contenido de esta en particular. Ver cine como si estuvieras pasando el B1 del examen oficial de Cambridge. Rendir culto al trabajo actoral como si fueses rendido admirador del método Stanislavski… Humphrey Bogart tenía voz de pito y ceceaba.… muy característico, sí, pero podemos amar -como dicen- sus actuaciones sin saberlo. Bart Simpson tiene decididamente mejor voz en castellano que en inglés, os lo puedo jurar. Supongo que si no existiese esa posibilidad clamaría yo mismo por ella, pero, existiendo, que la aproveche otro más pedante que yo.

Esta noche pasan por enésima vez El sargento de hierro de Clint Eastwood, pura propaganda, pero muy divertida. Doy gracias por escuchar sus numerosas y geniales basteces en la voz profundona de nuestro añorado Constantino Romero. Igual es que el pelotudo soy yo...

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