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A la sombra de Hamlet (René Descartes, II)



Óscar Sánchez Vadillo


Aunque los ha conocido por legión, René Descartes apenas necesita de avalistas, ya que él supo a la perfección diseñar premonitoriamente su destino, como en una tentativa premeditada de construir una posteridad a su medida. Y este intento de invención de uno mismo en tanto proyección histórica del “hombre de una nueva era”, coronado por un éxito verdaderamente arrollador, lleva sobre todo el nombre de El discurso del método. La pregunta es: ¿qué tiene El discurso del método para ser uno de los libros de filosofía más estimados y, desde luego, más leídos y glosados de la historia? Estaría tentados a decir que, desde un punto de vista puramente exterior, no aparenta ser nada más que un pequeño escrito -¡a Descartes aún le parece demasiado largo!- de corte autobiográfico donde en el año 1637 su hasta entonces desconocido autor presenta a sus lectores algo así como el prototipo de sabiduría posible y alcanzable para el hombre sensato de la época. (De esta manera concreta es como es enfocado, por ejemplo, en una película que todos hemos visto con gusto, el Cyrano de Bergerac interpretado por Gerard Depardieu, donde en una determinada escena el protagonista -paradigma literario del hombre cultivado del siglo-, es sorprendido por el fragor de una batalla cercana leyendo absorto en un pajar la “novedad” de Monsieur Descartes). Pero hay más: desde un punto de vista interior -es decir, el que afecta a, y valorado por, la filosofía posterior-, representa nada menos que el manifiesto ejemplar de un revolucionario modo de interpretar la filosofía desde el “yo” que convierte por ello mismo de la noche a la mañana a Descartes en el padre legitimo e incuestionable de la filosofía moderna.

Se comprende, por tanto, la importancia perentoria de conocer lo antes posible aún superficialmente el pensamiento metafísico de Descartes. Su planteamiento representa algo así como la lengua materna que comparte todo el racionalismo ilustrado, el gesto original mediante el cual se instituye una suerte de vocabulario adánico para esa nueva tierra que es la modernidad filosófica. Descartes, aparte de su gran obra científica -que pronto cayó en el olvido por la supremacía de Newton-, es quizá, filosóficamente hablando, sólo este ademán y este vocabulario, pero son un ademán y un vocabulario rupturistas que transformaron la sensibilidad y los horizontes del saber durante las tres centurias más activas y vertiginosas de la historia europea. Y todo comienza con una frase, “pienso luego existo”, o, en la expresión latina empleada en Meditaciones metafísicas unos años después, cogito ergo sum. Constatar que, mientras dudo, estoy, no obstante, pensando, me saca del limbo, según Descartes, en el que me había sumido la hipótesis metodológica del genio maligno -que, por cierto, es el nombre que se dio en la Contrarreforma a la interpretación protestante de Dios: nuestro hombre constantemente haciendo guiños a los eclesiásticos de la Sorbona que han de aprobar sus escritos. Pero, como dijo Paul Valéry (Ensayos filosóficos, La balsa de la medusa): «No hay silogismo en el Cogito, ni siquiera hay un significado literal. Lo que hay es un abuso de autoridad, un acto reflejo del intelecto, un ser viviente y pensante que grita: ¡Ya basta! Vuestra duda no arraiga en mí. Me crearé otra que no sirve para nada, la llamaré una duda metódica. Tendrán que soportar en primer lugar que la inflija a sus proposiciones. Sus problemas no me llevan a ninguna parte; que yo exista, en una determinada filosofía, o que yo no exista, en otra, no cambia nada, ni en las cosas, ni en mi, ni en mis poderes, ni en mis pasiones» (p. 36). Por marcar su posición, pero sin levantar demasiadas sospechas, Descartes acuña ese cogito ergo sum que ya estaba explícitamente en San Agustín o en Guillermo de Ockham, empleando los tecnicismos escolásticos de la época que en gran medida lo desvirtúan: «Digo que Cogito ergo sum carece de sentido, pues esa palabrita, Sum, carece de sentido. Nadie tiene, ni puede tener, la idea o la necesidad de decir: “Existo”, a menos que le hayan dado por muerto y proteste que no lo está; además dirá: estoy vivo. Pero bastaría con un grito o un pequeño movimiento. No: “Existo” no puede enseñar nada a nadie y no responde a ninguna pregunta inteligible. Pero esa palabra responde en este caso a otra cosa que trataré de explicar enseguida. Por otra parte, ¿qué sentido se le puede atribuir a una proposición cuya negativa expresaría el contenido tan bien como ella. Si el “Existo” expresa algo, el “no existo” no nos dice ni más ni menos.» (Ibidem, p. 59) . En efecto, el hamletiano to be or not to be aquí no tiene cabida, puesto que Descartes no planea un suicidio, sino un nuevo camino para la filosofía para el cual toda la parafernalia de la duda no es más que teatrillo preparatorio, tal y como viene a afirmar de nuevo Valéry: «No nos privamos de llegar a la conclusión de que vivimos en un mundo de apariencias con el resultado de deducciones que no tienen ninguna consecuencia positiva en nuestras vidas. Equivocados, soñando o no, en nada cambian nuestras sensaciones y nuestros actos. Parece sin embargo que esta posición es esencial a la filosofía: permite al filósofo decretar realidad lo que le place y lo que la fantasía de su reflexión le sugiere. Pero ese desafortunado nombre únicamente tiene sentido como uno de los términos de un contraste; a partir de entonces el sueño no existe y la reacción contra el sueño que le oponía una “realidad” se desvanece simultáneamente» (Ibidem, p. 62). Total: “yo pienso” designa incuestionablemente un acto mientras que éste dura, pero no de modo muy distinto a “yo paseo”, como le advierte Thomas Hobbes, y ambos son funciones de un cuerpo, no fundamento de la realidad o Realidad Primera como entenderán enseguida para el primer caso el Obispo Berkeley y David Hume; “existo” es un tecnicismo tomista que, llanamente, sólo puede significar que aún conservo el pellejo; y en cuanto a si estamos soñando o no, tanto como acerca del proverbial engaño de los sentidos, el propio Descartes se encarga de señalarnos en los últimos párrafos de la última de las Meditaciones metafísicas que no pueden ser tomados demasiado en serio –sólo hay que leerlo…

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